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Santiago Trancón Pérez

La campaña de limpieza lingüística de Colau

La lengua es propiedad de los hablantes. Nadie es dueño de ella ni puede imponer sus propias normas. Las normas son convenciones que nacen del uso.

Santiago Trancón Pérez
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Santiago Trancón Pérez - La campaña de limpieza lingüística de Colau
Ada Colau | EFE

El Ayuntamiento de Colau, con el dinero de todos, ha editado una Guía de comunicación inclusiva para construir un mundo más igualitario. ¡77.000 copias, 28 páginas, exclusivas, deslumbrantes, esperpénticas! Compendio de escupitajos al diccionario, patadas a la gramática, coces a la semántica. Gran meada, riego por aspersión sobre el asfalto sintáctico, de pie, al estilo de la Colau rompeaguas, activista. Cundirá el ejemplo. Veremos a los ayuntamientos del recambio imitar la proeza. Preparen el cerebro, embalsamen la lengua, hagan ejercicios de contención gutural. Llega la redención lingüística. Acicalados, almidonados, hipervigilantes para que no se nos escape ni un suspiro fuera de catálogo. Progresísimos, ciudadanos concienciados aportando nuestro granito de alpiste al canario de la empatía, la tolerancia, el abrazo inclusivo: llega la epifanía, todos a comulgar, a fundir nuestros corazones y a luchar contra la xenofobia, la lgtbiq+fobia, la canariofobia, la imperiofobia.

Lo que más me sorprende no sé si es la becerril ignorancia que sus promotores manifiestan, o la cabestril arrogancia con que la nueva clerigalla retroprogre impone su catecismo, establece normas y extiende su legaña vigilante sobre la sociedad. Su obsesión de control y dominio sobre cuerpos, mentes y lenguas, es lo más parecido a la tiranía de los ayatolás. Está claro que cuanto más irracional, cuanto más contraria al sentido común, mayor impacto (temor, respeto) produce una norma totalitaria.

La lengua es un bien común, propiedad de todos los hablantes. Nadie es dueño de ella, nadie puede imponer sus propias normas. Las normas son convenciones que nacen del uso, y el uso de la interrelación y la necesidad comunicativa. La lengua es el resultado de la creatividad colectiva y responde a leyes naturales, como son la claridad, la economía, la eficacia, el establecimiento de vínculos emocionales, la espontaneidad. Evoluciona de modo natural en función de nuevas necesidades comunicativas, ya sea por un mejor conocimiento del mundo, la aparición de nuevas realidades, nuevos valores y estímulos. Las normas estabilizan los usos más frecuentes y comunes, pero no imponen ni inventan nada.

El poder político nada tiene que hacer ni decir, ni mandar ni prohibir, ni meter la mano, la pata o la lengua en el uso que los hablantes hacen libremente de una lengua; es un terrero totalmente ajeno a las funciones que podemos exigirle al Estado. El conocimiento de la lengua común y oficial es un derecho individual que el Estado debe asegurar, pero eso nada tiene que ver con el funcionamiento y uso de esa lengua. El Estado no es dueño de ninguna lengua ni puede intervenir en sus normas internas y usos.

Las Colau, con cretina soberbia, quieren imponer un modo de hablar, de entonar, de gesticular y de definir las palabras de acuerdo a una ideología obtusa, ovejuna, que consideran superior, oponiéndose a lo que los hablantes han construido y construyen libremente cada día con la lengua que utilizan. El lenguaje se rige por un principio democrático: prevalece lo que la mayoría quiere. Pretender torcer y retorcer esa voluntad es lo más antidemocrático que podamos imaginar, porque afecta a la vida diaria de todos (la vida interior y la vida social: vivir es hablar, consigo mismo y con los otros). Imponer desde el púlpito institucional un modo de hablar y de pensar, mojigato y pedante, es algo tan clasista que espanta comprobar el grado de degeneración mental y moral al que puede llegar esta secta.

