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El 'Trío Referéndum' lo explica todo

La representante de ERC, la gran Marta Rovira, nos permitió comprobar el nivel intelectual de la operación separatista.

Pablo Molina
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El trío seleccionado por el parlamento regional de Cataluña para defender en las Cortes de verdad su pretensión de convocar un referéndum independentista explica muchas cosas. En realidad aclara totalmente por qué un absurdo como la idea de trocear una nación milenaria ¡por procedimientos legales! ha podido llegar a convertirse en uno de los principales problemas a los que se enfrenta en estos momentos nuestro país, porque un pueblo que elige a representantes políticos como ellos es capaz de protagonizar cualquier disparate y de insistir en él durante meses con la misma terquedad que ausencia de sentido del ridículo.

Además de la continua apelación a cuestiones sentimentales, como si en lugar del Parlamento de la Nación estuvieran en un consultorio de tarot de la madrugada televisiva, los tres representantes de las fuerzas parlamentarias catalanas dieron muestras lo voluble que es para ellos el concepto de democracia. Joan Herrera lo resumió perfectamente cuando al terminar su intervención soltó un "democracia es ser demócrata" a modo de síntesis irrefutable. De esa manera, todo lo que sugiera, proponga u ordene un demócrata es perfectamente democrático, incluso si contraviene expresamente lo establecido en la Constitución o el resto del ordenamiento jurídico. Y como en España no hay más demócratas que los izquierdistas y los nacionalistas, los pobres viven cualquier negativa reglamentaria a sus proyectos alocados como un ultraje que a duras penas pueden soportar. Normal que estén tan susceptibles.

Pero sin duda fue la intervención de la representante de ERC, la gran Marta Rovira, la que definitivamente nos permitió comprobar el nivel intelectual de la operación separatista y sus implicaciones sentimentales, mucho más importantes para los nacionalistas que su mero carácter político. Rovira es aquella portavoz de ERC que, preguntada por una periodista francesa acerca de cómo pensaban financiar la independencia, se hizo tal lío con la fiscalidad del nuevo Estado que su respuesta se convirtió en una serie de balbuceos inconexos para asombro de la gabacha preguntona, que igual vivió el suceso como una afrenta personal. No había tal. Sucede que Marta Rovira no cree en los números sino en los sentimientos; no en la frialdad de las matemáticas sino en la calidez de la seducción, también como arma para la discusión política. Ella misma dijo que lo que los catalanes quieren es ser seducidos por España, porque ahora mismo "no nos aceptan ni como somos ni como soñamos". También explicó a toda España que cuando deja a su niño en el cole las conversaciones con el resto de las madres giran en torno al derecho a decidir, de manera que hasta en las guarderías catalanas el tema de conversación no son las actividades extraescolares o la última epidemia vírica, sino la autodeterminación.

Ante argumentos de semejante calado, no se explica cómo la tribuna de invitados, repleta de diputados y altos cargos nacionalistas no se vino literalmente abajo. Al contrario; en lugar de mostrar entusiasmo por la solvencia del discurso en defensa del referéndum, los ilustres invitados asistieron al debate con cara de asquito, como si a alguno de ellos se le hubiera escapado un pum. Debe de ser que les molesta venir a la atrasada España a que los corran a gorrazos unos diputados con tan poco glamur, porque el espectáculo del Trío Referéndum en representación del parlamento regional de Cataluña fue impagable. Los mandan a que actúen en la ONU y Ban Ki Moon declara a Catalonia, como mínimo, Estado Observador.

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