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El caso Marta del Castillo: un fracaso nacional

Este caso demuestra, como muchos otros de asesinatos de ETA, de crímenes indescifrados y desapariciones, que los criminales ganan demasiadas veces.

Pedro de Tena
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Antonio del Castillo, padre de Marta | EFE

Hace hoy años, nada menos que nueve ya, del miserable asesinato de la adolescente Marta del Castillo. Se decía en una famosa serie radiofónica de antaño que "el criminal nunca gana". Pero este caso demuestra, como lo hacen muchos otros de asesinatos de ETA, de crímenes indescifrados y desapariciones, que los criminales ganan demasiadas veces. En el caso de Marta, su cuerpo no ha sido encontrado y las versiones sobre su asesinato han cambiado tantas veces que uno se tiene que preguntar por la eficacia policial en una democracia. En una dictadura como la de Franco, por ejemplo, la Policía o la Guardia Civil en tales casos, torturaba sin más a los sospechosos y, habitualmente –nadie resiste al suplicio extremo salvo excepciones si es que las hay-, se obtenían confesiones veraces. Pero vivimos y queremos vivir en una democracia, en un Estado de derecho.

En tal régimen político y jurídico, las fuerzas de seguridad del Estado no pueden ni deben atormentar a los sospechosos, presuntos inocentes, sino que deben aplicar la inteligencia, la información, la metodología científica y la estrategia psicológica para ir acercándose a la verdad. En nuestro caso, un grupo de cómplices convenientemente asesorados ha logrado que haya un oportuno asesino confeso que dentro de nada va a salir a la calle de manera habitual, unas circunstancias del crimen no aclaradas, unos juicios discutibles y un cuerpo, el de Marta, desaparecido, que ya muy pocos, además de su desgraciada familia, confían en encontrar. Antonio del Castillo ha denunciado en numerosas ocasiones la cantidad de factores inexplicables y de comportamientos inadecuados que ha habido en el caso. El sufrimiento de esta familia no parece tener límites. Para colmo, se ha encontrado hace muy poco, afortunadamente, el cadáver de la desafortunada Diana Quer, lo que habrá generado en los padres de Marta, además de la alegría solidaria, sentimientos de soledad y abandono comprensibles.

El caso de Marta del Castillo es el caso de un fracaso nacional. Una nación como la española no puede consentir que su Estado y sus instituciones sean incapaces de aclarar qué ha pasado. Es inaceptable la tesis que asume que un grupo de adolescentes ha engañado, toreado y burlado a todas las fuerzas de seguridad consiguiendo la victoria de la mentira y la impunidad. Es inadmisible que la búsqueda del cadáver se haya convertido en una ceremonia negra de la confusión. Es inexplicable el comportamiento inicial de la Policía y son más que sospechosos algunos elementos de la trama. Es asombroso que no se considerara un caso de violencia de género, dicen ahora. Y es increíble que, a pesar de todo, haya políticos que quieren eliminar la prisión permanente revisable del ordenamiento legal español para casos similares.

Después de nueve años, Marta no descansa en paz. Su familia no descansa en paz. España no debe descansar en paz. Una pandilla de indeseables que están en el secreto de lo ocurrido aquel 24 de enero de 2009 sigue juramentada para que este fracaso nacional nos avergüence a todos.

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