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Pedro de Tena

El descaro más grande jamás contado

Lo de Pedro Sánchez, ese nuevo largo caballero, como le reconocimos ya en 2015, no es que sea una sorpresa. Es un peligroso descubrimiento.

Pedro de Tena
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Lo de Pedro Sánchez, ese nuevo largo caballero, como le reconocimos ya en 2015, no es que sea una sorpresa. Es un peligroso descubrimiento.

Hacía mucho que en España no mandaba un descarado de estatura tan llamativa. Cuando el pasado viernes le oía en una rueda de prensa en Bruselas decir: “Tenemos que arrimar el hombro, basarnos en la ciencia y en los criterios técnicos, los excelentes profesionales sanitarios que tenemos en España, y a partir de ahí vencer juntos al covid”, no tuve más remedio que soltar un sonoro taco, un alivio del alma que, cuando es oportuno, es incluso hermoso.

El largo caballero que hablaba era el mismo que nos había dicho que existía un comité de expertos que nunca existió; el mismo que ordenó un confinamiento y ruinas evitables si se hubieran previsto medios eficaces contra la pandemia; el mismo que nos aseguró que las mascarillas no eran necesarias en la fase más aguda de los contagios (porque no había anticipado su compra y no disponía de ellas) y el mismo que ha impuesto a la plaga fronteras políticas con su madrinazo, según el cual la covid es más o menos grave según los intereses políticos del PSOE y de la izquierda, sin que ni la ley ni las recetas sean iguales para todos.

El madrinazo no es sólo tratar a Madrid como si fuera el epicentro de la epidemia, desacreditando su prestigio como destino turístico, económico y profesional, sino descalabrando el podio en el que se sitúa como la más rica y solidaria región de España. Empieza a abrirse paso la hipótesis de que, además de cargarse al PP y a Isabel Ayuso, la repentina personalización del conflicto estallado en torno a la figura de Salvador Illa tiene que ver con su próxima presentación como candidato iceto-socialista a la presidencia de la Generalidad de Cataluña: el hombre que arrasó Madrid. Pedazo de cartel. Ya sólo queda la formalidad de la moción aguada de censura para que todo se consume, la izquierda recupere Madrid tras décadas de fracaso y un tal Aguado, cuyo resultado en unas próximas elecciones será cercano a cero, aproveche su última oportunidad en Ciudadanos medrando, felonamente, con la usurpación de la presidencia.

De todo ello, lo que inquieta de manera mayúscula son el descaro y la desinhibición moral. Casi siempre, los mentirosos, los marrulleros, los viles, los farsantes, tratan de ocultar sus fechorías para engañar a los ciudadanos y ocultar su carácter perverso. Pero no actúa así Pedro Sánchez, este largo caballero que ya es doctor, esta vez sí, en escalada de su “himalaya de mentiras”, que denunció don Julián Besteiro, desde su tesis doctoral a la pandemia. Yo creo que ha comprendido que los ciudadanos, atosigados por la masiva cantidad de información que nos ataca diariamente, somos incapaces tanto de recordar lo próximo como de ordenarlo jerárquicamente. De ahí que se permita el atrevimiento desahogado de mentirnos en nuestras propias narices, seguro de que, mucho antes que el virus, los españoles ya habíamos perdido el olfato político que nos alertaba sobre la podredumbre. Es lo que tiene la profilaxis educativa diseñada desde 1982.

Por lo que toca al deseo del poder tribunicio… ¿Estamos aquí todos seguros? ¿No hay nadie que recele que si tardamos en devolver al pueblo la despierta garantía de esa magistratura, el pueblo no se adelante a tomar sus precauciones y vaya por ella por el mismo camino de la violencia que sus mayores?... ¿Qué ciudadano existe ya en la ciudad, sea del orden que fuere, que pueda sufrirlos, fuera de aquellos que sin miramiento ninguno de la religión y del juramento, con el impudor más procaz y el más descarado cinismo, con las más torpes corruptelas, no enriquezcan sus propias casas? ¿Son sordos hasta tal punto que no oigan los gritos y las quejas de los ciudadanos y de los aliados?

Qué gran declamación (Quinta, contra los desmanes de Sila) de nuestro Luis Vives. Habida cuenta de que no tiene ni tendrá cabida en la educación de nuestros jóvenes, bueno será que le hagamos un sitio en la columna para que los españoles lo tengamos en cuenta cuando llegue la hora de decidir en las urnas –Dios quiera que sea a tiempo–, y votemos por gobernar y ser gobernados con menos descaro y más respeto.

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