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LOS PECES DE LA AMARGURA

Viaje sin retorno al infierno vasco

Fernando Aramburu no tiene piedad del lector. Traza un viaje descarnado, amargo, por las aristas de una tragedia donde no llegan las cámaras de televisión. Un retrato estremecedor de una sociedad enferma. Diez historias de dolor, de odio, de indiferencia. Muy crudo, pero no menos real, ni cercano. Les invito a descender al infierno vasco. Si se atreven.

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Llegó a mis manos en estas Navidades. No es una novedad editorial, pero su lectura me ha producido tal impresión que le he rogado al editor de este suplemento que me permita compartirlo con ustedes. En Los peces de la amargura, Fernando Aramburu retrata la sociedad vasca con la precisión fotográfica de Antonio López. El mismo paisaje tenebroso que también –y tan bien– nos ha mostrado en el cine Iñaki Arteta. El dolor, la amargura de quienes han sufrido el zarpazo del terrorismo nacionalista es aquí el hilo conductor, pero Aramburu va un poco más allá. Nos pone de bruces ante una realidad que sigue oculta para gran parte de los españoles: la enfermedad moral de buena parte de la sociedad vasca.
 
Son diez relatos, diez puntos de vista, con una narrativa mucho más eficaz que tantos ensayos, tertulias, discursos que se pierden de forma cansina en disquisiciones sobre el problema vasco, el llamado conflicto, sus supuestas causas y todo tipo de recetas para solucionarlo, pero se olvidan de lo fundamental. Tratan de responder al cómo, al cuándo y al por qué, sin detenerse en la esencia, en el qué.
 
Dice Pérez Reverte que Aramburu transmite de forma contundente la realidad vasca, la de verdad: "La que nunca hay cojones para expresar en voz alta". Y es que nunca una ficción fue tan real.
 
¿Qué realidad es esa? Sitúense en una localidad vasca de tamaño medio. Un bloque de viviendas donde reside un concejal no nacionalista es atacado con cócteles molotov. Lo habrán visto decenas de veces en sus televisores. En el piso de abajo del edil vive un matrimonio que espera el regreso de su hija, a quien regalarán una colcha nueva, que cuelga en la ventana y queda calcinada como consecuencia de las bombas incendiarias. ¿Qué veríamos si las cámaras de televisión traspasasen los mutos de la fachada del edificio?
–¿Qué, a pagar mañana de nuestro bolsillo los nuevos desperfectos? ¿Y quién nos asegura que esos chavales no vuelven dentro de unos días? ¡Ya está bien, por Dios!
–Joé, a mí lo que de verdad me preocupa es que le coloquen una bomba al vecino y se nos caiga la casa encima.
–Sí, pues fíate. No sería la primera vez.
–Y todo por meterse a concejal. Yo es que no me lo explico. Si sabe que ETA se cepilló al que ocupaba el cargo antes que él, ¿para qué se arriesga? ¿Le gusta ir de mártir por la vida o qué? Y si dijéramos que vive solo en el monte y le apetece jugarse el pellejo sin ponernos a los demás en peligro, pues bueno, allá cuidados. Pero es que esto es la rehostia.
­–Esto hay que hablarlo en la vecindad. Así no podemos seguir. Tú dirás lo que quieras, que el vecino es buena persona y tal y cual, pero así –recalcó cada sílaba– no-po-de-mos-se-guir. ("La colcha quemada").
El derrumbe moral de una sociedad difumina también las distancias en el espacio y en el tiempo. Quién no ha pensado al visualizar esta escena en la indiferencia con la que millones de europeos asistían impasibles a los pogromos que padecían sus vecinos judíos, en un preludio terrible de la Shoá.
 
También podemos viajar mentalmente a La Habana, a lo peor de la brutal dictadura castrista, los actos de repudio que organizan los nauseabundos Comités de Defensa de la Revolución, con la historia de Zubillaga, el "enemigo del pueblo" que se ve abocado al suicidio, víctima del rechazo de todo un pueblo envilecido. Basta un rumor, fundado o no, para ser señalado como traidor, como enemigo de la revolución o de Euskal Herria. Vileza que lleva a un hijo a renegar de su padre, sólo por lograr la aprobación de la tribu.
Se conoce que por la mañana algunas personas del pueblo le habían negado el saludo por la calle, a él que era más patriota que Dios, según dijo al llegar a casa a mediodía. Aquello lo había puesto de muy mala leche y con muchas ganas de aclarar el asunto a ver qué hostias pasa, si es verdad que ése, señaló a su padre con un golpe airado de barbilla, ha hecho lo que dicen que ha hecho. Por la tarde faltó a la carpintería, en la que aprendía el oficio con su padre, y se dedicó a recorrer el pueblo preguntando aquí y allá. (...)
 
Entrando la noche llegó a su casa convencido de que el cura, que fue el último con quien había hablado, tenía razón. ¿Cómo un pueblo entero se va equivocar? ¿A ti te parece posible que tantas y tan distintas personas se hayan puesto de acuerdo en una falsedad? Imposible, hijo mío. Y le aconsejó en el momento de despedirse, mostrándole las carnosas y pálidas palmas de sus manos: Intenta convencer al aitá para que... ya me entiendes. No le entiendo, jauna. Pues para que abandone el pueblo antes que ocurra lo que Dios quiera que no ocurra. ("El enemigo del pueblo").
 Esta es la realidad. Un siniestro desfile de cobardes y chivatos, asesinos y cómplices que conforman una parte importante de la sociedad vasca. Después de 40 años, ya es hora de decirlo con claridad, sin paños calientes.
 
Puede usted seguir instalado en esa cómoda visión de un pequeño grupo de locos fanáticos enfrentada a una mayoría social que les planta cara. En ese caso, no lea el libro de Aramburu. O puede conocer la verdad. Usted elige.
 
 
FERNANDO ARAMBURU: LOS PECES DE LA AMARGURA. Tusquets (Barcelona), 2006, 242 páginas. Premio Real Academia Española 2008.
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