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UNA VISIÓN CRÍTICA SOBRE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL

Tres ciclos históricos

Llegados aquí, conviene una breve recapitulación, adelantándonos un poco a los acontecimientos. La tesis que defiendo es que la Guerra Civil cierra un ciclo histórico y abre otro nuevo. Cierra la época de la Restauración, puesta a flote en 1874 y hundida en 1923. Consecuencia de ese naufragio fueron dos intentos de reconstruir la convivencia social sobre nuevas bases, primero mediante la dictadura y luego con la República.

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Ambos intentos fracasaron a su vez en poco tiempo: algo más de seis años la dictadura, y cinco la República, hasta el final derrumbe en la guerra interna más sangrienta de la historia española. En total, ese ciclo o etapa duró 65 años.
 
Se trata del segundo ciclo de los tres vividos por España desde el final del absolutismo. El primero comenzó con la guerra carlista de 1833-39, cuando la victoria liberal abrió la posibilidad de un sistema político estable asentado en nuevas bases de libertad. Pero el régimen resultante padeció frecuentes convulsiones, hasta derivar en la desastrosa I República de 1873, que no estuvo lejos de acabar con la propia nación española. Este primer ciclo duró aproximadamente 40 años. El tercero empieza con la guerra civil de 1936 y dura hasta hoy mismo, cuando está entrando a su vez en crisis.
 
Creo que esta periodización tiene utilidad para entender lo ocurrido en España en la edad llamada, algo absurdamente, contemporánea. Tres períodos diferentes, pero recorridos por la necesidad de articular un sistema de convivencia sobre la base de las libertades y el respeto al individuo, con dos grandes fracasos y una crisis actual. Ciclos enmarcados en los problemas generales de Europa, resueltos de diversas formas según los países y jalonados por los fracasos terriblemente sangrientos de las guerras mundiales, por suerte ajenas a España.
 
Para explicar las alternativas políticas en nuestro país ha solido recurrirse a las herramientas teóricas del marxismo o a apreciaciones eclécticas influidas por esa doctrina. Así, la cuestión se resumiría en la necesidad de una "revolución burguesa" que nunca habría sido llevada en España hasta sus últimas consecuencias. Esa deficiencia habría sido causa y efecto de la debilidad de la burguesía y permitido el reto constante de una fuerte "reacción", así como la incapacidad para integrar a los nuevos movimientos políticos y sociales surgidos a finales del siglo XIX. Con la II República habría vuelto a plantearse de forma drástica la "revolución burguesa", causando un agravamiento de la lucha de clases entre los sectores sociales avanzados o progresistas y los reaccionarios, hasta concluir en la Guerra Civil.
 
Stalin.El conflicto debería haberse zanjado de una vez por todas a favor del progreso, pero, desdichadamente, el choque definitivo, al coincidir con una época de auge de los fascismos en Europa, habría determinado la victoria del fascismo o la reacción también en España.
 
Este modelo explicativo, con unos u otros matices, ha sido el más frecuente, y el enseñado hoy de forma mayoritaria en la universidad. Obliga, desde luego, a una constante mutilación de los hechos reales y lleva a conclusiones tan peculiares como la de que Stalin representaba la libertad y el progreso, pero muchos intelectuales han preferido sacrificar los hechos en aras de una aparente coherencia teórica. El fruto han sido innumerables libros y estudios poco menos que inútiles, a mi juicio, aunque pueda rescatarse de ellos una cantidad considerable de material de derribo.
 
Pero en esas concepciones se esconde una verdad: el peso de la Revolución Francesa en las ideas, actitudes y prácticas de gran parte de los políticos y partidos españoles desde el fin de la Guerra de Independencia. Expulsado Napoleón, el liberalismo se dividió pronto en dos tendencias: la exaltada o doctrinaria, que pretendía imponer a la sociedad unos principios abstractos partiendo de unas concepciones en general falsas sobre la realidad social e histórica de España, y sin tener en cuenta sus propias fuerzas, harto escasas; y la tendencia moderada, más evolutiva y respetuosa con las tradiciones e instituciones del país.
 
Los exaltados seguían el modelo francés, o más propiamente jacobino, y conformaron su base principal en las logias masónicas del ejército. A partir de ellas emprendieron incontables "pronunciamientos", en su mayor parte fallidos pero que dieron una peculiar inestabilidad al primer ciclo de nuestra época contemporánea.
 
