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Cataluña, Andalucía y la regeneración democrática

Ambas han vivido desde la transición sometidas a regímenes nacionalistas enmascarados en las banderas para imponerse sobre la democracia.

Pedro de Tena
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Cataluña y Andalucía son dos regiones claves en la regeneración democrática de España. Ambas han vivido desde la transición sometidas a regímenes nacionalistas enmascarados en las banderas para imponerse sobre la democracia. Se dirá que Andalucía no ha vivido tal cosa, pero es un error. Los hechos demuestran que sí. Si CiU y Esquerra fueron los referentes de centro e izquierda en Cataluña, PSOE e IU fueron los referentes de centro e izquierda en Andalucía. Ambos promovieron egoísmos. Activos, lo mío es mío y lo tuyo es mío porque me lo has robado, o pasivos, lo poco mío es mío y lo tuyo es mío porque me lo merezco por solidaridad.

Ambos se envolvieron en los símbolos regionales para promover la identificación de sus regiones con sus posiciones políticas. En Andalucía, la consagración de la bandera inventada por Blas Infante, la beatificación del prócer y la usurpación del andalucismo nacionalista defendido por el Partido Socialista de Andalucía de Rojas Marcos sirvió al régimen de izquierdas para imponerse identitariamente. De hecho, aún se creen muchos que lo natural en un andaluz de bien es ser de izquierdas antes que demócrata, independientemente de los hechos horrorosos de su fracaso histórico.

En Cataluña, el 12-0 del año pasado ya nos infundió moderadas esperanzas de que los catalanes que se sienten españoles en esa región, que siguen siendo la mayoría real, abandonaban su silencio estoico y comenzaban a rebelarse contra la marginación que han sufrido desde la transición con la complicidad de casi todas las fuerzas políticas, a derecha e izquierda. Lo que ocurrió ayer en la Plaza de Cataluña de Barcelona es ya una realidad tangible y emocionante de cómo se va perdiendo el miedo y se empieza a decir "basta" a unos nacionalistas que han intentado ocupar al modo totalitario toda una región de España, desde la escuela a las Cajas de ahorro, desde la televisión a los entes públicos, desde los presupuestos a la administración concebida desde el partidismo más sectario.

En Andalucía, el estallido civil de la insumisión al régimen social-sindicalista de la izquierda envuelto en los símbolos andalucistas fue la gran manifestación del sábado 13 de noviembre de 2010, que reunió a empleados públicos y funcionarios contra el intento ya legalizado de consolidar una administración paralela y digital destinada a mezclarse con la Administración de carrera y de mérito para sostener al régimen. Fueron 50.000 los manifestantes y significaron un hito histórico de rebeldía en una Andalucía silenciosa y paralítica en la que, a pesar de sufrir el infamante calvario de ser los últimos de España y Europa en riqueza, empleo, educación y bienestar, nadie mueve un dedo. Pero no ha cuajado un movimiento de envergadura por el cambio democrático ni siquiera tras los escándalos de los ERE, Invercaria, Bahía Competitiva o el vergonzoso de los sindicatos.

En ambos casos, además, el cambio necesario en Cataluña y Andalucía ha estado sumido en la más vergonzosa orfandad política. Aunque más evidentemente en Cataluña, donde han tenido que irrumpir fuerzas políticas nuevas para dar carta de naturaleza al movimiento civil, en Andalucía el único referente del cambio, el PP, no ha logrado gobernar y las perspectivas sociológicas apuntan a una eternización del régimen PSOE-IU-sindicatos si no se pone remedio eficaz. La regeneración de la democracia española pasará por el fin de estos dos regímenes envueltos en banderas identitarias, pero la orfandad de sus demócratas y regeneracionistas, repitamos, es pavorosa. Esperemos que a estos esforzados impulsores no les pase como al huérfano de Borges, que al final resultó ser el muerto. Si ello ocurre, España no tendrá remedio.

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