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'EL HOMBRE, ANIMAL POLÍTICO'

Zubiri para la teoría política

Un estudio de la cinematografía española de los últimos decenios sobre la II República y la Guerra Civil bastaría para tomar la temperatura de nuestra cultura y, cómo no, para comprender la decadencia y fracaso del cine español actual. Y no por falta de temas e historias interesantes por tratar, aunque con esto no baste para hacer una buena película, pues, además de la técnica, el enfoque es esencial.

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Algo que daría lugar a un interesantísimo guión sería el París de los últimos meses de 1936 y los primeros del siguiente año. Un número notable de destacadas personalidades de la cultura española allí coincidió, muchas de ellas huyendo de la zona republicana. En torno al drama de un personaje de poca relevancia histórica, por ejemplo, el espectador podría encontrarse con Pío Baroja, Ortega y Gasset, García Morente, Blas Cabrera, Zubiri, etc., y, en sus conversaciones y haceres, palpar aquel momento de nuestra historia.

Uno de aquellos españoles fue Francisco Javier Conde (1908-1975), autor del libro que ahora nos ocupa, El hombre, animal político. Antes de París, ya había tenido ocasión de conocer a Zubiri en Roma, cuando estaba destinado por el Gobierno como asesor jurídico en la embajada española ante la Santa Sede. Y después de Francia, ya en la España de la posguerra, cultivarían ambos la amistad. Y no solamente eso, Conde, uno de los grandes representantes de la Escuela Española de Derecho Político, fue un atento oyente de los cursos privados de Zubiri, asimiló su filosofía y fue uno de los primeros divulgadores de la misma.

El hombre, animal político es su discurso de recepción como académico en la Real de Ciencias Morales y Políticas; fue leído y publicado por primera vez en 1957 y ahora revive en una oportuna segunda edición. Se trata de un libro de pensamiento de altura, desafortunadamente demasiado olvidado, en el que no solamente encontramos una sólida idea de lo político que podría ayudarnos a ir más allá del estancamiento socio-político occidental, sino un testigo de lo que puede dar de sí la prolongación de la filosofía zubiriana en ámbitos a los que el pensador español no pudo llegar.

Pero, además de testigo, es también una incitación. El lector no puede menos de pensar que fue escrito cuando Zubiri aún no había publicado sus dos obras principales: Sobre la esencia y la trilogía Inteligencia sentiente. Es decir, Conde, en este trabajo, parte de unas posiciones metafísicas y noológicas que aún estaban a la espera de ulterior maduración. La obra del donostiarra no sólo sigue estando pendiente de una recepción a su altura filosófica, sino que augura una gran fecundidad en muchos campos.

Pese al título, el libro no es una simple prolongación del pensamiento griego. Cuando Conde se pregunta sobre la índole constitutivamente política del hombre, lo hace desde la necesidad de superar las insuficientes nociones de la metafísica eleática para pensar lo propiamente humano y, por tanto, también lo político. Y para ello la antropología de Zubiri ofrece un rico suelo sobre el que hacer pie.

Partiendo de la idea del hombre como esencia abierta y girando en torno al concepto también zubiriano de posibilidad, Conde va a mirar críticamente el pretérito pensamiento político para lanzarse a pensar él mismo lo político desde la articulación de realidad y posibilidad:

Lo político consiste precisamente en realizar la posibilidad de perfección del orden en una sociedad concreta, constituyendo una unidad de decisión sobre la pluralidad de tendencias sociales. (Pág. 139).

Una primera parte del libro la dedica a tomar distancia de la concepción de lo político como solamente un factum:

El griego, el cristiano medieval y el hombre moderno han partido del supuesto primario de que el hombre es de facto una realidad política y han dado razón de ella cada uno a su manera, interpretando la constitución de ese modo de realidad como ascensión, como conversión y como progreso. El punto de arranque es certero. La politicidad es un factum, y ahí esta la historia entera del hombre para demostrarlo. Pero no basta con constatarlo. (Pág. 64).

La segunda parte del libro, en la que se aborda la ontología del orden y del poder político, en dos capítulos muy recomendables, se ocupa de mostrar que no solamente es el hombre un animal político, sino que tiene que serlo, puede serlo y además debe serlo, porque el hombre, para llegar a plenitud humana, tiene que forjar proyectos de convivencia.

La idea de la política en Conde es sumamente humana, pues todo orden político está en función de la perfección humana, del hombre por hacer, partiendo de la situación en que esté y nada utópica:

El orden político óptimo sería aquel que, partiendo de la condición del hombre como esencia abierta, ofreciese el sistema máximo de posibilidades sociales para potenciar la naturaleza humana. Y habría de ser un orden flexible, históricamente cambiante, en permanente desarrollo interno, en función de cada situación histórica y de los diferentes tipos de personalidad dimanantes de la idea absoluta de la perfección humana. (Pág. 85).

La historia ha demostrado sobradamente que las visiones políticas que han dado la espalda a lo que el hombre es no solamente han fracasado, es que han mutilado lo humano en la medida que lo han ignorado o deformado las ideologías en que se sustentaban; los totalitarismos del siglo XX son una permanente llamada de atención. La vida social necesita que la filosofía piense la verdad del hombre y, desde ahí, lo político. En estos tiempos de crisis, que no lo es solamente económica, pudiera parecer que la metafísica, la antropología filosófica y la teoría política fueran un lujo innecesario alejado de las urgencias prácticas. Sin embargo, cuando todo parece derrumbarse, se antoja ineludible saber a qué atenerse, dedicar tiempo a la siempre poco visible cimentación.


FRANCISCO JAVIER CONDE GARCÍA: EL HOMBRE, ANIMAL POLÍTICO. Encuentro (Madrid), 2012, 149 páginas.

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