
Hemos aceptado que hay un umbral del dolor, un momento en el que un estímulo exterior o interior comienza a percibirse como doloroso. Pero hay otro momento decisivo al que se llama tolerancia al dolor, ese instante en el que el dolor que se siente se vuelve insoportable y se pide que pare como sea. Puede ser variable según edad, sexo, genética, situación emocional, salud física, voluntad… pero todo el mundo tiene un umbral en el que se siente dolor y un límite que si se traspasa puede llevar a la muerte.
No se ha conceptuado aún, pero debería existir un umbral del hedor político, ese momento en el que las evidencias son tan abrumadoras que la fetidez comienza a ser percibida como desagradable y dañino. Ahora bien, ¿puede ser tanta la tolerancia ante la hediondez política que se sea capaz de morir como sociedad democrática y que la pestilencia que desprenden sus corruptos no sea considerada insoportable ni se pida a gritos su terminación?
Viene esto a cuento de un reciente artículo de El Confidencial en el que se volcaban los resultados de un estudio de Facttory, la unidad de análisis de datos de BeConfluence. Mediante un algoritmo ad hoc se ha analizado la actividad digital de ¡16.911.438! españoles o residentes en España. Tras examinar los 275.511.103 datos desde el 1 de enero al el 30 de junio de este año, con una muestra de hombres (47%) y mujeres (53%) de más de 18 años, ha concluido que una de cada tres personas analizadas seguirán votando al PSOE pese a su epidemia de corrupción.
Nada menos que 5,8 millones de españoles seguirán votando al PSOE a pesar de los escándalos y, de ellas, 3,7 millones lo votarán de nuevo pase lo que pase y haga lo que haga, ahora y en el futuro. O sea, que tiene vida entre nosotros un voto ciego, visceral, fanático, propio de esos sectarios que aparcan el comportamiento democrático racional y moral y optan por lo que se conoce como lealtad partidista sin límites.
Es la traducción del viejo dicho que se atribuye a Lenin, "Si los hechos no confirman mi teoría, peor para los hechos", reverso imperfecto de aquel "La libertad, ¿para qué?" que escandalizó al socialista Fernando de los Ríos en su viaje a la Rusia soviética. Nada extraño tuvo que, a su regreso, recomendara al PSOE distanciarse de aquella dictadura totalitaria y criminal. Lo dijera o no el ruso, la izquierda española ha actuado demasiadas veces con ambas sentencias escoltando su trayectoria histórica.
Cuando escribo, martes 14 de julio, ya se ha conocido la sentencia condenatoria al hermano músico de Pedro Sánchez que nos deleitó a todos, también a los forofos, con aquel preludio imprescindible que debería llamarse "La danza de los gilipollas", por la cara que se nos quedó a todos cuando se comprobó que no sabía ni en qué ni dónde trabajaba. De pagar impuestos en España, ni hablamos.
Pues a pesar de la nueva condena a añadir a la de Ábalos y Koldo –nueve años de inhabilitación por su cooperación necesaria en un delito de prevaricación administrativa, aquella que le favoreció con un puesto de trabajo en la Diputación de Badajoz, si, eso de las Artes Escénicas que ni sabía qué era ni dónde estaba—, casi seis millones de españoles volverán a votar a un partido, que no es sólo que les y nos miente, sino que les y nos roba a todos, puestos y, presupuestos. Y esperanza.
Dice la sentencia que "ninguno de los acusados era ajeno al plan delictivo ideado por las más altas instancias de la Diputación de Badajoz y que actuaron de consuno, en connivencia, en ejecución de un plan preconcebido, con unidad de acción, para pergeñar los actos arbitrarios ya expuestos con el designio de favorecer a Don David Sánchez Pérez-Castejón, arbitrariedad que se manifestó en la urgente creación de una plaza de empleo público innecesaria y vacía de contenido… conculcando los principios de mérito y capacidad, con opacidad e irregularidad en la tramitación de los correspondientes procedimientos administrativos".
¿Y qué? Cuando las convicciones no se asientan en datos comprobables y desmentibles por pruebas ni argumentos, ni tienen raíces morales acordes con la sociedad democrática, cualquier tipo puede hacer cualquier cosa por canallesca que sea, que si es de mi partido le seguiré votando manque pierda o gane, porque sabido es que los fanáticos están más allá del bien y del mal y mucho más allá de los hechos. Por eso, la libertad no importa. Sólo se es auténticamente libre cuando se vota izquierda, cuando se vota PSOE o lo que nos identifica.
Pero, ojo, hermanos lectores, si nosotros no leemos a los adversarios ni escuchamos qué dicen; si interpretamos sus objeciones como un ataque mendaz a nuestras ideas; si sólo atendemos a las informaciones y explicaciones que confirman nuestras creencias; si desechamos toda duda y si decidimos que es mejor que alguien fuera de nosotros nos diga qué debemos o no considerar, estamos en el mismo camino, que conduce, no a una democracia digna y cabal, sino a un despotismo tolerante con cualquier hedor político.
Por eso, no dimitirá nadie ni habrá elecciones inmediatas. Ya estamos en el barco.
