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Pedro de Tena

El dolor de España y la caquistocracia

El dolor por España comienza a ser intenso, pero se siente como jaqueca, como un cólico.

Pedro de Tena
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Contrariamente a lo que se cree, don Miguel de Unamuno no era sólo un doliente de España. Tenía momentos como aquel en que escribió que cuando se encontraba en España "con algún español jeremíaco, pesimista, aportuguesado, que se complace en ponderar y exagerar los males de la patria y en no ver el evidente y grandísimo adelanto de los últimos años, le digo siempre: váyase una temporada a Portugal". Naturalmente, con perdón de Portugal, que por aquel entonces era patria de mujeres de luto, de hombres sin sueños, de mares sin héroes, nada que ver con el Portugal de hoy. Pero hoy no sabríamos a qué país habría que viajar para abandonar el pesimismo que invade ya arrolladoramente la realidad española. Bueno, sí, Juan Valera, que no perteneció a ninguna generación importante, señaló a Turquía, por poner un ejemplo. Viene esto a cuento de que, como a la Generación del 98, nos está doliendo cada vez más España. Si a ella le inquietaba una Castilla identificada con la España profunda, a nosotros nos duele toda ella y sus jirones, desde Cataluña a Galicia, desde el País Vasco a Andalucía.

El dolor por España comienza a ser intenso, pero se siente como jaqueca, como un cólico, algo contra lo que no puede lucharse salvo con analgésicos, no como lo que debería ser, un dolor espiritual, una pena, contra la que puede combatirse con decisión porque nada está escrito. Unamuno, siempre excesivo pero impresionante, lo expresó con dramatismo sintiendo a España como una madre "loca como Don Quijote; loca de dolor, loca de vergüenza, loca de desesperanza, y, ¿quién sabe?, loca acaso de remordimiento" a la que habría que encerrar en un manicomio. Tal vez hoy sea cierto lo de la locura de una España que, tras haber transitado sin excesos desde la dictadura a un germen de democracia, se empeña hoy en volver a pequeñas dictaduras regionales en vez de corregir y ampliar una democracia cabal y de largo recorrido histórico. Todo ello ocurre, cómo no, porque se ha instalado entre nosotros la perversión moral que ya cantaba en la década de los 20 el tango "Cambalache": Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador...

Por seguir con Valera, que escribió justamente sobre la perversión moral de España en un agudo artículo, la desesperanza deja paso a la luz en el túnel de España:

Si en esta nación (...) hay seis u ocho mil tunos, entre militares y civiles, sin fe ni honra, sin idea noble, sin patriotismo y sin virtud de ninguna clase, los cuales, para medrar, y robar, y disfrutar, hacen mil infamias, y, sin embargo, gobiernan siempre por turno y saquean y destruyen la tierra, es consecuencia precisa, o bien que el resto de los españoles (…) [son] idiotas, o bien que todos son tan pillos y tan viles como los seis u ocho mil que descuellan, brillan y mandan.


Y apostilló: "No es posible que la caquistocracia se entronice y dure cuarenta años en una nación libre" salvo que los malvados y corruptos sean mayoría. Caquistocracia, vocablo poco frecuente en la ciencia política, es el gobierno de los peores, según algunos, y, particularmente, cargos públicos electos por sus partidos más que por los ciudadanos. ¿Qué mayoría hay en España, la de los peores o la de los ciudadanos libres y patriotas, esto es, amantes de la cosa pública española y con cultura suficiente para comprender qué es tal cosa en sí misma y en la historia?

Recemos, con don Miguel, para que "los recuerdos de gloriosas esperanzas de nuestros antepasados nos críen esperanzas de gloriosos recuerdos que entregar a nuestros trasvenideros". Amén.

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