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Luis Herrero Goldáraz

Esta época gloriosa 

Cuando llegue el momento cogeré a los jóvenes y les ilustraré con gusto, a lo Di Stéfano: "Si no has vivido el Big Three, no sabes lo que es el tenis".

Luis Herrero Goldáraz
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Cuando llegue el momento cogeré a los jóvenes y les ilustraré con gusto, a lo Di Stéfano: "Si no has vivido el Big Three, no sabes lo que es el tenis".
Novak Djokovic, Roger Federer y Rafa Nadal. | Cordon Press

No seré yo quien levante la voz antes de tiempo y trate de apagar las luces mientras la fiesta sigue en marcha. Detestaría parecer uno de esos fatalistas patológicos, incapaces de disfrutar del éxito cuando se da. Pero como la semana ha estado cargadita de noticias –motivo por el que cada vez es más difícil encontrar algo verdaderamente interesante sobre lo que hablar–, y como dudo que este tema pueda hacerle sombra a las declaraciones de Rociito, lo diré: de aquí a cinco años, el tenis habrá perdido a su Big Three. Ya sé, ya sé que no es un tema de buen gusto, que algunos no estamos preparados para el adiós definitivo y que incluso otros más sabios que yo se han estrellado estrepitosamente tratando de retirar prematuramente a estos diablos. Pero lo mío no es tanto un vaticinio como un lamento. O algo distinto, en realidad. Al fin y al cabo, no he venido aquí a llorar a ningún héroe. Es más bien una manera de hacerme a la idea de que me encuentro cada vez más cerca de vivir el primer gran cambio de paradigma en el universo tenis desde que sigo este deporte. Ese intercambio de relevos por el que los mejores de la historia ceden la raqueta a otros más jóvenes, condenándolos a pelear incansablemente contra su leyenda, y lanzando de paso un mensaje a los aficionados capaces de recordar sus primeros peloteos: “Sois veinte años más viejos, aunque no os hayáis dado cuenta”.

Es curioso hacerse mayor. Difícil, no tanto. Al menos cuando uno empieza a percatarse. De pronto, y como invitado por una mano invisible a abandonar el salón de los neófitos, uno deja de mirar las historias de décadas pasadas como si fueran vidas ajenas y comienza a rellenarlas con sus propios recuerdos. De ahí a contar batallitas hay un paso, me supongo. Yo, concretamente, pertenezco a una generación que difícilmente habría podido descubrir el tenis sin Nadal, por lo que tampoco siento la necesidad de demostrarle a nadie una pureza de espíritu que me salve de ser catalogado como un hincha oportunista. A ello le sumo un cierto hábito familiar, una afición heredada, que me otorga un margen mínimo a la hora de colocarme frente a los sumos sacerdotes de un deporte que, a diferencia del fútbol, sólo acapara portadas en función del número de finales a las que haya llegado un español. Todavía conservo algunas imágenes, efímeras la mayoría, y borrosas todas ellas, de una época ajena al Triunvirato actual. A Sampras retirándose en la cima y a mi padre explicándome, después de una de mis preguntas maniqueas, que con sus 14 Grand Slams ya podía disputarle el trono al mismísimo Rod Laver; los periódicos tirados en la casa de mi abuela anunciando aquella primera Ensaladera, la del Palau Sant Jordi; los Roland Garros de Moyá y Ferrero –y la final que perdió este último contra Albert Costa–, con sus respectivos números uno efímeros; o los saques meteóricos de un Andy Roddick al que comenzaba a dibujársele la ironía en la sonrisa cada vez que le tocaba enfrentarse a ese jovencito suizo que había llegado para dominar el circuito. Poco más puedo decir, aunque ya es algo. Pasado el tiempo hube de descolgar mi póster de Ferrero de mi cuarto, pero la orfandad no duró demasiado porque llegó Nadal y con él la euforia de una nación cuyo mayor problema durante dos lustros fue no tener televisores suficientes para emitir en directo todos sus éxitos deportivos.  

Supongo que escribo esto porque una parte de mí, la que siempre ha envidiado a los ancianos, desearía verse dentro de varias décadas orgullosa por haber presenciado en primera fila a las tres mejores raquetas de siempre disputándose la corona durante diez años. Cuando llegue el momento cogeré a los jóvenes y les ilustraré con gusto, soltándoles aquella frase que utilizan siempre los únicos madridistas que pueden jactarse de haber animado a Di Stefano desde la grada: ”Si no has vivido el Big Three, no sabes lo que es el tenis”. Y aunque la cosa sea una exageración y cada época tenga sus ídolos, sé que algo se les quedará. Quizás la extraña intuición de que la vida no es otra cosa que ir alargando tradiciones y erigiendo estatuas. Y que no está mal hacerlo. Que las figuras que uno escoge jamás podrán ser igualadas por nadie, ni aunque hayan pasado cien años y un incauto se haya atrevido a romper todos sus récords. Y que la cuestión definitiva no radica en elegir entre mejores y peores, sino en conservar el testimonio de una época que, de pronto y por sorpresa, cayó en la cuenta de que se había hecho mayor.

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