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Pedro de Tena

Prohibido dudar

Las creencias previas, los prejuicios, están tan cimentados en la mayoría de nosotros que los hechos no importan.

En efecto, aquí no duda ni el potito. Las creencias previas, los prejuicios, están tan cimentados en la mayoría de nosotros que los hechos no importan. Si los hechos no encajan con ellos, peor para los hechos. Pongamos por ejemplo el caso de la Gürtel. Se ha escuchado al principal de sus cabecillas explicar cómo entregaba los sobres con billetes a los dirigentes del PP y que vivía más tiempo en la calle Génova que en su casa. Bueno, ¿y qué? Dentro de unos meses, de haber elecciones, se comprobará cómo estos hechos nada tienen que ver con el voto de los electores de la derecha española. Tampoco conducirá a la exigencia forzosa de renovación en el interior de su partido de referencia. Nadie moverá un dedo. De lo que no se puede dudar, no se puede dudar y además es indudable.

Por el otro lado, vemos cómo la Junta de Andalucía, que debería haber ejercido como acusación particular por ser la Administración andaluza la que se ha visto quebrantada por los asombrosos robos y dispendios organizados para gloria y loor del socialismo andaluz, está ejerciendo de hecho como abogada defensora de los responsables, Chaves, Griñán y el resto de la banda. ¿Alguien cree que la contundencia de estos hechos provocará alguna duda en los votantes socialistas acerca de la idoneidad del socialismo andaluz para liderar el socialismo nacional? ¿Alguien propondrá una reflexión sobre la socialdemocracia? No, Susana Díaz se hará finalmente con las riendas del socialismo nacional sin examen de conciencia ni dolor de corazón.

Además, saltando sobre los nacionalismos enfermizos que nunca dudan nada y lo inventan casi todo, ¿hay alguien en el universo comunista español, desde IU a Podemos, que haya dudado de la idoneidad de sus comportamientos? Desde la guerra civil a la actualidad, tienen motivos de sobra para dudar de casi todas sus creencias y conductas. Pues nada. El comunismo –ahora nos acordamos de Hungría y su aplastamiento en 1956– ha aportado muchísimo sufrimiento y muy pocas soluciones reales. En su seno, se han reproducido la pobreza, la desigualdad y la tiranía. ¿Y qué?

Nada, en España parece que está prohibido dudar. La mejor Europa, la mejor Humanidad, es la que hizo de la duda un método que conduce a fijar la veracidad de los hechos y obliga a las explicaciones a ajustarse a ellos. Ese es el fermento de la democracia y el diálogo sobre el fundamento de una racionalidad compartida. Hasta la Iglesia lo aceptó por fin. Cuando el totalitarismo, del signo que sea, se apodera de la conciencia, la duda desaparece y sobreviene el dogma, la imposición violenta, la aceptación de la mentira y la extensión de la estupidez lanar como modo preferente de expresión de la ciudadanía.

En la España de hoy no se duda y la inteligencia honrada e insobornable parece haber muerto. Por ello, no es que estemos viviendo el aprendizaje de una decepción. Estamos ante una apoteosis de la decepción que conduce a poner en tela de juicio incluso los pilares de la democracia. El ciudadano está siendo sustituido por el sectario que no duda. Esto no va bien.

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