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Pedro de Tena

Pedro Sánchez no visto por Alfredo Pérez Rubalcaba

Quién hay detrás, si lo hay, de un personaje salido del rincón oscuro del PSOE que logra subir a la cima en pocos años con todo el aparato en contra.

Pedro de Tena
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Quién hay detrás, si lo hay, de un personaje salido del rincón oscuro del PSOE que logra subir a la cima en pocos años con todo el aparato en contra.
Pedro Sánchez, junto a José Luis Ábalos y Adriana Lastra | EFE

!Imagínese la que tendríamos montada si hubiéramos ido a una investidura con Podemos, que esté en el derecho de autodeterminación, y de los independistas, que ni le cuento. ¿Qué estaríamos diciendo hoy a los españoles? Es que gobernar España es muy complicado y exige apoyos parlamentarios sólidos si quieres hacer un buen gobierno. Si quieres chapucear…", decía Alfredo Pérez Rubalcaba en una entrevista con Susana Griso en Antena 3. Más o menos, chapucero de la política puede deducirse justamente que dijo entonces de Sánchez, muy cerca de su muerte.

Según Rubalcaba, el argumento de Sánchez es que había que sentarse con los independentistas por si podía sacarse algo bueno. Y respondía: “Pero oiga, cabe la posibilidad de sentarse con ellos y acabar siendo malos y que no te hagan caso. Yo le dije esto a él. Debo decir que dejamos de hablar, bueno, él dejó de hablar (se supone que a Rubalcaba que no quiso confirmar si fue por su desacuerdo con su estrategia de pactos con el independentismo).

Si buscan esta entrevista en el libro de Antonio Caño, Rubalcaba, un político de verdad, a pesar de que está colgada en YouTube además de en otros púlpitos mediáticos, no la van a encontrar siendo como es una expresión directa y pública del propio político socialista. La menciona, o eso parece, porque no concreta su contenido. Y lo que se deduce de él, además de las chapuzas, es que Pedro Sánchez, ante la crítica, dejó de hablar con quien se la propinó aunque ese quién fuese nada menos que Rubalcaba, como ha hecho con Felipe González, con Alfonso Guerra y con todos los “jubilados” que han tenido autoridad y mando en el PSOE.

Tampoco lograrán encontrar en dicho libro qué pensaba realmente Rubalcaba sobre Pedro Sánchez, al que califica con impresiones indirectas nunca procedentes del propio “estadista” del PSOE. “El resto, sus familiares, sus amigos lo saben y a ellos les corresponde sacar a la luz lo que crean que debe conocerse. En la medida en que yo soy capaz de interpretar su voluntad, creo que Rubalcaba hubiera preferido que mantuviera para mí aquello que nosotros dos compartimos al respecto, y eso haré.” Arte de la prudencia.

Caño sí se refiere al exilio forzoso de Rubalcaba de la dirección, siquiera intelectual, del PSOE desde que llegó al poder orgánico Pedro Sánchez.

Ninguno de los grandes sucesos en el Partido Socialista en esas dos últimas décadas puede explicarse sin acudir a Rubalcaba, cuya ausencia definitiva en el partido, a partir de la victoria de Pedro Sánchez en las primarias de 2017, supone también el final de un periodo histórico. Hasta Sánchez, todos los líderes del moderno Partido Socialista —Felipe González, Joaquín Almunia y José Luis Rodríguez Zapatero— habían contado con Rubalcaba para misiones de alta responsabilidad. En el caso de Zapatero, prácticamente como un segundo presidente del Gobierno, seguramente como la figura que le dio consistencia a ese Gabinete.

Esta queja corrobora lo que el propio Rubalcaba dejó claro en la entrevista que da inicio a este artículo. Pedro Sánchez nunca contó con él. Pero es que Pedro Sánchez no contó nunca con nadie relevante del PSOE para subir por la escala del poder orgánico ni lo necesitó luego para ganar las elecciones. De hecho, la pregunta que hay que hacerse es quién hay detrás, si lo hay, de un personaje salido del rincón oscuro del PSOE que logra subir hasta la cima en pocos años con todo el aparato en contra.  

Lo que se sabe, y lo supo Rubalcaba, es que Pedro Sánchez llegó de la mano de un hombre de José Luis Rodríguez Zapatero, Pepiño Blanco, en el trío formado por Óscar López y Antonio Hernando que presentaron a Sánchez al entonces poderoso Rubalcaba. Esto es, no se conocían bien, pero está claro que el actual secretario general vio en el “estadista” un hombre muy peligroso que condujo a Zapatero a la ruina antes de sustituirlo en la cúspide del PSOE.

