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Zoé Valdés

Liu Xiaobo y Oswaldo Payá

Ambos hombres fueron sin duda una clara esperanza para la libertad y la democracia en sus países, y para la paz mundial, que depende de la extinción total del comunismo y sus símbolos.

Zoé Valdés
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Zoé Valdés - Liu Xiaobo y Oswaldo Payá

El pasado día 4 la cadena de televisión Arte dedicó una de sus noches temáticas al treinta aniversario de la Masacre de Tiananmen, ocurrida en 1989, y a uno de sus líderes, Liu Xiaobo, Premio Nobel de la Paz 2010, otorgado mientras Xiaobo se encontraba aislado en una férrea prisión de la China comunista post-maoísta.

Numerosos documentos e imágenes mostrados en ese documental en dos partes, y en la tercera, dedicada a Xiaobo, no habían podido ser recuperados con anterioridad, de ahí su exclusividad. Por fin se conoce en buena medida y con pormenores el proceso que condujo a esa horrenda matanza perpetrada por los comunistas chinos, con Deng Xiaoping a la cabeza, en la que se asesinó a alrededor de 10.000 personas, la mayoría jóvenes estudiantes.

Viendo los documentales y descubriendo pormenores del caso Xiaobo pude comprobar que la lucha de estos jóvenes estudiantes, escritores, profesores, artistas fue no sólo por la libertad de China, sino contra el comunismo en cualquier parte del mundo. Hay algo en esa lucha que me recordó varios movimientos underground artísticos cubanos que eclosionaron en los años ochenta en la isla y que fueron abortados rápidamente a finales de esa década y a inicios de los noventa, también tras la visita de Mijaíl Gorbachov a La Habana. Esos elementos en común no son otros que el arrojo, la razón y el anhelo de ser libres.

Pese a que en Cuba jamás se mencionó la caída del Muro de Berlín, y mucho menos la Masacre de Tiananmen, algunos pudimos enterarnos. Las coincidencias son evidentes no sólo en el modo de lucha adoptado por Oswaldo Payá y el Movimiento Cristiano Liberación (MCL), sino, desdichadamente, en la manera en la que acabaron con las vidas de Liu Xiaobo y del propio Payá.

Un cáncer fulminante destrozó la salud de Liu Xiaobo en una cárcel de China. Las autoridades represoras se dieron a la tarea de filmar cada cita y cuidado médico, para que no cupiera duda de que ellos –los culpables de su encarcelamiento y probablemente de su enfermedad– se ocupaban de su prisionero más importante y más célebre. Xiaobo se había enterado gracias a una visita de su esposa a la prisión de que le habían condecorado con el Nobel de la Paz.

Tras el burdo asesinato de Oswaldo Payá y de Harold Cepero (joven del MCL que lo acompañaba), enmascarado en accidente de tráfico, las autoridades castristas invirtieron horas y jornadas televisivas y radiales en mostrar al supuesto culpable, el español Ángel Carromero, militante del Partido Popular, al que de inmediato encarcelaron. Además de en enseñar mediante planos y fotos manipuladas cómo se había supuestamente producido el impacto, en una carretera donde era más que improbable que un auto chocara con semejante arbolito, ni con nada. Los testimonios de turno daban más risa que pena. Jamás la tiranía había puesto tanto empeño en que la gente, el pueblo, creyera –y, sobre todo, que el mundo pensara–, ese mismo pueblo que según ellos desconocía la existencia de Oswaldo Payá y del MCL, que aquello no había sido un asesinato político –tal como fue–.

Si Payá no significaba ya nada, como sus enemigos afirmaban, tanto para el régimen como para la oposición interna, ¿por qué tanto interés súbito del régimen en montar un escenario valiéndose de un accidente de tráfico que de cualquier modo sería de lo más común en la vida de cualquiera? ¿Por qué esas camisetas diseñadas a la carrera por una supuesta oposición (diseñada, esta sí, a la medida del Raulato) con el rostro de Payá, y estrenadas en su entierro? ¿Por qué no permitieron que al entierro asistiera el pueblo de manera espontánea?

Cuanto más oía hablar a Xiaobo, más me acordaba de Payá, con sus aciertos y también con sus defectos (los que enumeraron sus seguidores en pantalla y los que yo enumeré en una crítica pública y frente a él, aquí en París), pero con una serenidad aplastante y la seguridad de que sus proyectos conducirían a la democracia y a la libertad.

Xiaobo reunió 360 firmas de la oposición. Payá y el MCL reunieron 35.413 para el Proyecto Varela, 15.000 para el Diálogo Nacional y 10.000 por libertad de Cardet (recogidas después del asesinato de Payá y del encarcelamiento de Cardet). Xiaobo fue galardonado con el Nobel, Payá con el Sájarov en el 2002, año en el que Xiaobo fue condenado a 11 años de cárcel, de los que cumplió 9, hasta su muerte. En la Primavera Negra de Cuba (2003), una gran cantidad de miembros del MCL fueron encarcelados, con ello pretendían inutilizar a su líder, lo que no sucedió para nada, al contrario. Ambos hombres fueron sin duda una clara esperanza para la libertad y la democracia en sus países, y para la paz mundial, que depende de la extinción total del comunismo y sus símbolos.

Todavía en la China comunista, esa de las copias baratuchas de hojalata y vendedora de productos cancerígenos, frente a la que los escasos de mente y de honra se arrodillan, no se puede ni siquiera mencionar la Masacre de Tiananmen: desde hace tres meses un joven rockero se encuentra desaparecido por el mero hecho de comentar en sus canciones el triste acontecimiento.

En la actualidad, los líderes de Tiananmen se encuentran casi todos en el exilio o desaparecidos dentro de la misma China, ya podrán imaginar lo que eso significa. Dentro de Cuba, el MCL, pese a ser un movimiento despreciado por los tirios y troyanos del poder y del dinero, cada día suma más jóvenes. De todas las edades, de todos los orígenes sociales, de todas partes de la isla, que no temen dar sus nombres y apellidos.

Al terminar de ver los documentales, se apoderó de mí una insoportable angustia. Sólo superada por la rabia que me dio notar que, precisamente ayer, en una fecha tan importante para los demócratas chinos, una de estas jineteras europeas de chinos comunistas mostró en su perfil de Facebook un tren de chatarra pulida como "nuevo invento chino", copiado –como cada uno de esos "ovedosos inventos sinocomunistas– del magnífico tren bala japonés.

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