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La agonizante izquierda europea

Los votantes de izquierdas se están marchando a la extrema derecha, a los nacionalistas y a partidos de extrema izquierda y hasta cercanos al terrorismo.

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La postración de la izquierda europea es tal que las victorias electorales pueden ser peores que las derrotas. Esta semana lo hemos visto en Suecia y en Francia.

El domingo 14 se celebraron elecciones parlamentarias en Suecia. Después de ocho años de Gobiernos de centroderecha, el Partido Socialdemócrata regresará al poder en una coalición de izquierdas, pero sus listas sólo han obtenido un 31% de los votos, lo que es su segundo peor resultado histórico. Además, el nuevo Gobierno de izquierdas tendrá que enfrentarse al único partido que puede presentarse como ganador de las elecciones: los Demócratas Suecos, contrario a la inmigración, que ha subido del 5% de las anteriores elecciones al 13%.

En Francia, el Partido Socialista se ha partido con motivo de la moción de confianza del nuevo Gobierno del primer ministro, Manuel Valls: 31 diputados socialistas de la Asamblea se abstuvieron en la votación del martes 16, y con 269 votos a favor Valls superó la mayoría absoluta de 257 diputados por poco. En abril, su anterior Gobierno recibió 306 diputados.

En junio, ante el Consejo Nacional del PS francés, Valls declaró que la izquierda podría desaparecer:

La izquierda puede morir, la izquierda puede desaparecer. Y Francia puede deshilacharse, víctima de una sucesión de crisis, crisis económica, crisis de identidad, crisis cultural, agravando el sentimiento de abandono que sufren muchos de nuestros compatriotas (…). El PS se encuentra en su peor momento desde su refundación, en el Congreso de Epinay, en 1971. Y la izquierda en su conjunto se encuentra en su peor momento de toda la historia de la V República.

El Partido Liberal alemán, fundado en 1948 y otro de los pilares del sistema de partidos de la posguerra, está sufriendo el destino que Valls teme para los socialistas franceses. No sólo perdió su presencia en el Bundestag por primera vez, sino que en las últimas elecciones celebradas este mes en tres estados también perdió su representación en favor de los euroescépticos de Alternativa para Alemania.

En este país, el SPD, el mayor partido socialdemócrata de Europa, obtuvo en las elecciones de 2013 algo más de 11,2 millones de votos, lejos del desastre de 2009, cuando cayó por debajo de los 10 millones, pero se ha tenido que aliar con Ángela Merkel y aplicar su política económica, con algunas concesiones como suspender el alargamiento de la edad de jubilación a los 67 años y bajarla a los 63.

Cuando todo el mundo es de izquierdas

¿Qué es lo que le está ocurriendo a la socialdemocracia, cuando su triunfo en el campo de las ideas y las costumbres es incontestable y la llamada derecha ha aceptado gran parte de sus políticas de cambio social (impuestos confiscatorios para la clase media, feminismo, discriminación positiva para minorías, eutanasia y aborto como derechos, el Estado como árbitro de la vida privada...)? ¿A qué se debe esta paradoja? El colombiano Nicolás Gómez-Dávila escribió con ironía:

No entiendo cómo se puede ser izquierdista en el mundo moderno, donde todo el mundo es más o menos de izquierda.

El primer secretario del PSF, Jean-Christophe Cambadélis, hizo el siguiente diagnóstico de los problemas de la izquierda en una reciente entrevista.

Las izquierdas europeas hemos perdido el debate cultural. La igualdad era antes el punto central del debate. Cómo ampliarla, cómo reforzarla... Pero ahora ha pasado a un primer término el concepto de identidad: la identidad de mi pueblo, de mi región, de mi país... frente a Europa, la mundialización, la nación. Cataluña o el País Vasco son ejemplos en España. La gran dificultad de todos los partidos progresistas europeos es volver a centrarnos en el tema de la igualdad. Y eso, cuando las circunstancias hacen imposible la redistribución.