Además, si analizamos la alternativa que ofrecen para desterrar los términos reprobados (patriarcales, machistas, xenófobos...) resulta muchas veces más ofensiva y excluyente que lo que pretende erradicar. He aquí unos ejemplos. Nos proponen que no llamemos a nadie "negro", sino "persona negra" o "persona racializada"; no "abuelo o abuela", sino "persona mayor"; no "discapacitado", sino "persona en situación de discapacidad"; no "cojo", sino "persona con movilidad reducida"; no "ciego", sino "persona con ceguera" (que desaparezca la ONCE, por machista); no "esquizofrénico", sino "persona con un trastorno de esquizofrenia"; no "bipolar", sino "voluble"; no "estoy depre", sino "tengo un día triste", etc. ¡Dicen que así defienden a los "colectivos vulnerabilizados"!

Esta neolengua cursi acaba haciendo más visible aquello que pretende negar, como cuando en lugar del "vete a tomar por el culo" nos propone un "vete a freír espárragos", estigmatizando aún más el sexo anal que es precisamente una legítima reivindicación homosexual. Todo sigue la misma senda del disparate. "Somos personas plurales", "una persona se puede definir por múltiples ejes", y "estos ejes identitarios nunca deben jerarquizarse unos por encima de otros". Esto supone que cuando nos dirijamos a una persona debemos nombrarla a partir de todos sus ejes. Por ejemplo, a un senegalés deprimido y con muletas, debemos tratarle como "persona racializada con movilidad reducida que tiene un día triste". Y sin jerarquizar los ejes para que no se caiga.

Si no actuamos así, con esta delicadeza sintáctica, es como "consecuencia de la colonialidad y el racismo". Pero hay más: no debemos decir "terrorismo yihadista o islámico", sino de al Qaeda, el Daesh... Nada que ver con el islam, ni Mahoma, ni el Corán... Hay que partir el terrorismo por el eje para no confundir los ejes de la carreta. Ya cantó Atahualpa: "Porque no engraso los ejes, me llaman abandonao"...

Y no digas que vas "al paki, al badulaque o al chino"... ¡sino al supermercado! Identificar a alguien sólo por el eje del origen es rebajar su dignidad. Eso huele a racismo. Porque, además, no puedes llamar a nadie "inmigrante ilegal", porque "ninguna persona es ilegal", lo mismo que "no hay nadie normal, todo el mundo es diferente", así que no te ofendas cuando alguien te diga que no eres normal, tío-tía. Tampoco digas "trabajar como un negro", aunque la expresión nazca precisamente de denunciar el trabajo esclavizante de los negros. Y lo de "moros en la costa"... ¡vade retro, Satanás, que son personas del Magreb! Y no se te ocurra decir "mi mujer o mi esposa", sino "mi pareja o mi cónyuge".

Pero la guía municipal va más allá: no presupongas nunca "que una persona con cuerpo de macho se identificará como hombre y tendrá comportamientos 'masculinos', y una persona con cuerpo de hembra se identificará como mujer y tendrá comportamiento 'femenino'. Además, (tampoco) consideres que los hombres y las mujeres son complementarios y se atraen sexualmente", porque "esta cuestión es mucho más compleja". O sea, cuando veas a una persona piensa que es un marciano sin sexo y espera a que él-ella-ello te diga cuál es la preferencia sexual que le-la-lo define. Y si ves a un toro, no mires qué le cuelga entre las piernas, porque la naturaleza se equivoca muchas veces. En todo caso, si ves a un niño, piensa que es una niña, y viceversa; o mejor, no pienses nada, déjale ser lgtbiq+, que él elija su camino sin interferencias morfosintácticas heteropatriarcales.

Y un pasito más. Si ves llorar a una niña, no pienses que llora como una niña, ni se te pase semejante barbaridad por la cabeza; piensa que él-ella-ello "llora como quiere" (sic, no me la invento). Y aprende biología: "hermafroditas son los caracoles", nunca los humanos, que son "intersexuales"; y si alguien se opera y cambia de sexo, no digas que ha realizado un "cambio de sexo, sino una afirmación de género". Y a las personas que están de acuerdo con el género que se le asignó al nacer, no les llames hombre, mujer o heterosexual, sino, de ahora en adelante, "una persona cisgénero", neologismo inventado por un alemán que en español suena a lo que a uno le apetece hacer al oír semejantes chorradas.

(Y digo yo, ¿Valls se habrá enterado de esto (o de algo)? No, hombre, esto son minucias, cosa de plebeyos).

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