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Santiago Navajas

Debate nulo. Gana Abascal

Lo que esta noche se demostró es que en España hay un déficit extraordinario de estadistas. Malas noticias para la tormenta perfecta de golpismo y crisis económica que se avecina.

Santiago Navajas
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EFE

En casa de Vicente Vallés, Antena 3, Ana Pastor eligió un vestuario mucho más burgués, plisado y color pastel, que el de Feminist Warrior que acostumbra a llevar en la radical Sexta. Ese aburguesamiento de la presentadora estrella de la cadena de la izquierda hipster-caviar anunciaba un tono de debate más amable que el del día anterior. Sin embargo, todo estalló, haciéndose bronco y brusco.

Empezó sutil Sánchez regateando la pregunta sobre un posible pacto con Ciudadanos: "No está en mis planes". También Rivera al volver contra Sánchez su posible alianza con Vox denunciando la de los socialistas con la extrema izquierda y los golpistas. Casado, sólido, presidenciable, sobre todo líder (a pesar de Ana Pastor, que solo cortó e interrumpió durante el debate al popular. No lo puede evitar. Lo lleva en la secta). Iglesias comenzó también con talante tranquilo, pero el ceño se le fue frunciendo. El radicalismo le tensa el discurso y el rostro.

Advertía Julián Besteiro, siendo presidente del Congreso, a los diputados de la Segunda República que los rasgos de ingenio demasiado subrayados dejan de ser ingeniosos. Sánchez no debe de haber oído hablar jamás de Besteiro, como de casi nada, porque siguió llamando mentirosos a los demás, que es como si Trump calificase a sus oponentes de bocazas. En la trampa del más-mentiroso-eres-tú cayó Rivera, mientras que Iglesias mantenía un perfil más sereno dentro de su indignación constante. Uno de los momentos más vergonzosos de la televisión fue el intercambio de libros entre Rivera y Sánchez. Si en los debates se pudiese sacar tarjetas amarilla y roja, Rivera y Sánchez se habrían jugado en ese momento la expulsión del plató.

La suerte que tuvo Rivera en el debate anterior le abandonó y en las pasadas de frenada se estrelló contra el muro de la demagogia y la bravuconería. Faltones e interrumpiendo siempre, tanto Sánchez como Rivera me hicieron recordar la advertencia de Ortega y Gasset a los parlamentarios republicanos: no hagan el payaso, ni el tenor ni el jabalí. Sánchez y Rivera ejercieron a la vez los papeles de jabalí, tenor y payaso. Dado que Rivera había ganado el primer round, se tomó demasiado en serio a sí mismo y parecía que quería ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. En este caso terminó siendo más bien el zombi del debate, ganado el título por impertinencia, falta de respeto e incontinencia verbal. De un momento a otro se esperaba escuchar a Vallés: "¿Por qué no te callas?".

El gran cronista parlamentario Luis Carandell desgranaba las virtudes de los grandes oradores: el ingenio, el humor, la gracia en la expresión, la oportunidad del gesto, la rapidez en la réplica. Ninguno de los debatientes estuvo a la altura, aun cuando Rivera acabó dominando algo su hiperactividad; pero finalmente Casado e Iglesias se reforzaron en sus posiciones de líderes de la derecha y la izquierda porque hicieron caso a Ortega y Gasset: "Nada de estultos e inútiles vocingleros, violencia en el lenguaje o en el ademán".

Dada la mediocridad neta de los dos debates –no es de extrañar que Sánchez tratara de escaquearse–, casi que le ha venido bien a Abascal que la Junta Electoral censurara su presencia. Normalmente el que no comparece en los combates de boxeo pierde. En este caso, paradójicamente, el no compareciente ganó. Como ganaron los espectadores que prefirieron ver los programas de la competencia: MasterChef, Cachitos, la serie La vida con Samanta o la película Secretos de Estado.

Hablando de Estado, lo que esta noche se demostró es que en España hay un déficit extraordinario de estadistas. Malas noticias para la tormenta perfecta de golpismo y crisis económica que se avecina.

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