Otra cosa que, al parecer, aprendió Sánchez de Rubalcaba es la necesidad de disponer de un equipo de expertos en márketing político para no depender de los análisis de quien tenía a su disposición nada menos que los medios de Prisa. De hecho, Rubalcaba combatió a Miguel Barroso, entonces esposo de Carmen Chacón, que fue quien inauguró los demoscoclanes en el PSOE siendo sucedido por el ya famoso Iván Redondo, que venía de perder elecciones con el PP.

Y, lo que queda claro como el agua es que el lince de Alfredo Pérez Rubalcaba ni siquiera vio venir a quien finalmente lo despreciaría. De hecho, en la Conferencia Política de 2013, tras haber sido diputado dos veces por renuncia de dos compañeros y nunca elegido en listas, Pedro Sánchez fue nombrado coordinador económico de dicho evento lo que, al decir de Caño, le “facilitó multitud de contactos en todas las agrupaciones del PSOE a lo largo del país".

Tómese nota de que, en aquella conferencia, ya con los indignados del 15-M, luego deglutidos por el nuevo partido comunista de Pablo Iglesias, en la calle, Rubalcaba quiso, muy tarde, ponerse del lado de los manifestantes manejados por la extrema izquierda. Sánchez aprendió otras dos cosas de su entonces jefe: a no dudar de sí mismo, a resistir o a atacar por sistema sin vacilaciones y  a usar sin freno cualquier arma demagógica, al estilo de los agit-prop comunistas. De mentir, al PSOE, a España, a quien sea,  ya ni hablamos.

Un ejemplo de cómo decir al tiempo una cosa y la contraria fue su descafeinamiento de la Declaración de Granada de 2013, que proclama el federalismo por igual para todas las regiones de España. Nada más llegar al poder interno, introdujo la plurinacionalidad que consagra que en el estado surgido de la Constitución de 1978 coexisten varias naciones, una de la cuáles es España. Sólo habían pasado cuatro años. Se olvida decir el autor del libro sobre Alfredo Pérez Rubalcaba que ya antes se había aprobado un Estatuto de Cataluña que señalaba la dirección y el ritmo de tal proceso.

En 2014 dimitió Rubalcaba como secretario general y convocó un congreso extraordinario para elegir nuevo secretario/a general del PSOE, no un nuevo candidato electoral. Por eso Susana Díaz no se presentó a las primarias y apoyó inesperadamente a Pedro Sánchez convencida de que la candidata socialista a La Moncloa sería ella, un caso de libro para un tratado de miopía política. Como Rubalcaba, no consideró enemigo de cuidado a Sánchez. "Este chico no vale, pero nos vale", se ha dicho que dijo la adivina de Triana.

Tampoco vio Rubalcaba los procelosos juegos del luego arrepentido Eduardo Madina, primero su candidato preferido a su propia sucesión. Cuando se vio apartado por el empuje de una Susana Díaz, “la Golda Meir del Sur”, pidió elecciones primarias, esto es, pidió públicamente el sistema del voto directo de cada militante. O sea, un militante, un voto, no el voto por representantes delegados.

¿O es que fue el mismo Rubalcaba quien dio paso a las primarias como subraya Pedro Sánchez en su Manual de Resistencia? Caño lo niega, pero lo dice así el “resistente”: “Rubalcaba decide también que toda la militancia vote al secretario general, cuyo nombramiento ratificaría un congreso celebrado poco después. Eduardo Madina se encarga de anunciarlo. Aquel representa un hito democrático en nuestro partido, del que todos nos sentimos orgullosos".

Aquel fue el final de Susana Díaz y de Eduardo Madina, cosa que tampoco vio el agudo Rubalcaba que, sin embargo, sí que fue informado de las presuntas irregularidades en las elecciones primarias ganadas por Sánchez. Lo deja caer Antonio Caño en su libro, si bien, otra vez buena vista, Rubalcaba dejó pasar el entuerto a pesar de las denuncias.

Naturalmente, en el primer y corto mandado de Pedro Sánchez en el PSOE, Rubalcaba fue laminado de manera casi inmediata con todo su equipo tras una corta cohabitación. Incluso el nuevo inquilino de Ferraz se mostró muy agresivo y descortés con Elena Valenciano, una de las favoritas de Rubalcaba.

¿Por qué Rubalcaba no logró que su candidato Madina fuera elegido como nuevo secretario general? Porque, dice Caño, nunca supo controlar el partido, sumido en una disgregación territorial,  a pesar de las apariencias. Pero, y sigue tratándolo con cariño, porque nunca quiso dejar de ser “neutral” y no quiso indisponer a nadie contra un Pedro Sánchez que ya mostró maneras en su primera etapa.

