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Pujol confiesa: el "proceso" es otro pelotazo andorrano

El panorama judicial de los Pujol es tan horrible que la inmolación de Pujol es en realidad un toque de atención, un aviso a la judicatura.

Pablo Planas
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El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, debería suspender la cita con Artur Mas hasta que el clan Pujol rinda cuentas a la Justicia. Que el patriarca de la "famiglia" convergente haya emitido una confesión con la que pretende hacerse el héroe y salvar a la prole y a la esposa del tenebroso panorama judicial que se cierne sobre ellos no es una petición de disculpas tras una cacería de elefantes sino la confirmación de que el "caso Millet" es una memez en comparación con el verdadero "caso Palau", pero Palau de la Generalidad, el recinto de cartón piedra desde el que Jordi Pujol i Soley se dedicó durante veintitrés años a emitir fatuas sobre la honradez, la austeridad, el rigor y el ahorro. Hasta obligaba a los periodistas a ponerse de pie cuando entraba en la sala de prensa.

Es conocido que Jordi Pujol no ha pagado una cuenta en su vida y que los escoltas de los mozos de escuadra intentaban esquivar el turno presidencial porque el líder carismático, el hombre entregado a la causa de la construcción de una gran nación, era tan pobre que no tenía ni para pagar las "cocacolas negras" que tomaba en sus periplos de fin de semana por su cortijo, Cataluña entera. Siempre tenían que aflojar ellos. Pujol era una especie de Ghandi que había montado un banco, la Banca Catalana, que es el precedente directo de la gran estafa de las cajas de ahorros, una especie de negocio piramidal en teoría dedicado al engrandecimiento y prosperidad del Principado. Sí, a eso y a engendrar una herencia que al Moisés del "poble escollit" se le había pasado por alto durante tres décadas, mientras el dinero crecía, aumentaba, se multiplicaba y daba tanto de sí que Marta Ferrusola, la afectísima esposa, y los chicos pudieron dedicarse durante años a llenar las empresas de Cataluña de flores mustias y amenazas nada veladas. "Usted no sabe con quién está hablando".

Una herencia, la de Florenci Pujol, y un garaje, el del primogénito Pujol Ferrusola, con más de quince deportivos que hubieran servido para rodar El precio del poder con Al Pacino y todas las temporadas de los Soprano. Pero si tenía y tiene hasta un Lamborghini Diablo, que es un torpedo tan hortera que causaría una cierta sensación de "te has pasado, macho" hasta en el "nen de Castefa".

El panorama judicial de los Pujol es tan horrible que la inmolación de Pujol es en realidad un toque de atención, un aviso a la judicatura, un "aquí me tenéis, pero dejad en paz a mis hijos y a mi parienta". El juez Pablo Ruz y la Udef, de la que se choteaba el abuelete gruñón en el plató de Susanna Griso, no han mordido en hueso. Las revelaciones de la amante del hijo mayor, los inexplicables contratos en hospitales, recintos públicos y despachos privados de Marta Ferrusola (seguramente la peor florista de Barcelona, Ramblas incluidas), los tejemanejes del "hereu" en política, Oriol Pujol, la impunidad absoluta y la soberbia caciquil de todos y cada uno de los Pujol se ha desmoronado por la confesión del patriarca, una confesión incompleta, ofensiva y sobre todo, sospechosa, hasta el punto de que podría servir para tirar de un nuevo hilo en las decenas de procedimientos que asuelan a los Pujol.

Cargarle el muerto al padre muerto muestra hasta qué punto un determinado sentido de la familia conforma el pensamiento de los Pujol como clan, tribu o sociedad limitada. Una herencia del padre, dice Pujol. Y se había olvidado, que lo siente por los que se sientan estafados. Lo suyo es puro teatro.

Pudiera ser la última bocanada del partido creado en Montserrat por Pujol y el grupo de colegas que atisbaron una oportunidad de negocio con la muerte de Franco. Sin la confirmación del trinque generalizado, CDC presentaba una hemorragia terminal agudizada por el martilleo electoral de ERC. La dimisión de Oriol, la deserción de Duran y la confesión del padre de la criatura no remiten al hundimiento de UCD sino a la caída del Muro, el muro de hipocresía, del silencio y los negocios para los poseedores de ocho apellidos catalanes o unas tragaderas adaptadas al biotopo del oasis catalán, cuyo secreto era ganar pasta mientras todos cantaban Els segadors.

El proceso también queda seriamente tocado. Acertaron quienes sostenían que poner a todo un país contra las cuerdas no era una demostración de patriotismo regional, sino la miserable estrategia procesal de una familia tan y tan nostra como la cosa.

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