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El fracaso de la España liberal

Los liberales no son muy favorables a las tradiciones salvo a la suya propia: de derrota política en derrota electoral hasta la debacle ideológica final.

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El liberalismo se basa fundamentalmente en el postulado que defendió Spinoza en su Tratado político: "El fin del Estado es, pues, verdaderamente la libertad". Sin embargo, los liberales, que son los únicos susceptibles de justificar y fundamentar la democracia constitucional (contra la democracia popular comunista y la democracia orgánica fascista), suelen ser incapaces de oponerse a los totalitarismos cuando estos aparecen ganándose el favor de las masas.

Un ejemplo especialmente doloroso ocurrió cuando esos dos grandes liberales que fueron Unamuno y Ortega y Gasset fueron arrastrados por las corrientes de la extrema izquierda y la extrema derecha que destruyeron la Segunda República. Resulta sintomático que ni la izquierda ni la derecha herederas simbólicas de aquellos movimientos autoritarios no solo no hayan reflexionado sobre su complicidad con los golpes y revoluciones que dañaron irremisiblemente los cimientos y la estructura de la república, sino que hayan pervertido su culpabilidad histórica a través de una Ley de Memoria Histórica que, como dice Antonio Escohotado, no es más que un "engendro amnésico y tergiversador".

Pero la muestra más reciente del fracaso liberal lo tenemos en el asalto de los nacionalistas y la extrema izquierda a las instituciones. El terrorismo y el golpismo hubiesen sido imposibles si los dos grandes partidos, el PP y el PSOE, no hubiesen sido parasitados por la ideología de la identidad en sus diversas manifestaciones: del nacionalismo xenófobo al multiculturalismo, pasando por el etnicismo y, últimamente, el feminismo de género. El PSOE progresó adecuadamente cuando, gracias a Felipe González, abandonó el marxismo y se puso bajo la influencia socialdemócrata de Karl Popper, lo que llevó a uno de los grandes, aunque escasos, momentos liberales de un Gobierno español de la mano de Miguel Boyer. Del mismo modo, con José María Aznar pareció que la derecha conseguiría superar sus viejos tics corporativistas y proteccionistas promoviendo un liberalismo made in Margaret Thatcher.

Pero fueron espejismos porque tanto los socialistas como los conservadores se dejaron colonizar por el nacionalismo y los dogmas políticamente correctos. De ahí que alguien como Gónzalez Pons pueda escribir un tuit con el estúpido desdoblamiento "de género":

O que uno de los presuntos candidatos a dirigir el partido de la derecha, Feijóo, crea que Galicia es una nación y practique la misma política lingüística contra los derechos de los hablantes en español que sus homólogos nacionalistas. Del PSC, ese quintacolumnismo del catalanismo en el PSOE, casi mejor ni hablar. Ayer mismo Josep Borrell se lamentaba en televisión de no poder "dialogar" con Junqueras, uno de los máximos responsables del golpe de Estado institucional y el supremacismo étnico de la extrema izquierda catalanista...

En 2018, el peligro que arrostra España es que el fin del Estado sea la opresión en lugar de la libertad. Que triunfen Herder y Marx sobre Spinoza y Smith. La reforma "urgente" de la Constitución que plantea el Gobierno de Pedro Sánchez, vía Meritxell Batet, significaría destruir la salvaguarda de la libertad que se está acometiendo gracias al coraje y la lucidez del Poder Judicial. Pero una vez más se percibe un nuevo fracaso de los liberales, desunidos por mil y una rencillas y discusiones filisteas de matices banales. Han surgido dos partidos que pueden satisfacer las ambiciones programáticas básicas tanto de los liberal-conservadores, Vox, como de los liberal-progresistas, Ciudadanos. Otras opciones, del PPSOE a la abstención, pasando por el voto en blanco, serían coherentes con el pasado perdedor liberal. Y es que los liberales no son muy favorables a las tradiciones salvo a la suya propia: de derrota política en derrota electoral hasta la debacle ideológica final.

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