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Pablo Molina

Salvar a la niña Greta

Los promotores del calentón global la han convertido en el icono de la nueva secta milenarista, con la salvedad de que ella sí se ha creído todo este montaje.

Pablo Molina
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Los promotores del calentón global la han convertido en el icono de la nueva secta milenarista, con la salvedad de que ella sí se ha creído todo este montaje.
EFE

Los adolescentes occidentales, liderados por una joven activista escandinava, están angustiados por las consecuencias del cambio climático. Hasta lloran, señores, ¡lloran!, ante la posibilidad de que la vida se extinga y el planeta Tierra se convierta en un pedazo de roca yerma vagando sin rumbo por el espacio infinito.

Es altamente reconfortante que la máxima preocupación de los adolescentes del primer mundo sea el efecto de un fenómeno que a) no se sabe si está ocurriendo; b) en caso de que esté ocurriendo, no está claro que sea responsabilidad del ser humano o que podamos revertirlo; y c) si ocurre y el hombre no puede evitarlo, hasta podría tener efectos beneficiosos sobre la naturaleza y la vida terrestre. Si eso es lo que atemoriza a nuestros chiquillos, es que todos comen muy bien y les funciona la wifi a cañón.

El calentamiento global, constructo sociológico ideado por los políticos y elevado por los medios de comunicación a niveles de histeria colectiva, es el milenarismo de nuestra era. En realidad, los chiquillos que lloriquean por los pasillos de la ONU son la versión postmoderna de las sectas protestantes que anuncian el fin del mundo según la lectura particular de la Biblia del zumbado de su fundador.

La escena de estos mozalbetes riñendo a los líderes mundiales, reproducida a diario en todos los medios como el gesto de rebeldía de una juventud comprometida con el destino del planeta, es de un bochorno ya hasta violento. Así que la niña Greta y su muchachada están abroncando a los de la ONU para alertar del cambio climático, nos cuentan los presentadores del telediario con los ojitos brillantes. ¡Pero si todos ellos defienden lo mismo, gilipollas! ¿Cómo se puede degradar tan salvajemente la televisión?

Pero lo peor es lo que están haciendo con la niña Greta. Someter a una adolescente con graves problemas psicológicos y un evidente trastorno obsesivo compulsivo a este estrés emocional resulta de una crueldad inaudita y una canallada por la que sus padres tendrán que dar en su día muchas explicaciones. Dice la pobre que los políticos le han robado la infancia. Y es verdad. Los promotores del calentón global la han convertido en el icono de la nueva secta milenarista, con la salvedad de que ella sí se ha creído todo este montaje de película de catástrofes de serie B. Que alguien la saque de ahí ya.

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