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Santiago Navajas

El primer debate, para la derecha

Rivera, por carácter liberal y por pasión democrática, fue sin duda el vencedor indiscutible del debate.

Santiago Navajas
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EFE

Seis millones de electores están indecisos; dos millones se decantarán el último día. En la semana decisiva, sin embargo, los ciudadanos se han visto sometidos al fraude moral de una ley electoral que prohíbe las encuestas (se conocerán las publicadas en Andorra) y de una Junta Electoral que ha censurado la presencia de un partido, Vox de Abascal, que ha sido decisivo en las últimas elecciones celebradas, las andaluzas, y que está siendo el gran revulsivo de esta campaña.

Por tanto, el debate en Televisión España tenía como gran dinamizador ausente a Santiago Abascal. Su no-presencia sobrevolaba los discursos. Pero sí estaban representadas las dos Españas. Por el lado de la derecha, la centrista de Rivera y la moderada de Casado. Por la izquierda, la radical de Iglesias y la intervencionista de Sánchez.

Rivera destacó desde su primer minuto, con un ataque inmisericorde a Sánchez por su nepotismo y su promesa de indultos a los separatistas, con mensajes claros a favor de los autónomos y la meritocracia. Casado, con una sonrisa forzada, anunciaba un perfil bajo. Sánchez estuvo desvaído y fatuo. Iglesias, con su habitual entrecejo de enojo, fue avasallado brillantemente por Rivera que recogió la promesa del populista de ayudar a los pobres plantándole en la cara la brutal subida de impuestos que piensa realizar Unidas Podemos. A Iglesias se le congeló una sardónica sonrisa. Casado igualmente cogía a Sánchez con cifras cuando este prometía acabar con la desigualdad mientras causa una ola de despidos.

El tándem Rivera-Casado estuvo más fresco, brillante y contundente que la dupla Sánchez-Iglesias. Iglesias agitaba la Constitución con el mismo gesto que hacía Hugo Chávez en Venezuela, pero sin el valor del dirigente bolivariano para asumir el expolio fiscal del más del cincuenta por ciento en el IRPF que le reprochó Rivera. El dirigente de Ciudadanos también fue veloz para echarle en cara a Sánchez sus mentiras sobre el presunto doctorado cuando el líder socialista tuvo el descaro de plantear un test de la verdad. En el caso de aplicarse al propio Sánchez, mostraría un resultado plano al nivel de cero.

Donde sí se saldría Sánchez es en un test de demagogia. Engolado y cursi, quiso ganarse a los jóvenes utópicos con referencias al Día Mundial de la Tierra aprovechando esa pedofilia política de los que han encumbrado a la joven activista sueca Greta Thunberg. También, sin embargo, incurrió en la más obscena de las demagogias Rivera cuando sacó a colación la foto de Rodrigo Rato entrando en un coche. No hace falta mentar la corrupción del PP haciendo leña del árbol caído. Una imagen de Rajoy enviando un sms habría sido más sutil, igualmente contundente pero, sin embargo, elegante. Pero Rivera iba derrapando en cada curva como si fuese Marc Márquez arriesgándose a irse al suelo en cada sacudida de su moto retórica. Haría bien en tener cuidado de no pasarse de frenada en el próximo debate.

Con una pulsera naranja en la muñeca derecha, Rivera marcaba el ritmo del debate. Su dedo señalando a Sánchez y a Casado ejercía de batuta de director de la orquesta. En su mano izquierda, Iglesias agitaba la Constitución como si fuese un martillo pilón para destruir la propiedad privada, intervenir el suelo y esquilmar los bolsillos de los ciudadanos. Ejercía de Sheriff of Nottingham disfrazado de Robin Hood.

Decía Stephen Hawking que con cada fórmula matemática que introducía en sus libros perdía un montón de lectores. Pablo Casado daba tantas cifras que los números en ocasiones enterraban sus conceptos. Pedro Sánchez, por el contrario, presumía de una batería de medidas a favor de todo el mundo –los niños y las niñas, los jubilados y las jubiladas, los discapacitados y las discapacitadas, los parados y las paradas, etc. y etc.– sin un solo referente real.

Y entonces fue cuando Rivera machacó a Sánchez donde más le dolía, en el asunto de la igualdad, desmontando su discurso excluyente basado en el feminismo (de género). Mientras que Casado no se atrevió a entrar en el frente que había abierto Cayetana Álvarez de Toledo, Rivera sí le plantó cara con el ejemplo infame del feminismo radical que representa Carmen Calvo, con sus agresiones a las mujeres que no piensan como ella. Las continuas alusiones de Rivera a González y a Guerra hacían daño al socialista donde más le duele, su traición a España como nación y como Estado de Derecho al entregarse a los golpistas y terroristas. Sabe Rivera que su lugar natural para crecer está entre los socialistas que no han sido abducidos por el igualitarismo extremo, el feminismo radical y el narcisismo nacionalista.

En un debate televisado, la imagen es tan importante como el discurso. Y si hubiese que resumir este duelo retórico habría que sintetizarlo en la tarjeta sanitaria única con una bandera española que blandió Rivera, que se comprometió a implementarla si fuese presidente. Fue también imponente la foto de Sánchez con Torra, que sirvió para que Rivera desmontase la "nación de naciones" de Sánchez con el concepto liberal de la nación de ciudadanos libres e iguales. También Pablo Iglesias ayudó a poner clavos en la tumba separatista de Sánchez al decir que España es un Estado plurinacional. De esta forma, el líder de Podemos confirmaba que la izquierda prefiere una España rota si no la puede hacer roja.

Casado, sin embargo, en el último tramo del debate fue ganando presencia. Su tranquilidad destacaba frente al nerviosismo de Sánchez. Sus silencios se correspondían a una estrategia de no cometer errores porque el líder del PP salió a no perder, mientras que Rivera salió a ganar. Ambos consiguieron su proyecto: Casado no perdió y Rivera ganó.

Enseñaba Aristóteles en su Retórica que "la expresión propia de los debates se acerca más a la representación teatral. Y de la expresión hay dos especies: la que expresa los caracteres y la que expresa las pasiones". Rivera, por carácter liberal y por pasión democrática, fue sin duda el vencedor indiscutible del debate.

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