
El calor del verano no solo se nota en el termómetro: también acelera la actividad de los microorganismos que conviven en cualquier vivienda. Cuando el ambiente interior supera el 60% de humedad relativa, las condiciones se vuelven favorables para la proliferación de ácaros, hongos y bacterias, según coinciden distintos organismos de salud ambiental. La Organización Mundial de la Salud recomienda mantener la humedad de interiores entre el 30% y el 60%, mientras que el Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios (RITE) sitúa el rango óptimo entre el 40% y el 60%.
Por eso, antes de que lleguen los días más sofocantes, conviene afrontar tres tareas que suelen quedar relegadas y que se concentran en las zonas donde se acumula más humedad: alfombras, baños y aparatos de aire acondicionado.
Las alfombras: aspirar, secar y guardar
Las alfombras gruesas y pesadas conviene retirarlas durante el verano para que el suelo respire, ya sea sustituyéndolas por más ligeras o dejando el suelo despejado. No es un capricho estético: los textiles del hogar —alfombras, cortinas, tapizados y ropa guardada durante meses— figuran entre los reservorios habituales de ácaros del polvo, que prosperan en ambientes cálidos y húmedos.
El proceso debe seguir un orden. Primero, un aspirado a fondo por ambas caras para eliminar ácaros, polvo y restos de suciedad. Después, una revisión de las manchas, que se tratarán con suavidad usando un producto específico para no dañar el tejido. Antes de moverla, la alfombra tiene que estar completamente seca, ya que cualquier resto de humedad en un espacio cerrado favorece la aparición de moho. Una vez seca, basta con enrollarla sobre sí misma y envolverla en una tela transpirable de algodón. Las bolsas de plástico están desaconsejadas, ya que impiden que el tejido respire.
El baño, principal foco de gérmenes
El cuarto de baño es una de las estancias con mayor riesgo de convertirse en foco de microorganismos por la humedad. Una limpieza completa debe centrarse en varios puntos. Los armarios conviene vaciarlos por completo y repasarlos con un paño húmedo y un limpiador, aprovechando para descartar productos caducados. También hay que prestar atención a los rincones que se limpian con menos frecuencia, como la parte superior del espejo, las esquinas o las lámparas. Las paredes y azulejos de la zona de ducha o bañera acumulan cal y restos de productos de higiene, y los desagües del lavabo y la ducha deben desinfectarse para evitar atascos y malos olores.
Luego llega el aire acondicionado, que tras meses de inactividad necesita limpiarse. Al encender el aparato por primera vez en la temporada hay que tener presente que lleva casi un año sin uso. Los filtros acumulan polvo, polen, células de piel y humedad, condiciones que pueden favorecer la proliferación de hongos y bacterias y, al ponerse el equipo en marcha, dispersarlos por la estancia. La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) advierte de que los sistemas de climatización sucios pueden actuar como difusores de contaminantes biológicos que se redistribuyen por el aire interior y deterioran su calidad.
El procedimiento es sencillo. Con el aparato apagado y desconectado de la corriente, se desmontan los filtros y se lavan con agua a temperatura ambiente, frotándolos con un cepillo suave o con las manos y empleando un jabón poco agresivo. Después deben secarse al aire, pero nunca al sol directo, ya que la luz solar puede deformar el plástico. Mientras se secan, es buen momento para limpiar las rejillas y difusores del equipo. Solo cuando estén completamente secos —insertar un filtro húmedo favorece la formación de moho y malos olores— se vuelven a colocar. Los especialistas recomiendan repetir esta limpieza al menos al inicio de cada temporada de uso.