Una clave de la "revolución burguesa", así concebida, era el problema religioso. El catolicismo en España, herencia de los siglos y de una evolución bien conocida, tenía acaso un peso mayor que en cualquier otro país. Su inmensa influencia social sólo admitía un acomodo y arreglos pactados con él, que asegurasen la independencia mutua de la Iglesia y el Estado, o bien una política de enfrentamiento. Los jacobinos o exaltados optaron por esta última, identificando a la Iglesia como el obstáculo principal a la modernización y la libertad e ignorando, entre otras cosas, las aportaciones preliberales de los brillantes pensadores eclesiásticos del Siglo de Oro. La solución, para ellos, la había dado la Revolución Francesa, con sus sangrientas persecuciones, que habían causado decenas de miles de víctimas y destruido obras de arte invalorables.
 
Faltos de poder para imitar a los franceses, los exaltados españoles hicieron cuanto estuvo en sus manos, provocando quemas de templos y matanzas de clérigos mediante patrañas como la de que los frailes envenenaban las fuentes públicas. La tradición comecuras y las agresiones consiguientes dieron su principal seña de identidad a esas izquierdas a lo largo de los siglos XIX y XX, hasta que, con la II República, creyeron llegada la ocasión de reducir la Iglesia a la impotencia y, con la guerra en marcha, exterminarla. Tradición que hoy parece resurgir peligrosamente.
 
El odio a la Iglesia constituyó prácticamente la única base de acuerdo entre unas izquierdas que, por lo demás, se detestaban asimismo, hasta matarse entre sí. Esa actitud provocó en buena parte del clero y de los católicos una ciega reacción en sentido contrario, que volvió más difícil cualquier arreglo pactado. Pero las agresiones, las patrañas y las violencias partieron casi siempre de las izquierdas.
 
En el primer ciclo mencionado, los exaltados o progresistas lograron imponerse en algunos períodos, y finalmente dominar por completo, siempre con efectos convulsivos. En el segundo ciclo, los herederos de los exaltados, en combinación con los nuevos movimientos mesiánicos –obreristas y separatistas–, alteraron y finalmente desestabilizaron el sistema liberal. En los dos períodos tuvieron la ocasión histórica de llevar a cabo sus programas, en la Primera y Segunda repúblicas, y esas dos victorias terminaron rápidamente en catástrofes.
 
Cartel soviético de ensalzamiento de Lenin y Stalin.Esas izquierdas, imbuidas del mito de la Revolución Francesa y luego también de la Rusa, formaron casi siempre partidos de agitación callejera, de panfleto y de grito, pero carentes de un pensamiento propio. Ahí radica, en mi opinión, la causa fundamental de su carácter epiléptico. Les ayudaban, bien es verdad, diversas carencias de sus adversarios, en especial su escasa atención a la enseñanza pública, o la traición de la intelectualidad a las ideas liberales después del "desastre" del 98. Pero ello no cambia en absoluto el carácter exaltado y mesiánico de aquellos grupos, de quienes sólo podía esperarse el fruto que finalmente dieron, previsto claramente por Cambó, contra el infundado optimismo de Ortega.
 
Dicho de otro modo: el problema que ha solido identificarse como causante de los altibajos y frustraciones políticas de España en los últimos dos siglos ha sido la presencia de una reacción, en medida esencial católica, que ha impedido la modernización del país. Me parece un enfoque radicalmente falso. El problema principal ha sido la actuación de unas fuerzas mesiánicas contrarias a las libertades, inasimilables, las cuales llevaron una y otra vez a la ruina los intentos de establecer regímenes de convivencia en libertad.
 
Vemos, pues, que los dos primeros ciclos se abren con una organización liberal y evolutiva de la convivencia, para ser socavada y al final hundida por fuerzas de carácter en el fondo totalitario. El ciclo actual sigue una trayectoria distinta. La guerra no dio paso a una nueva experiencia liberal, sino a una larga dictadura que ha terminado abocando, por reforma, a una democracia.
 
La reforma no dejó en pie casi nada del franquismo, pero se apoya psicológica y materialmente en su legado de prosperidad y moderación política. Parecieron quedar atrás las viejas fuerzas mesiánicas, junto con las reacciones provocadas por ellas, para asentarse definitivamente una democracia liberal con perspectivas de perfeccionamiento y duración indefinidos. Sin embargo, en los últimos años han resurgido con ímpetu insospechado los antiguos impulsos totalitarios, en gran parte de la mano del terrorismo. Sus representantes se identifican con el Frente Popular y con los golpismos que echaron abajo la República, y vuelven a aliarse entre ellos con el telón de fondo del terrorismo, fenómeno también tradicional. Intentan una segunda transición, esta vez desde la democracia a la degeneración demagógica de las libertades y a la balcanización de España.
 
En los ciclos anteriores los políticos no supieron afrontar el desafío, y la sociedad se vio empujada al desastre. Esperemos que la experiencia sirva de algo y no vuelva a ocurrir lo mismo en la crisis actual.
 
 
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