Es más, Rubalcaba lo alabó de forma que hoy resulta divertida: “Pedro es un tipo de fondo que lleva muchos años en política y tiene una formación económica que ni Felipe González ni yo teníamos”. Otra vez la gran visión rubalcabiana. Claro que entonces no podía saber la falsedad de la autoría de los trabajos y títulos académicos de Pedro Sánchez. Eso sí, tenía “mucho rubalcabismo” dijo Rubalcaba.

Pedro Sánchez sacó 20 diputados menos en las elecciones generales de 2015 que Rubalcaba en las de 2011, pero mientras Rubalcaba se inclinó por dimitir, eso no fue lo que hizo su sucesor, sobre todo gracias a un inexplicable Mariano Rajoy, otro ojo de águila, que renunció a formar gobierno dando todo el protagonismo a un Pedro Sánchez oportunamente centrado entre Ciudadanos y Podemos.

De no ser por la chulería y la soberbia de Pablo Iglesias, Sánchez hubiera sido mucho antes presidente del gobierno. Los enviados de Rubalcaba recomendaron un pacto entre Ciudadanos y PSOE que no prosperó a causa de Podemos, pero Pedro Sánchez ya estaba encumbrado.

En 2016 las nuevas elecciones generales arrojaron un resultado aún peor para Pedro Sánchez  que, a pesar de perder otros 5 escaños más, se presentó como ganador contra Podemos. Pero cuando fue defenestrado por el bloque dirigido por Susana Díaz en 2015, el nuevo presidente de la gestora, el asturiano Javier Fernández dijo a Mariano Rajoy que los contactos de La Moncloa para el asunto Cataluña pasaran por las manos de Rubalcaba. Y así fue hasta 2017. El dinosaurio volvía a estar allí. Pero, ¿para qué?

Recuérdese, y aunque hace pocos años ya se olvida, que fue la abierta inclinación de Sánchez a pactar con separatistas y la extrema izquierda uno de los motivos esenciales de la operación anti-Sánchez de 2016. No quiso abstenerse para permitir la formación del último gobierno de Rajoy. El otro fue haber traicionado a Susana Diaz, lo que él niega, a la que prometió cederle la candidatura del PSOE en las siguientes elecciones generales.

La pregunta es por qué Rubalcaba no quiso o no pudo impedir el ascenso de quien consideraba —se supone por las declaraciones de muchos testigos—  un peligro para el PSOE y para España. Aunque impulsó la abstención parlamentaria para que Rajoy pudiera formar gobierno, Sánchez se enfundó en su ya famoso "No es no", lo que provocó que el sector liderado por Susana Díaz lo expulsara de la Secretaría General en una operación sin precedentes.

¿Cómo no vio Rubalcaba que el “No es no” de Sánchez le hacía crecer en la militancia de un PSOE influenciada por los comunistas de Podemos y que podría dar la vuelta al golpe de mano en unas nuevas elecciones primarias? El fracaso de Susana Díaz fue el fracaso de un Rubalcaba que tardó demasiado en darse cuenta del peligro real que representaba Pedro Sánchez. Aunque la apoyó finalmente, el campo electoral interno ya estaba minado y supuso un terremoto político que aún causa temblores en el interior del PSOE.

De lo que vino después, una campaña electoral fraudulenta y el enlace más químico que político –que un profesor de la disciplina debió haber detectado—, con las fuerzas comunistas y separatistas, incluso proetarras, con la única fuerza interactiva de la conquista y el mantenimiento del poder, pase lo que pase, tampoco habló Rubalcaba.  

Dice Antonio Caño que Rubalcaba no era un gran conocedor de la vida interna del PSOE, que nunca quiso promover enfrentamientos internos y que nunca consintió deslealtades manifiestas, tres afirmaciones que pueden considerarse abiertamente contrarias a los hechos. Lo cierto es que, tras él, la victoria fue de Pedro Sánchez. Esa es su herencia política.

Si como hemos dicho en otra parte, saber encauzar una sucesión es síntoma del estadista de relieve, Rubalcaba no estuvo a la altura. Ni siquiera ha sabido explicar con detalle el peligro que entrañaba Pedro Sánchez. Aún no sabemos, y tal vez no sabremos nunca, qué pensaba realmente de este personaje al que El País consideró “no ser un dirigente cabal, sino un insensato sin escrúpulos que no duda en destruir al partido que con tanto desacierto ha dirigido…”. Miguel Iceta dijo que Rubalcaba lo consideraba “un radical de izquierdas”.

Tras haberle ofrecido circunstancialmente la candidatura a la alcaldía de Madrid, Pedro Sánchez no tuvo más en cuenta a Rubalcaba y éste guardó silencio sobre quién era y qué quería hasta el final. Un mal servicio a su partido y a España. Como el libro de Antonio Caño. Que decepción y qué oportunidad perdida para la reflexión de un socialismo español —la E sigue estando en la sigla—, a la deriva.

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