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España, de la mentira a la violencia

En la sociedad española no hay clamor por la verdad, no hay exigencia de veracidad, no hay premio a la autenticidad ni respeto por la sinceridad.

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Se reviven estos días los emocionantes momentos en los que Aleksandr Solzhenitsyn desvelaba la gran verdad del comunismo soviético. Como dice un proverbio ruso, "la gran verdad es mentira", y, como apuntala otro, "una palabra de verdad pesa más que todo el universo". Pues sí, a veces sí. La palabra de aquel preso político de un gulag habitó libremente en el mundo desde entonces –en España íbamos camino de una transición a la democracia–, y, a pesar de la desesperación de muchos comunistas que lo desprestigiaron y calumniaron, la verdad se abrió pasó. Se recuerda ahora mismo en Libertad Digital cómo fue aquella operación anti Solzhenitsyn urdida por ese mandarinato izquierdista que siempre ha dominado la intelectualidad española desde hace más de 40 años, incluso con Franco vivo.

Contrasta, y de qué modo, el amor a la verdad del ruso con la aceptación de mentira y el enturbiamiento de la verdad que sufrimos en España. Alicia Delibes ha señalado la importancia de vivir sin mentir en el ideario del escritor, o, al menos, de no ser cómplice de las mentiras. Pero para lograr ese fin hay que saber distinguir la verdad de la mentira, hay que preferir la veracidad a la falsedad y hay que tener la disposición de examinar la propia conciencia y decidirse por un comportamiento íntegro contra la mendacidad y el error. En España se vive hoy, no una decadencia de la mentira, sino una apoteosis del fraude, del embuste, de la patraña y de la paparrucha. Los políticos tienen una grave responsabilidad en lo ocurrido por sus continuas chapucerías y falacias. Pero los demás grupos que componen la sociedad española, desde los universitarios a los jueces, desde los sindicalistas a los banqueros, desde los artistas a los empresarios, se han acostumbrado a la mentira como manera útil de estar en la vida.

Tengo para mí los que menos mienten son los periodistas, un grupo de ellos al menos, los vocacionales, que no mercantiles, que hacen que la verdad salga a la luz. No siempre toda, no siempre exacta, pero verdad al fin. Por eso, la libertad de expresión molesta a los poderosos y quieren limitarla, cuando no anularla.

Desde la gran mentira urdida sobre el terrorismo –que es el acto dictatorial y arbitrario mediante el cual unos seres humanos asesinan a otros, despojándolos de toda libertad y oportunidad, y no una opción política o religiosa–, a las primeras simulaciones groseras de la democracia –OTAN de entrada no, pero luego que sí–, pasando por los sucesivos entramados de falserías y corrupción descubiertos que encubren mentiras despiadadas y disfraces del aniquilamiento del derecho, la mentira está instalada en España. Lamentablemente, quienes deben combatirla, arrinconarla e impedir que sea la argamasa de una ficticia convivencia no actúan. De hecho, la mentira es enemiga mortal de la democracia, pues el voto libre exige información veraz para ser emitido de manera consciente.

Pero en la sociedad española no hay clamor por la verdad, no hay exigencia de veracidad, no hay premio a la autenticidad ni respeto por la sinceridad. Es más, puede defenderse una cosa y la contraria sin coste alguno. Véase Pablo Iglesias y Venezuela. Incluso las confesiones religiosas, que afean el mentir, no ejercen con pulcritud su misión cuando atisban peligros para la supervivencia. Eso es, se trata de sobrevivir como sea, muy por encima de convivir con dignidad y respeto a los demás. Se dirá que en la libertad individual cabe la mentira. Cierto. Los humanos somos los únicos animales dotados para la mentira. Pero desde hace mucho se sabe que una convivencia libre debe excluirla, muy especialmente de la vida pública.

En España, el triunfo de la mentira es alarmante y es síntoma de violencia latente. Pero más inquietante aún es la ausencia de la sensibilidad moral e intelectual para detectarla, denunciarla y desmontarla. La opinión sin fundamento, la propaganda y las ideologías baratas están usurpando el lugar de la verdad y los hechos y contribuyendo al desastre de la democracia. No, no estamos tan lejos del gulag.

Decía el Nobel ruso: "La violencia no vive en soledad y no es capaz de vivir sola: necesita estar entremezclada con la mentira. Entre ambas existe el más íntimo y el más profundo de los vínculos naturales. La violencia halla su único resguardo en la mentira y el único soporte de la mentira es la violencia. Cualquier persona que ha hecho de la violencia su método, inexorablemente debe elegir la mentira como su principio. En sus inicios, la violencia actúa abiertamente y hasta con orgullo. Pero, ni bien se vuelve fuerte y firmemente establecida, siente la rarefacción del aire que la circunda y no puede seguir existiendo si no es en una neblina de mentiras revestidas de demagogia".

Y viceversa, diría yo. La generalización de la mentira conduce a la violencia.

En España

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