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Políticos y empresarios ante Cataluña

Se está produciendo un divorcio, una separación radical entre los empresarios y los políticos, principalmente en Cataluña.

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La lectura de la prensa, en lo que atañe a Cataluña, nos deja perplejos. Por una parte, las reseñas de lo que dice el president Torra revelan el discurso radicalizado de un dirigente dispuesto a imponer la independencia si no se la arreglan antes –y en el mismo sentido– desde Madrid. Digamos que se muestra dispuesto a dialogar con el poder central, pero sólo para que sea éste el que proclame la separación de Cataluña y, de paso, le resuelva el odioso problema del reconocimiento internacional. Pero hete aquí que, cuando la ministra de asuntos territoriales, Meritxell Batet, toma la palabra, su versión del tema es completamente irreconocible –y eso que, por hablar en catalán, le podríamos presuponer un mejor entendimiento de lo que dice su convecino–. Sus palabras en el Congreso de los Diputados no tienen desperdicio. Ella ve en la diatriba torrense la confirmación de que la Generalitat asume "ir más allá de sus reivindicaciones soberanistas" para aceptar "una discusión sobre sus posibilidades de actuación en el marco constitucional y como gobierno autonómico". Esto se parece cada vez más a diálogo de palurdos sordos e incluso ciegos.

La cosa no tendría mayor alcance si no fuera porque estos llamémosles entendimientos entre políticos son trascendentes para los negocios y los bolsillos. Los que mejor lo van apreciando son los empresarios, especialmente los catalanes, que van comprobando cómo esta merienda de negros –dicho sea sin el menor atisbo racista– les está comiendo la cuenta de resultados. Así lo ha puesto de manifiesto una encuesta, cuya muestra comprende a directivos de 826 empresas catalanas y de otras 400 del resto de España, y cuyos resultados acaba de publicar la Cámara de Comercio de España. De su lectura se desprenden dos conclusiones relevantes:

La primera es que, entre los industriales catalanes, el independentismo tiene pocos seguidores, de manera que sólo un 11,7 por ciento se adscriben a la idea de que el fututo pasa por un escenario secesionista. La mayoría –un 58,5 por ciento– se inclina por una Cataluña autonómica. Y el resto –29,8 por ciento– prefiere no mojarse, según parece porque no saben de qué parte va a soplar el viento y, como me dijo a mí una vez un empresario vasco que quería poner dinero para mis investigaciones sobre el separatismo cuando lo del Plan Ibarretxe, aunque se negaba a contestar a mis encuestas, "ellos lo saben todo" –deduzco que se refería a los nacionalistas, pero no me lo aclaró–.

Y la segunda es que mayoritariamente los empresarios catalanes –que en esto coinciden con los del resto de España– valoran negativamente el impacto que puede tener un escenario secesionista para la economía en general –empleo, costes laborales y financieros, seguridad jurídica, nivel de renta e inflación– y para la microeconomía de sus compañías –demanda de consumo, inversiones, gasto en I+D, exportaciones, impuestos y costes de transporte, energéticos y de materias primas–. Ello contrasta con la expresión de un optimismo intenso si el escenario fuera el opuesto; o sea, la estabilización definitiva del clima político en el marco constitucional.

Pero, más allá de su concreción, lo que los resultados de la encuesta de la Cámara de España revelan es que, en la coyuntura actual, se está produciendo un divorcio, una separación radical entre los empresarios y los políticos, principalmente en Cataluña, pero también del resto de España. Puntualicemos: mi referencia es a los políticos que ostentan responsabilidades de gobierno en ambos ámbitos; es decir, a los nacionalistas y a los socialistas. Y de esa ruptura la que más me interesa ahora es la que concierne a Cataluña, pues señala una circunstancia históricamente nueva. El catalanismo se forjó en buena medida a partir de la confluencia entre ambos cuando –como expuso Vicens Vives en su Industriales y políticos catalanes del siglo XIX– trataron de hacer del impulso económico de Cataluña, a través del proteccionismo, el soporte de España. Esa alianza, de una u otra forma, perduró en el tiempo. Y ahora se rompe definitivamente. Vicens, en una entrevista publicada en 1959 con ocasión de la edición de su obra, comentó como de pasada: "No todos los nietos son dignos émulos de sus abuelos", aunque no especificó si se refería a los primeros o a los segundos. Que el lector lo interprete.

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