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Luis Herrero

Cara de colchonero

Pablo Casado debería tomar buena nota de lo que ha pasado en esta Liga.

Luis Herrero
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Pablo Casado debería tomar buena nota de lo que ha pasado en esta Liga.
EFE

Garci me contó una vez que se hizo del Atleti porque en aquella España en blanco y negro de los años 50, el colorido del uniforme le ganó para la causa. También porque le caían mejor los débiles que los poderosos. Es muy probable que si si yo hubiera visto las cosas de la misma forma hubiera sido tan colchonero como él. Pero para mí el Madrid nunca fue la antítesis de la monotonía cromática o la debilidad. El blanco es el color menos sufrido de todos. Las marcas de la batalla resaltan en él más que en cualquier otro. Si un jugador volvía al vestuario con la equipación impoluta, Alfredo Di Stefano le pedía al entrenador que la próxima vez lo dejara en el banquillo. Todos los jugadores luchaban como si en cada partido se jugaran la vida. Tardé mucho en entender que en las crónicas deportivas les llamaran merengues. Para mí aquella palabra solo tenía connotaciones temperamentales. Era un sinónimo de blandenguería. ¿Merengues? ¡Su puta madre! ¡Los míos eran vikingos! Guerreros que no se rendían jamás, que nunca daban un partido por perdido. Los aficionados de mi generación teníamos claro que si el Madrid se jugaba un título en un partido, las posibilidades de acabar perdiéndolo eran casi inexistentes. Ese era el hecho distintivo que nos distinguía del Atleti. Ellos, por una razón u otra, casi siempre reblaban al final. Nosotros, nunca. Entre ser hincha de un pupas o de un killer, la opción para un niño de mi edad no ofrecía ninguna duda.

Esa visión temperamental del fútbol de mi infancia es lo que me llevó a hacerme del Madrid. El poderío que yo veía en sus jugadores no era consecuencia de un capricho del azar o de un privilegio de cuna. La competencia con nuestro eterno rival —que entonces era el Atleti, no el Barsa— nada tenía que ver con la lucha de clases. Esa idea de ricos y pobres se fue abriendo paso poco a poco en el ánimo de los antimadridistas para encontrarle una explicación plausible al hecho contumaz de que el Madrid soliera quedar por delante. Le colgaron el sambenito de ser el equipo del Régimen y de beneficiarse sistemáticamente de la ayuda de los árbitros. En lo primero había algo de verdad. La única vez que estuve cara a cara ante Franco, en el palacio de El Pardo, le pregunté de qué equipo de fútbol era. "En casa somos del Real Madrid", me contestó. Su mujer saltó como un resorte: "Sí, en casa somos del Real Madrid —dijo—, pero fuera, del que mejor juega". La respuesta de Franco no me escandalizó. Después de todo, en aquella época de aislacionismo internacional la única forma que tenía España de sacar pecho era consiguiendo que el Madrid ganara la Copa de Europa o que Massiel se impusiera en el festival de Eurovisión. Con los años, la idea de que los triunfos madridistas no eran limpios hizo cierta fortuna y aún tiene adeptos en nuestros días. A mí me la sopla. Prefiero soportar esa infamia a perder finales de Champions en el tiempo de descuento.

Durante el último tercio de la Liga, la idea de que el Atleti iba a ser fiel a su infausta tradición de perder al final lo que tenía prácticamente ganado hizo mella en los aficionados. La ansiedad asomó al rostro de los colchoneros y provocó que se enfrentaran a sus viejos fantasmas. Las últimas semanas, para ellos, han sido dramáticas. Por eso entiendo que ahora estén experimentando una satisfacción doble. No sólo han ganado el título, también han visto al todopoderoso Madrid nadar con denuedo para morir en la orilla. No pretendo empañar su celebración —no hay duda de que se han impuesto con todo merecimiento—, pero me atrevo a aconsejarles que aprendan a aprovechar mejor los momentos de flaqueza de sus adversarios. Si vuelven a llevar la competición al límite del último partido, después de dilapidar una renta tan amplia, lo más probable es que acaben siendo vapuleados por sus propios monstruos. Dice Garci que el fútbol es una metáfora de la vida. Y tiene razón. Pablo Casado debería tomar buena nota de lo que ha pasado en esta Liga. La ventaja que empiezan a otorgarle las encuestas se debe más a los errores ajenos que a los aciertos propios. Si cree que es mérito suyo y se dedica a especular con el resultado, la ansiedad acabará jugándole una mala pasada. Durante la crisis marroquí ha sido un manojo de nervios. O aprende a manejar el balón con criterio o se le acabará poniendo cara de colchonero.

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