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Pablo Planas

Forcades, Fernàndez y el comando Mateo Morral

Parece una broma, pero el partido de sor Forcades está a punto de dar el sorpasso al partido de Fernàndez, cuyas bases son de ERC.

Pablo Planas
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Parece una broma, pero el partido de sor Forcades está a punto de dar el sorpasso al partido de Fernàndez, cuyas bases son de ERC.

El líder de la Esquerra Republicana, Oriol Junqueras, amenaza con una huelga catalana para presionar a Madrid. Se trataría de un paro general que, advierte, tendría notables consecuencias sobre la economía española, sobre la estabilidad institucional y hasta sobre la misma prima de riesgo. Junqueras es el producto más sofisticado del parlamentarismo de espardeña, la cara supuestamente amable del separatismo, un moderado al lado de David Fernàndez, el de la sandalia. Pero se le entiende igual. Es de esos que, en lugar de amenazar, dice que avisa, razón por la que conviene tomar nota de que está dispuesto a impulsar una huelga general contra España.

El contrapunto de la verbosidad de Mas es Junqueras, hombre de pocas palabras, pero muy repetidas. Y el contrapunto de Junqueras es David Fernàndez, que en la escala evolutiva de la política desciende hasta el lenguaje de los signos. En el escalón extraparlamentario se encuentra la monja Teresa Forcades, cuyas soflamas anticapitalistas patrocinadas por TV3 presionan a Fernàndez, que a su vez impresiona a Junqueras, quien acaba por empujar a Mas, en una espiral de radicalismo matón que ha convertido el Parlament en una herriko taberna. Parece una broma, pero el partido de sor Forcades está a punto de dar el sorpasso al partido de Fernàndez, cuyas bases son de ERC, el partido de Junqueras, que acumula votos de Convergència, etcétera, etcétera. Los que formaron la cadena independentista, vaya.

En este panorama de a Dios rogando y con la chancleta dando, la monja y Fernàndez están en el mismo lado, aunque la primera parezca una benedictina y el segundo un talibán. Mas, que se queja de que se identifique el "proceso soberanista" con el totalitarismo, no ha reprobado el gesto de la sandalia, ni que diputados del grupo de Fernàndez llamaran "nazis" a los de Ciutadans y el PP. Tampoco le debe parecer mal que un dirigente de Convergència se dedicara a increpar a Albert Rivera desde la tribuna de prensa del Parlamento autonómico y que le dedicara una peineta al diputado Cañas. Tampoco ha condenado nunca los ataques a las sedes del PP y de Ciutadans.

El presidente de la Generalidad está a las órdenes de Junqueras, cuyo discurso antisistema es de lo más ortodoxo que se puede escuchar en el Parlament. Y es en ese hemiciclo desde el que se imparten las lecciones de democracia que el catalanismo exporta a Madrid; el derecho a decidir, la tercera vía y el moderantismo. Ahí, donde se abuchea a los diputados de la oposición , donde un tipo como Fernàndez es tratado de señoría y donde el director general de los Mossos, el del caso Benítez, ha sido ratificado.

La fractura social ha dejado de ser una hipótesis para constatarse en cada una de las representaciones de la política catalana, una especialidad en que lo normal es amenazar con huelgas generales y compararse con el pueblo judío; blandir chanclas y apedrear sedes unionistas. No es sólo una cuestión de modales, sino de modelos y en el modelo social que se construye en Cataluña pega más el comando Mateo Morral (los detenidos en Barcelona que pusieron la bomba en El Pilar) que un diputado con corbata.

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