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LA NECESIDAD DE APRENDER DEL PASADO

'Diálogos españoles del Renacimiento'

La Biblioteca de Literatura Universal, dirigida por Luis Alberto de Cuenca, ha editado junto con la editorial Almuzara una antología de once autores españoles del Renacimiento, entre los que encontramos a Alfonso de Valdés, a Cristóbal de Villalón, a Hernán Pérez de Oliva, a Francisco de Sosa y a Pedro de Mercado.

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Los autores de diálogos combinan el respeto por las ideas clásicas con las preocupaciones propias del Renacimiento español. En concreto, varios de estos escritores son erasmistas. Menéndez Pelayo incluso dedica un capítulo entero a Alfonso de Valdés en la Historia de los heterodoxos españoles. Hay que preguntarse, sin embargo, si hay alguna razón para leer estos textos hoy en día, o si su lectura se queda en un mero ejercicio de erudición.

Afortunadamente, la vigencia de estos diálogos es plena, especialmente para aquellos lectores que busquen puntos de vista enfrentados a las imposiciones del pensamiento posmoderno.

Por sus características (la necesidad de convencer al contrario, de defender una opinión frente a otra), el diálogo renacentista se aleja al máximo del relativismo posmoderno y exige un rigor del que autores como Adrienne Rich, Barbara Smith o Jacques Derrida carecen. El diálogo tiende a definir conceptos e ideas compartidas, llegando a sus últimas consecuencias en un marco común, mientras que Rich, Smith o Derrida inventan una problemática que solucionan utilizando las mismas condiciones que ellos mismos han creado. Lo suyo son ejercicios esotéricos sólo aptos para iniciados. Todo lo contrario ocurre en el diálogo, cuya intención didáctica acerca al lector en lugar de alejarlo.

Los autores renacentistas están reaccionando ante cierta escolástica, sobre todo de raíz aristotélico-tomista, que convierten el etiquetado y la categorización en parte central del pensamiento. Por ello es que los diálogos son tan accesibles, sobre todo si establecemos la comparación con esas clasificaciones tan sui generis de Derrida.

Dice Ana Vián en su excelente introducción a este volumen:

Pero al margen de la forma argumentativa que un diálogo adopte, pedagógica o erística, siempre será didáctico, pues la enseñanza es consustancial a un género de ideas, en el periodo medieval y en cualquier otro. La forma argumentativa ayudará a estructurar el tema –de modo diferente en cada caso–, y la impersonación añadirá siempre el factor de amenidad y suavidad en la transmisión de la enseñanza que otros géneros no tienen –o sólo en menos grado–, por lo que el diálogo tendrá una difusión potencial siempre más amplia que la estrecha guarida de los lectores más especializados.

También resultan los diálogos un bálsamo en el trabajo de buscar lo universal, ante la obsesión posmoderna por la excepción, por las identidades, acciones o temas extremadamente minoritarios. Tal es el caso de la propia Barbara Smith o de Judith Butler, que a menudo apoyan sus tesis en casos marginales y que crean sus argumentos para colectivos reducidos (feminista, lésbico, negro). Los diálogos renacentistas tratan de problemas que concernían a todo el mundo conocido desde una perspectiva internacionalista, con aportaciones e influencias griegas, latinas, francesas u holandesas.

Finalmente, los diálogos renacentistas tratan de definir lo real, lo que es, frente a los filósofos de la duda, de Nietzsche a Foucault: su pensamiento se basa en la crítica, pero, a pesar de sus propias afirmaciones, no ofrecen una salida a su propia crítica, una respuesta esperanzadora. De ahí que –comenta el filósofo Juan Bautista Fuentes–, la obra de Nietzsche,

que se ha querido presentar a sí misma como afirmación jubilosa de la vida definitivamente superadora del idealismo desencarnado, haya quedado sin embargo a la postre penetrada de principio a fin por la sospecha y la desconfianza, así como por una suerte de arrogancia desesperada carcomida por la angustia.

Los diálogos están escritos en un contexto de cambio optimista y de afirmación del hombre y de su historia. Lo clásico –autores como Cicerón, Luciano de Samosata, Aristóteles, Boecio o Agricola– se examina para construir sobre él un nuevo mañana; no de forma rupturista, siguiendo el modelo de Erasmo frente al de Lutero.

Más allá del valor teórico, los textos que nos encontramos no son sólo amenos, sino que hay verdaderas obras maestras entre ellos, como "El diálogo de la dignidad del hombre", de Hernán Pérez de Oliva. Tenemos aquí un tema filosófico típico del Renacimiento tratado con profundidad y una prosa que se escapa de la pura utilidad, buscando la belleza dentro del estilo propio de ese movimiento. Destacan también el "Diálogo de Mercurio y Carón", de Alfonso de Valdés; el "Coloquio de la mosca y de la hormiga", de Juan de Jarava, y los diálogos de Pedro de Mercado, aunque el nivel es generalmente excelente. Predomina en estos autores una mirada irónica, sensible y valiente.

La edición de Ana Vian, sobre 1.700 páginas que abarcan más de 150 años (de 1469, boda de los Reyes Católicos, a 1621, muerte de Felipe III), ha debido de ser una empresa titánica. Cada antólogo ha tenido libertad para proponer notas como mejor le ha parecido. El resultado es un trabajo menos unificado y más irregular que el de otras propuestas similares (pienso en Norton, cuyas reglas son muy estrictas) pero quizá más interesante, pues podemos encontrar una gran variedad de planteamientos.

La Fundación BLU y Almuzara añaden este volumen a su lista de colaboraciones, entre las que encontramos la dedicada a los moralistas franceses, la Introducción a la Historia Universal de Ibn Jaldún, los Viajes y crónicas de China en los siglos de oro y las obras completas de Goethe, Shakespeare y Camoens. Una colección para bibliófilos que siempre merece la pena revisar, especialmente cuando, como en este volumen, podemos descubrir a autores cuyo trabajo no es del dominio público y que nos ofrecen un pensamiento que trae del pasado claves para el futuro.

 

VVAA: DIÁLOGOS ESPAÑOLES DEL RENACIMIENTO. Almuzara (Córdoba), 1.728 páginas.

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