Otro factor que lastra a las izquierdas es su pretendida superioridad moral. Las izquierdas son buenas porque se preocupan de los desfavorecidos, los inmigrantes, los delincuentes... Esa condición de caballero sin espada se vuelve contra ellas cuando incumplen sus promesas de reformar el capitalismo o de acabar con el desempleo. A los europeos se les ha inculcado que la derecha es mala, mentirosa y amiga de los ricos, por lo que sus políticas no resultan inesperadas, pero también que la izquierda es mejor y diferente; por eso, cuando ésta gobierna de manera opuesta a su programa la desmoralización y la ira diezman su electorado.

Incumplidas las promesas y rotas las identidades (de clase, nacionales, republicanas...), los votantes de izquierdas se están marchando a la extrema derecha, a los nacionalistas y a partidos de extrema izquierda y hasta cercanos al terrorismo. Del primer caso el ejemplo más patente es el Frente Nacional francés, que crece más en los barrios obreros que en los de clase alta. Del segundo, la evolución de las clases obreras escocesas: un 30% del electorado del Partido Laborista se ha adherido al separatismo movido por el resentimiento y la falta de subsidios y pensiones. Sus argumentos son del estilo de: "No queremos que nos gobiernen los conservadores de Londres" y "Escocia es un país socialista". Y del tercero, España, donde la izquierda navarra y la catalana se están pasando por legiones a Bildu y a ERC por razones como el desastre de la gestión socialista, el hechizo del paraíso terrenal prometido por los nacionalistas y el odio a la derecha, reducida a todo aquel que lleva corbata.

Los aristócratas combatían a los revolucionarios (y antes a los reyes) para conservar sus castillos y sus tierras; los izquierdistas combaten el mercado (o lo que ellos consideran tal) para conservar sus pensiones de jubilación. Europa convertida en un corral de ovejas.

Joaquín Leguina, un facha para Beatriz Talegón

En un largo proceso cuyo comienzo se puede fechar en 1968 y cuya aceleración se produce después de la caída del Muro, la izquierda ha abjurado de las nociones de deber, sacrificio y responsabilidad y las ha sustituido por la voluntad, la indignación y la queja; y como los nacionalistas de todo pelaje ha pasado de la realidad al sentimiento. Los actuales jóvenes izquierdistas consideran a sus mayores unos carcas, como le espetó Beatriz Talegón a Joaquín Leguina, y para ellos cualquier promesa de contenido progresista o solidario (abrir las fronteras abiertas, impedir el dolor de un animal, repudiar la deuda pública) vale más que la experiencia o un hecho.

Paradójicamente, los planes de educación implantados por la izquierda en España están cavando la tumba tanto del PSOE como de su brazo mediático, El País. Los jóvenes socialistas (y muchos adultos confusos) prefieren como medio para expresar y formar sus opiniones los tuits y las tertulias televisivas a los editoriales de El País, cuya lectura es indescifrable para los treintañeros.

El ex primer ministro socialdemócrata Göran Persson se empeñó en reducir el déficit de Suecia (que en 1996 rondaba el 10%) porque comprendía que los endeudados, sean personas o Estados, dependen de sus acreedores, y así lo explicó:

Un país que debe no es soberano ni tiene democracia que valga, porque no es dueño de sí mismo. Soy socialdemócrata: sé que sin tener superávit no hay Estado de Bienestar posible. (…) Keynes no dijo nunca que las deudas no hay que devolverlas. No se puede ser keynesiano sólo para gastar sin devolver lo gastado.

El cincuentón socialista que hablase así en un acto de las Juventudes Socialistas sería abucheado.

Al excanciller Helmut Schmidt, una de las figuras de las que la socialdemocracia podría sentirse orgullosa, el semanario Die Zeit le censuró unas declaraciones en las que dudaba del dogma del calentamiento global.

Frente al pensamiento heterodoxo de los ya retirados Persson y Schmidt, basado en sus experiencias y conocimiento de la vida, podríamos recoger una antología de pensamientos ridículos de altos dirigentes socialistas de hace unos pocos años, como "La tierra no pertenece a nadie. Sólo al viento" (Zapatero) y "El problema es que el PIB es masculino" (Pajín).

¿Cuál ha sido esta semana la última propuesta de Pedro Sánchez, el nuevo secretario general del PSOE, frente a la crisis, el desafío separatista catalán o el califato islámico? Llamar al programa Sálvame para prometer que él no irá a ninguna corrida de toros.

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