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Luis Herrero

Cisma a la vista

Las bengalas y las rimas genitales del 8M tapan durante unas horas el conflicto entre PSOE y Podemos a cuenta de la chapuza de la Ley de Libertad Sexual.

Luis Herrero
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Las bengalas y las rimas genitales del 8M tapan durante unas horas el conflicto entre PSOE y Podemos a cuenta de la chapuza de la Ley de Libertad Sexual.
La vicepresidenta Carmen Calvo y la ministra de Igualdad, Irene Montero, en la manifestación del 8M en Madrid. | EFE

Salta a la vista que la multitud del 8-M se lo ha pasado en grande. A pesar de que los megáfonos de la organización recordaba una y otra vez que "esto es una protesta y no una fiesta", la multitud iba a lo suyo. "Hasta las tetas de hacer croquetas", "el feminismo liberal me aprieta el chocho igual", "menos rosarios y más bolas chinas", gritaban los manifestantes entre pasos de baile y saltitos de entusiasmo solidario.

Por una horas, las luces de las bengalas y las rimas genitales han sido contramedidas destinadas a desactivar el efecto de la pésima gestión de Pedro Sánchez de la crisis más grave que ha vivido hasta ahora el Gobierno que preside. Fue incapaz de cortar de raíz el enfrentamiento entre Igualdad y Justicia cuando saltaron las primeras chispas en el retiro espiritual de Quintos de Mora, y el asunto se le fue definitivamente de las manos cuando el enfrentamiento adquirió tintes de riña callejera. Grande Marlaska y Margarita Robles, jueces antes que ministros —en la secuencia de su currículum laboral, quiero decir— le dieron la razón al ministro de Justicia: el anteproyecto de la ley de Libertad Sexual que impulsa Irene Montero es una chapuza inaceptable. La respuesta de Pablo Iglesias no se hizo esperar: Juan Carlos Campo es un machista frustrado.

Antes de que esos juegos florales llegarán a la vía pública, los contendientes habían protagonizado en la comisión de subsecretarios una trifulca de alto voltaje. Carmen Calvo era la encargada de alcanzar un acuerdo pacificador, pero tomó partido por las tesis de Campo y sazonó con sal la llaga de la herida. El espectáculo infrecuente de ver a la vicepresidenta del lado sensato en una discusión no tenía mucho que ver con el mundo de las ideas, sino con el de la ambición política. Lo que estaba en juego era una batalla de fondo por el liderazgo del feminismo. Calvo versus Montero. Las feministas socialistas aún no han digerido que Pedro Sánchez le diera la cartera de Igualdad a Podemos. Saben que el movimiento feminista tiene en nuestro país un peso electoral decisivo.

En las tripas del último CIS hay datos que así lo acreditan: solo en los dos últimos años ha crecido casi cuatro puntos (del 7 al 11 %) el porcentaje de votantes que se definen ideológicamente como feministas. PSOE y Podemos son los partidos que a juicio de los encuestados más contribuyen a la causa. Los podemitas van en cabeza (23,6 %), pero los socialistas les pisan los talones (22,4%). Esa situación de práctico empate en la valoración global, sin embargo, salta por los aires si se pone la lupa en los grupos de edad más jóvenes. Entre los votantes de 18 a 44 años, Podemos gana al PSOE por más del doble. Eso es lo que explica que Calvo quisiera retener el ministerio de Igualdad a toda costa durante la negociación post electoral del 28 de abril. Ahora, con Montero asida a la empuñadura de esa cartera, el forcejeo entre las dos damas alfa de la izquierda ha redoblado su intensidad.

Hasta ahora, la buena relación entre Sánchez Iglesias —quién nos lo iba decir— había servido de dique de contención para evitar que la sangre llegara al río, pero las huestes socialistas, a juicio del caudillo podemita, han cruzado una línea roja del todo inaceptable: llamar a su chica inepta, incapaz, amateur, incompetente o chapucera. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Al ver a su dama en apuros, fieles a los códigos de honor de las órdenes de caballería que ennoblecieron las cabalgadas de Alonso Quijano, él y su fiel escudero Pablo Echenique acudieron prestos a su rescate. ¿En eso consiste el neo feminismo en boga? Cayetana Álvarez de Toledo puso el dedo en la llaga: "si yo fuera ministra de Igualdad y a mi marido se le ocurriera salir en mi defensa para protegerme de las críticas de un colega de gobierno, yo lo mandaría a dormir al sofá".

Hoy Cayetana no ha estado en la manifestación de Madrid. Las ministras del PSOE y de Podemos, sí. Han querido escenificar la unidad que les reclamó el comité de coordinación que se reunió de urgencia el viernes pasado. Pero no engañan a nadie. Es seguro que las desavenencias que ya separan a los socios de la coalición de gobierno —Educación, Couso, rey emérito o coronavirus— acabarán en cisma más pronto que tarde. Sánchez tenía razón: no se puede dormir tranquilo cuando en la mesa del Consejo de ministros se sientan dos gobiernos distintos.

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