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Un fraude de cuantía mayor

¿Qué ha hecho la educación a este Gobierno para que la maltrate hasta convertirla en un recurso estéril?

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Obsérvese que, deliberadamente, titulo las líneas de hoy con "fraude de cuantía mayor" y no con "fraude de mayor cuantía", para evitar equívocos procesales, pues no intento determinar el quantum, y, en todo caso, sería de aquellos previstos en el artículo 253-3 de la LEC, en los que el actor no puede determinar la cuantía, ni siquiera de forma relativa.

¿Cómo puede determinarse la cuantía de un daño cuando éste puede extenderse a la sociedad en su conjunto, y quizá en un marco temporal de muy difícil delimitación? Dejemos así las cosas y que cada lector valore según su criterio.

¿Qué ha hecho la educación a este Gobierno para que la maltrate hasta convertirla en un recurso estéril? Aunque, observando a buena parte de sus miembros, obtengo la más dramática de las respuestas: si ellos se escolarizaron, la escuela no entró en ellos.

¿Puede haber objetivo más importante y deber más inexcusable de los gobernantes que garantizar una educación de calidad a todos los ciudadanos, sobre todo en las edades más tempranas?

La distinción más apreciable entre dos naciones no es la riqueza material de sus territorios, dotada por la naturaleza, sino la instrucción de sus poblaciones. Es decir, el resultado del cultivo riguroso de su intelecto mediante el proceso educativo.

Recuerden las palabras del Filósofo –no olviden que esta denominación, secularmente, está reservada exclusivamente a Aristóteles–, según las cuales el intelecto, en su origen, está virgen de todo conocimiento; es como una tablilla rasa en la que nada hay escrito, que acumula contenidos a través de la educación, la observación y la propia experiencia.

¿Cómo será esto posible si el propio sistema educativo acepta como bueno lo que ni siquiera es en sí? Al parecer, se otorgarán títulos con materias pendientes; se reducirán materias esenciales en titulaciones carentes de fundamento; se eliminarán disciplinas (Filosofía, por ejemplo) esenciales para un raciocinio correcto de todo animal presumiblemente racional…

¡Explicación sobrada de tantas evidencias! La desfachatez filosófica llega a proclamar que se prefiere el estímulo –por conversión de un suspenso en aprobado– a castigar al alumno con un suspenso.

Señores ministros: el suspenso no es un castigo, sino el resultado de un insuficiente aprovechamiento educativo; como no es un castigo llegar el segundo o el último en una prueba olímpica.

Al convertir un suspenso en un aprobado defraudan la confianza de la sociedad en la educación y, peor aún, la del estudiante en sí mismo, pues se le presenta tituladamente como capaz cuando se sabe realmente incapaz.

¿Cuándo asumirá que sus títulos son falsos? ¿Habrá psicólogos bastantes para tanto traumatizado, deprimido…, cuando ya sea tarde para su tratamiento?

Pasado mucho tiempo, aquella tabla aristotélica del intelecto seguirá tan rasa como lo estuvo en su origen; y eso, por ese vicio izquierdista radical de negar diferencias, igualando lo que, de suyo, es resultado de un fracaso.

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