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Pedro de Tena

El sutil arte de detectar camelos

No puede ocurrir que una pandilla de sátrapas, sicarios y tontos útiles se imponga a la democracia española por imperfecta que sea.

Pedro de Tena
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Ese es el título de uno de los capítulos del libro del afamado Carl SaganEl mundo y sus demonios. Llevaba un subtítulo: La ciencia como una luz en la oscuridad. En este libro polifónico, el popular científico apunta los valores comunes de la ciencia y la democracia, desde su nacimiento conjunto hasta su horror al secreto y a la falsedad. El secreto absoluto corrompe absolutamente, recoge de uno de los gerifaltes de la CIA. Pero como el secreto y su arma esencial, la manipulación, existen, uno de los deberes esenciales de los ciudadanos en una sociedad democrática es el disponer del sutil arte de detectar camelos. Pero no, no es fácil porque el camelo, esto es, la mentira viene envuelta en papel de verdad y porque la educación que se cierne sobre nuestros hijos se ajusta cada vez menos al amor por los hechos comprobados de la ciencia y la experiencia y  se aleja muy rápido de la  libertad de debatir razonadamente, y probar,  las afirmaciones que se proponen.

Le dijo nuestro  Delibes a nuestro César Alonso de los Ríos: “O la libertad invade toda la esfera política o es un camelo”. Prolongo yo: o la libertad invade la vida toda de cada persona o son un camelo la libertad y la vida. Lo que no se puede es tener libertad “según”, según convenga a los aprendices de tiranos que quieren tomar todas las decisiones de nuestra vida. Lo de imponer la carne sintética del nuevo dios Bill Gates, es un intento más. Como el de la UE, seguida por el comunismo patrio, de apartar al aceite y al jamón de los alimentos preferibles. Fíjense en los que en envuelven en la libertad individual que un menor de 15 años decida si quiere cambiar de sexo o no sin consentimiento de sus padres.  O algo parecido para abortos tempranos y anómicos. Aquí en nombre de la libertad vale ya cualquier cosa: 2+2 son cinco porque lo dice cualquiera, la II República fue un paraíso,  la violencia es la continuación de la democracia por otros medios o España nunca ha existido hasta la Constitución de 1978 o si se quiere mirar atrás, hasta la de 1812. O sí, existió, pero en realidad se compone de ocho naciones distintas y soberanas. Igualmente, fíjense, el violento y extremista es Vox y los demócratas son la ETA, los bolivarianos y los indepeborrokas. El sutil arte de detectar camelos es urgente, como ven.

El problema es que los que creemos cierto que democracia y ciencia tienen una raíz común carecemos de organización eficaz para lo que lo comprobado supere a la superstición, la superchería o el camelo.  Ambas se fundan en el diálogo libre sobre los hechos y se sustentan en un amplio consenso. En un caso, sobre la creencia de que determinadas opciones serán beneficiosas para nuestros legítimos intereses personales y en el otro, sobre la aceptación común, siempre falsable por teorías más ajustadas a los hechos, y la contundente aportación de tecnologías que funcionan.  Pero, claro, ¿cómo defendernos de aquellos que vociferan que si los hechos (empirismo burgués) no se ajustan a  nuestra teoría peor para los hechos? Aun más, ¿cómo defendernos de los pedruscos, agresiones y checas mediáticas que acompañan a sus dogmas, ya demostrados falsos por la historia y la experiencia, si lo que se quiere es convivir en libertad? Y, ¿cómo convivir si ni la democracia ni la ciencia son marcos aceptados?

Me ha alegrado mucho  la publicación del libro Memoria histórica. Amenaza para la paz en Europa”, un antídoto común y compartido contra la pandemia de camelos históricos que nos inunda por doquier. Como me ha emocionado incluso el hecho de que el rover Perseverance incluya tecnología española aportada desde Sevilla (Instituto de Microelectrónica) para control de los sensores de viento del vehículo. Libertad de argumentación sobre la base del respeto de los hechos de experiencia y mejora de la vida, su prosperidad y su libertad, sobre la tierra y otros destinos gracias a la ciencia y la tecnología.

Es un impulso certero pero incompleto. Debemos propiciar su vertebración estratégica para lograr que los fabricantes de mentiras y los incendiarios del odio contra los discrepantes o adversarios pierdan la consideración intelectual y social que hoy disfrutan por estar mucho mejor organizados para repetir y repetir sus camelos. Un pequeño grupo organizado puede demasiado en una sociedad desbaratada, salvo que ésta convierta su número y su calidad en poder real.  

Lo propusimos hace mucho. La resistencia democrática exige una organización y ello implica que cedamos parte de nuestra autonomía personal. Sea y sea cuanto antes. No puede ocurrir que una pandilla de sátrapas, sicarios y tontos útiles se imponga a la democracia española por imperfecta que sea. Organicemos, cuando menos, el arte de detectar camelos para denunciarlos con eficacia y hacerlos desaparecer de la vida nacional. 

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