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Marcel Gascón Barberá

La 'baraka' de Simón

Si le hubiera tocado lidiar con la pandemia con un Gobierno de derechas...

Marcel Gascón Barberá
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Si le hubiera tocado lidiar con la pandemia con un Gobierno de derechas...
Fernando Simón | EFE

Podría ir al diccionario de la Real Academia, pero como no hay mejor test de estupidez que asociar la Wikipedia a la superficialidad y la ignorancia prefiero ir a la venerable enciclopedia libre y así soltamos lastre, ya en el primer párrafo, de solemnes con ínfulas.

Nos dice la Wikipedia del término baraka que en árabe significa "bendición, carisma, gracia divina" y es "una especie de bendición, de continuidad de la presencia espiritual y revelación que comienza con Dios y fluye a través de Él y a lo más cercano a Dios". "La baraka", continúa la entrada, "puede encontrarse de objetos físicos, lugares y personas, como elegidos por Dios".

En el caso que nos ocupa la baraka se encuentra en la persona, aparentemente elegida por Dios, del doctor Fernando Simón Soria, el epidemiólogo zaragozano que desde 2012 dirige el Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio Sanidad del Gobierno de España.

Nos dice también la Wikipedia que Simón empezó a ser conocido en 2014, cuando ejerció de portavoz del comité creado para prevenir la expansión del ébola en España. Su gran salto a la fama se daría seis años después, con la pandemia del coronavirus.

Simón había sobrevivido a la guillotina nepotista del sanchismo, y el Gobierno le dio el enorme protagonismo por el que hoy todos le conocemos en la gestión de la pandemia.

Pese a ser España uno de los países más golpeados del mundo, con más de 28.000 muertos reconocidos oficialmente, que podrían ser más de 40.000 si se confirma lo que apuntan otros indicadores, Simón se ha convertido para la España progresista en una especie de sabio excéntrico que nos ha guiado con temple e inteligencia por los mares azarosos de la pandemia.

Desde aquella rueda de prensa en la que, para justificar su aquiescencia a la manifestación oficialista del 8-M, nos aseguró que el virus apenas afectaría España, el papel de Simón en la crisis se ha caracterizado por los cambios de criterio constantes y la sumisión a sus jefes políticos.

Sin embargo, nada de esto parece importarles a los exaltadores del doctor Simón.

En estos tiempos de derribo generalizado de símbolos, este médico de revuelto pelazo plateado ha sido elevado al altar de los héroes vivos como rostro humano y amable de la ciencia.

Por si fuera poco, Simón es para su legión de admiradores una especie de sex-symbol pedagógico y terapéutico, una figura cuasi-providencial que marca el camino de la nueva normalidad también en la manera correcta de ser hombre, como establecieron en su día los formadores de opinión más influyentes del reino.

Simón ha tenido suerte de que en las camisetas que se hacen de él y en los murales con su rostro que, como si fuera Maradona en Nápoles, se pintan en las calles se incluya la frase de la almendra y no aquel "España no va a tener como mucho más allá de algún caso diagnosticado".

Pero esa no es su baraka, sino la de la izquierda.

La baraka de Simón es que la pandemia le pillara como jefe del Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias bajo un Gobierno de izquierdas y no con el Gobierno de derechas que le nombró.

Porque entonces Simón no sería a ojos de la opinión pública hegemónica el genio despistado y sensato que es ahora, sino un pijo incapaz y enchufado por la derecha anticientífica frívola y corrupta de siempre. Un ignorante y un enemigo de clase al que le reprocharían cada muerto aunque tuviéramos las cifras de Portugal.

Un papel, por cierto, le pega tanto como el de científico loco. Porque, aunque aún no nos lo cuente la Wikipedia, hemos sabido que Simón viene de adinerados ambientes del Opus y dicen que llegó a donde ha llegado gracias a su suegro, el exministro del PP Romay Beccaría.

Algo que a mí no me indigna ni me molesta, pero que no le perdonarían quienes hoy le alaban si su jefe fuera Casado.

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