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INTRIGAS EN LA CASA ROJA

¿Asesinó Stalin a Lenin?

De entre las continuidades entre el zarismo y el bolchevismo, las luchas palaciegas son, para algunos, las más interesantes, ya que permiten ubicar el comunismo en una constante histórica de doblez e impostura común a las intrigas más célebres de la historia.

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Por una parte, los conflictos intestinos de la clase dominante, llámese familia real, casta dirigente o nomenclatura, ilustran los nítidos aunque a menudo ignorados vínculos entre política y moral. Además, estos acontecimientos, a menudo teñidos de cierto color folletinesco e irreal, centran la atención en el genuino objeto de los estudios políticos: el poder, su institucionalización y los factores que permiten su conservación y ocasionan su pérdida.
 
A este respecto, los últimos meses de vida de Lenin, una agotadora agonía agravada por las maniobras de Stalin para convertirse en sucesor pese a no contar con el favor del líder, ponen de relieve la singular relación entre la personalidad y el modo en que se ejercita el poder. Si a esto le unimos el presunto envenenamiento, asunto intrigante donde los haya, ¿Asesinó Stalin a Lenin? posee todos los ingredientes de una narración atrayente. Y el texto no defrauda, a pesar de algunos errores de bulto y de la edición, que deja bastante que desear.
 
El libro describe cómo Stalin, personaje gris, mediocre y plagado de complejos mal resueltos, aunque incansable trabajador al frente de la burocracia del partido, logra, gracias a una mezcla de impostura y desfachatez, aprisionar a Lenin en una compleja telaraña y reducirlo a una patética impotencia que, si no fuera por los crímenes cometidos por el jefe de los bolcheviques, casi movería a la compasión.
 
Entre las numerosas anécdotas que se recogen, una de las más llamativas es la apelación de Stalin a los principios comunistas para coartar la libertad de movimiento de Lenin, que acabará despojado de su autonomía personal y convertido en esclavo de la causa que él mismo había impulsado. Curiosa versión de la fábula de la araña atrapada en su propia red, que, por lo demás, ejemplifica la paradoja en que a menudo caen los revolucionarios, dictadores de normas de las que creen estar exentos.
 
Así, Lenin, el otrora todopoderoso líder, recluido y aislado por orden médico-revolucionaria, espiado por una de sus secretarias (él había hecho lo mismo con Rasputín, cuyo secretario hereda tras la Revolución) y constantemente engañado por las añagazas del hábil Stalin, que ni Trotsky ni los otros supieron contrarrestar, va cayendo presa de la locura, exacerbada por los juegos de luz de gas a que es sometido por el georgiano, que bien pudo haberlo matado... a disgustos.
 
El patético final del primer dictador soviético y la creación del mito de su amistad con Stalin como mecanismo de legitimación de la tiranía posterior, a través de la figura del "discípulo más amado", no hacen sino añadir un rasgo terrorífico a la ya de por sí repelente, aunque fascinante, historia del bolchevismo. No es que el régimen de Lenin no fuera dictatorial, sino que Stalin perfeccionó el terror comunista hasta límites insospechados, asunto en el que sí se podría admitir una relación de pupilaje entre ambos.
 
Estamos ante un texto valioso e instructivo que, sin embargo, cae en alguna imprecisión. En primer lugar, la primera purga llevada a cabo por la Checa se produce antes de lo que el autor afirma. Fue en el verano de 1918, inmediatamente después del asesinato del embajador alemán, tras la firma de la paz de Brest-Litovsk y la rebelión de los social-revolucionarios contra los bolcheviques. En segundo lugar, Maestro sostiene que el asesinato de Andrés Nin, líder del POUM, durante la guerra civil española fue obra de Orlov. Esto no sólo fue negado por el mismo agente de la KGB tras su paso a Occidente, sino que algunos estudios publicados recientemente en EEUU lo han cuestionado. No habría estado de más aludir a estas investigaciones, ya que han puesto en duda uno de los pocos consensos que sobre la Guerra Civil quedan entre los historiadores. En contraste con otros desacuerdos, el relativo a Nin no obedece ni a agendas ideológicas ni a reinterpretaciones partidistas de la contienda.
 
En cuanto a la edición, es justo criticar que Maestro no haya hecho sino listar una ristra de autores para apoyar sus argumentos, sin mencionar ninguna obra, salvo una suya (en una nota a pie de página). Si, como acertadamente sostiene en las páginas finales, el estudioso "ha de exponer su opinión personal basada en la investigación y, apoyada en la misma, exponer sus conclusiones", y también "presentar su visión, documentarla y argumentarla cuanto más y mejor pueda", flaco favor hace aquí al rigor obviando una de las condiciones necesarias de la ciencia, la replicabilidad, que en las disciplinas sociales se logra mediante la comprobación de las fuentes, algo que la falta de referencias concretas en este libro dificulta en extremo.
 
O bien ¿Asesinó Stalin a Lenin? constituye un ejercicio de memoria, en cuyo caso cabría achacar al autor cierta indolencia, o el editor ha preferido sacrificar el valor científico a una viveza que un puñado de notas no habría socavado. Si la finalidad era economizar, se podría haber optado por un tipo de letra ligeramente menor –el tamaño es inusitadamente grande, algo que sin duda agradecerán muchos–, lo que habría posibilitado incluir notas bibliográficas, que deberían ser incorporadas en sucesivas ediciones.
 
 
ÁNGEL MAESTRO: ¿ASESINÓ STALIN A LENIN? UN ENIGMA HISTÓRICO. Áltera (Madrid), 2006, 153 páginas. Prólogo de PÍO MOA.
 
ANTONIO GOLMAR, politólogo y miembro del Instituto Juan de Mariana.
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