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Pero de dónde los sacan

De entre todos los ministros, ¿no soy capaz de salvar a uno o a una del juicio general que me merece el conjunto?

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Permitan eludir la personalización del acto de elegir, que, de suyo, es un acto personal, a no ser que explícitamente esté atribuido a un comité, a una comisión o a un grupo de personas, como ocurre –teóricamente– con las decisiones del Consejo de Ministros.

Además, aun admitiendo que el error es humano, y nadie se libra del riesgo de errar, en este caso estamos hablando –¡ojo, no lo olviden!– de veintidós ministros, de los que cuatro han sido distinguidos para ocupar una vicepresidencia. Y, de entre todos, ¿no soy capaz de salvar a uno o a una del juicio general que me merece el conjunto?

Me interpelaba a mí mismo al modo en que Abraham intercedía ante Dios para que no destruyera la ciudad de Sodoma, porque en ella, junto a los culpables, había también inocentes (Gén. 18, 23-32). Pues, como Abraham a Dios, yo me preguntaba: ¿es que no habrá uno de los veintitrés –incluido el presidente– que merezca mejor consideración de la que tengo por el grupo?

Pues, francamente, no lo encontré para salvarle de la destrucción. Abundan en ellos, en unos más que en otros, la incompetencia, la ignorancia, la ineficacia, la negligencia, la torpeza… Pero entre todos, y en este caso por igual, se generaliza la falsedad, la mentira, el engaño, sin reparar en el daño para las personas y la comunidad. ¿Hay de entre todos alguien digno de ser creído?

Por ello, acabo preguntándome: ¿dónde los han elegido? La elección se hace intuitu personae, es decir en función de los atributos para la función pública: pericia, conocimiento, experiencia… y, a falta de otros, honestidad, sinceridad, veracidad; en una palabra, probidad. Antes poníamos como referencia los centros donde se habían formado. Hoy, tampoco es un índice fiable.

¿Hay algún interés oculto en el subconsciente de cada uno de ellos que justifique esa coincidencia en los rasgos negativos o expresivos de la nulidad? En estos momentos, de tres personas especialmente designadas para informar sobre el covid-19, cada una discrepa de las otras dos y, lo peor, se contradice consigo misma de lo informado siete días antes.

A uno, encargado del consumo, ante un mercado desabastecido, sólo se le ocurre fijar los precios máximos de las mascarillas, que no existen. Sin saberlo, recuperaría el estraperlo, muy popular en la década de los cuarenta y los cincuenta.

Las cuentas de población contagiada, en UCI, curada, difunta, constituyen un galimatías, y todos andan buscando un responsable. ¡Hasta los difuntos son un problema!

Nadie asume la negligencia de no haber tomado medidas, previamente advertidas por órganos diversos, para abastecerse de material sanitario, así como para fijar modos de comportamiento; el agravamiento podría haberse evitado. Alguien, se dice, ha sido engañado, no como un chino –a los chinos no es fácil engañarles–, sino por un chino, que eso parece fácil.

Además de pandemia, lo típico nuestro: desbarajuste.

En España

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