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José T. Raga

No es España, presidente

España está a años luz de lo que usted pudo nunca imaginar.

Debo empezar, es una exigencia de mi honestidad para con los lectores, con una confesión con la que pretendo evitar prejuicios, si fuera el caso. En una cura de humildad, pensé que, para hablar del presidente del Gobierno, no bastaba ver los resultados atribuidos a sus ministros, buenos o malos, y que, aunque implicase ir contra mis principios, debía hacer el esfuerzo de oír directamente al presidente.

La tarea no era complicada, porque da la impresión de que, quieto o de viaje, arriba o abajo, a derechas o a izquierdas, aun sin saber por qué ni para qué, su pose, su engreimiento, su tono campanudo y, en fin, el texto de lo que dice, da la impresión de estar siempre en campaña electoral; publicitando éxitos imaginarios, que muchos calificarían de fracasos o promesas que no piensa cumplir.

Pero, dado que se repite una y otra vez, algo que puede ser ofensivo, para mí lo es, y puede serlo para muchos, como un español más, me atrevería a suplicarle que enmendara su lenguaje para no ofender al pueblo español, que constituye su razón de gobierno.

Hasta la saciedad, se le puede oír que una decisión –por vergonzosa que parezca– es lo que España necesita, o lo que más conviene a España. Esa afirmación abarca cualquier aspecto: tanto la elección de los miembros del Consejo del Poder Judicial, acabando con su independencia, como el nombramiento como fiscal general del Estado de quien había sido su ministra de Justicia; entregar el Sahara a Marruecos, rompiendo relaciones con Argelia y privando a España –esto sí que es correcto– del suministro de gas del que gozaba, o en fin, fijar un tope al precio del gas en beneficio de Francia y de Portugal.

Luis XIV, rey de Francia, lo hizo, con menos descaro pero con mayor honestidad de pensamiento: el Estado soy yo. ¿Está pensando usted lo mismo que pensaba el Rey Sol? Porque sus discursos y los hechos que los avalan sólo permitirían una rotunda afirmación.

Sin embargo, somos muchos los españoles –es muy difícil ser el único en algo– que pensamos que el contenido de sus discursos es habitualmente engañoso o simplemente falso. Lo que afirma que interesa a España es exactamente lo que usted cree que le interesa a usted.

¿Que puede también estar equivocado? Yo podría también estar de acuerdo con esa posibilidad, pero allá usted, aunque por delante va la intención. Sinceramente, a mí no me interesaría tener una imagen pública tan pobre y deteriorada como la suya.

No puedo imaginar a Adenauer, Churchill, Roosevelt, o más recientemente Thatcher, Merkel, Reagan… apareciendo ante la sociedad como marionetas, sin ocultar a quienes mueven los hilos, porque formará Gobierno con ellos, para afrenta de todos.

No, señor presidente. España, afortunadamente, no es usted. España está a años luz de lo que usted pudo nunca imaginar. Europa y el mundo ya le conocen; de ahí sus relaciones.

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