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Roma, "la Plaza del Mundo"

Entonces, los reyes de España y sus diplomáticos sabían hablar a los papas de la Iglesia.

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Desde los Reyes Católicos hasta Carlos II, los reyes de España enviaron embajadas por todo el mundo, incluso a monarcas tan lejanos como el sha de Persia y el emperador de la China. Pero en el Siglo de Oro el destino más trascendental de los diplomáticos españoles Roma, "la Plaza del Mundo", según le dijo Fernando el Católico a un embajador suyo.

Hoy, Roma es sede de cinco cuerpos diplomáticos: los acreditados ante la República de Italia, el Estado del Vaticano, la República de San Marino, la Soberana Orden de Malta y la Organización para la Agricultura y la Alimentación de la ONU (FAO). En los siglos XVI y XVII, la espectacularidad de los cortejos del mismo papa y de los cardenales y embajadores era mayor que el de las caravanas de coches negros que se trasladan de una punta a otra de la ciudad.

La primera embajada que los Reyes Católicos mandaron a Roma fue un truco para que el papa Sixto IV reconociese a Isabel como reina de Castilla. Juan II de Aragón, padre del infante Fernando, envió una embajada de obediencia para reconocer al nuevo papa y prestarle acatamiento, y en ella se introdujo un representante de los dos príncipes, el deán de Burgos, Alfonso de Barajas. Al recibirla, Sixto IV reconoció a Isabel como reina legítima de Castilla, en perjuicio del rey portugués Alfonso V, que reclamaba a Roma licencia para casarse con la pretendiente Juana la Beltraneja. El papa, que conocía perfectamente el truco, recibió con honores a la embajada y llamó a Isabel y Fernando reyes de Castilla delante de la curia y de los demás embajadores. 

Un solo rey, una sola embajada

Debido a los inmensos dominios de los reyes de España, en Roma la población bajo soberanía española era incontable. Por cargos y empleos había cardenales, prelados, representantes de órdenes religiosas, militares, aventureros, mendigos, diplomáticos, peregrinos, comerciantes, desocupados...; por origen: españoles, portugueses, napolitanos, sicilianos, milaneses, flamencos, sardos... Además, la representación diplomática no se limitaba al embajador nombrado por el rey. En las primeras décadas del siglo XVII por Roma pululaban agentes, y espías, enviados por el virrey de Nápoles, el virrey de Sicilia, el gobernador de Milán, la gobernadora de los Países Bajos, la infanta Isabel Clara Eugenia; una delegación portuguesa, sometida a la embajada, en representación de las colonias lusas de Ultramar (Brasil, Goa, Guinea...).

El embajador no sólo tenía que vigilar a los cardenales de la Curia y a los embajadores del Imperio, de Francia, de Génova y de Venecia, sino a esta otra pléyade; y, encima, tratar con el cardenal protector asignado a España... y a Portugal (entre 1580 y 1640). Por todo ello, el diplomático y pensador Diego Saavedra Fajardo, que sirvió en Roma, escribió un informe proponiendo que todos los reinos de la corona tuvieran una única representación en Roma.

En el Siglo de Oro existían los Estados Pontificios, que sólo desaparecieron por la invasión de las tropas del reino de Cerdeña en el siglo XIX, por lo que los papas eran príncipes a la vez espirituales y temporales, al igual que los cardenales. El papa y los cardenales, como príncipes espirituales, sabían que España era el paladín de la Iglesia y la defensora de los católicos en todo el orbe, ya en Lepanto, ya en Irlanda; sin embargo, como príncipes temporales, sus intereses terrenales podían apartarles de su verdadero objetivo. Por ello, los embajadores españoles recurrían, junto a los argumentos religiosos, a los mismos medios empleados con los aristócratas y cortesanos ingleses o alemanes.

Oro para sobornos

Como cuenta el embajador Miguel Ángel Ochoa Brun en su Historia de la diplomacia española:

Los embajadores españoles en Roma sabían muy bien cómo debía obrarse, con cuántas sutilezas y precauciones había de actuarse en la Curia. Su proceder era una congruente mezcla de sumisiones y altanerías, de respetos y de exigencias.

(...) Era imprescindible no olvidar que al Papa había que tratarlo con el mayor respeto, pero sin poner en peligro la dignidad del rey de España, teniendo bien presente un hecho fundamental: el Papa necesitaba más del Rey que éste del Papa. Nunca debía darse la impresión de desear mucho los favores, porque entonces el Papa los vendía caros; y en los frecuentes pleitos de jurisdicción, los tribunales pontificios fallaban siempre parcialmente a favor del Papa. En los tratos con el Pontífice, el Embajador debía mostrarse enérgico, nunca tímido ni flojo. No debía tener excesiva fe en el valor de las negociaciones.

En el archivo de la embajada de Roma consta una carta enviada por Felipe III en mayo de 1609 a su embajador, Francisco de Castro, conde de Lemos, en la que el rey le aconsejaba cómo desenvolverse en la corte papal. A la hora de repartir el oro español para aumentar el número de cardenales favorables a los intereses de España, Felipe III escribió textualmente:

En esa corte como en todas, puede mucho el interés y así es menester gobernarse en ella como el buen cazador, mostrándole al gavilán la carne y dándole poca y poco a poco, porque si se le da mucha, luego pide más y se olvida de la recibida y así si es poco a poco, vive con esperanzas y acude a lo que desea.

Entonces, los reyes de España y sus diplomáticos sabían hablar a los papas de la Iglesia.

El catalán Luis de Requesens, siendo embajador ante Pío IV, le reprochó en una ocasión que no apoyara con más entusiasmo a Felipe II, al que, dijo el soldado hecho diplomático, debía su elección en el cónclave de 1559. El vicario de Cristo respondió que su nombramiento se debía a la voluntad de Dios. Y Requesens, magnífico, le replicó que el rey de España era el instrumento del que se había servido Dios para cumplir su voluntad.

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