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"No hubo persecución al llegar la República, sólo se quemaron unos conventos"

El programa de conferencias sobre la II República auspiciado por la Universidad Complutense continúa evocando aquel periodo con visiones arcádicas. Si el lunes fue Almudena Grandes la que añoró la Educación republicana, en un acto que concluyó con el rector Berzosa exaltado – "¡Viva la Educación, viva la cultura, vivan los libros, viva la República!"–, este miércoles el profesor Santos Juliá ha puesto algo más de estudio y conocimiento, si bien al servicio de un sesgo igualmente indulgente con un régimen que, quienes lo vivieron –Baroja, Pla, Ortega, Marías,...–, lo denunciaron sin excepción.

"Al Rei d'Espanya, canya, canya"
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El programa de conferencias sobre la II República auspiciado por la Universidad Complutense continúa evocando aquel periodo con visiones arcádicas. Si el lunes fue Almudena Grandes la que añoró la Educación republicana, en un acto que concluyó con el rector Berzosa exaltado – "¡Viva la Educación, viva la cultura, vivan los libros, viva la República!"–, este miércoles el profesor Santos Juliá ha puesto algo más de estudio y conocimiento, si bien al servicio de un sesgo igualmente indulgente con un régimen que, quienes lo vivieron –Baroja, Pla, Ortega, Marías,...–, lo denunciaron sin excepción.
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LD (V. Gago) La teoría de la Memoria Histórica que inspira la polémica Ley se hace práctica estos días bajo techo académico.
 
Santos Juliá, historiador, catedrático de la UNED y escritor sindicado a El País, ha insistido este miércoles en su imagen del advenimiento de la II República como "una fiesta popular revolucionaria". La ha utilizado en sus estudios sobre la época. A diferencia de otros cambios, que estallaron con un violento asalto al poder, dijo en la Biblioteca Histórica Marqués de Vadillo de la UCM,  lo de España en 1931 "no es una revolución, pero cae una Monarquía. No hay violencia, sino fiesta".
 
"La gente baja de los arrabales, sale de sus casas, empiezan a aparecer enseñas republicanas en los balcones de los ayuntamientos, multitudes se concentran en los lugares de representación simbólica y toman el poder porque los que lo detentaban han desertado, lo han abandonado. No hay asalto a los palacios, porque los palacios están vacíos", describe lo esencial del cambio que se produce el 14 de abril de 1931.
 
REPÚBLICA DE PROMISIÓN
 
Santos Juliá distingue dos etapas en la historia de la II República: una promisoria y otra abisal, una de estabilidad y reformas audaces, y otra de violencia y extremismo, una de esperanza y fiesta, y la otra de revolución y guerra, una iluminada por Azaña, la otra ensombrecida por la ambición de la CEDA.
 
Para el profesor Juliá, lo mejor, lo más provechoso de la II República es la alianza que forman las élites ilustradas –"clases medias profesionales urbanas", las llama, eufemísticamente– y la clase obrera. Sobre ese contrato descansa el proyecto genuinamente democrático y reformista de la tentativa republicana representada por Manuel Azaña. Empieza a fraguarse entre 1910 y 1920, indica, durante una época de fuerte crecimiento de las ciudades. Es ahí, en esa década de "una enorme densidad cultural", donde nace la marea profunda de la nueva política que acabará por arramblar definitivamente la vieja –según la conocida dialéctica de Ortega– el 14 de abril de 1931.
 
Nueva política frente a vieja política. Para Juliá, es la clave de la nobleza del proyecto republicano encarnado por Azaña. La nueva política consiste, para el historiador, en "hacer desde el Estado una nueva sociedad". Es el proyecto de Azaña, lo resume. "Hacer desde el Estado una nueva sociedad". ¿Y quién debe dirigir el Estado?
 
LA NUEVA ALIANZA
 
El profesor describe así el papel de cada quién en la sociedad que trajo la República: una generación elitista que pertenece a buenas familias, que ha estudiado en universidades extranjeras, que habla varios idiomas, que escribe, investiga, proyecta edificios y puentes, pinta, compone y piensa en términos modernos, en la hora punta del mundo, y no en términos religiosos, identitarios o fatalistas, como sus mayores del 98, una generación así, dice Juliá, se abraza a los obreros que construyen para ellos las nuevas ciudades, a los inquilinos de infraviviendas en poblados construidos sin orden ni concierto más allá de los modernos y expansivos ensanches urbanos; masas que toman, invariablemente, un insípido caldo de garbanzos y tocino como alimento, a los que los huevos o la carne están vedados, que no saben leer.
 
"Toda esta generación ilustrada que está creciendo en las ciudades y contacta con esa emergente clase obrera", sostiene el profesor Juliá, constituirá la masa crítica republicana.
 
Lo intentarán en 1917 en varios frentes, cuando la Gran Guerra está terminando, con una huelga general revolucionaria, una protesta parlamentaria y un movimiento intelectual que denuncia la decadencia del régimen de la Restauración y reclama a la Monarquía una nueva Constitución. Para 1931, la marea de esa alianza contra natura es ya imparable y, por el contrario, el estado de descomposición del régimen canovista hace que se desmorone y caiga solo. Así ve Santos Juliá, en esencia, el advenimiento de la II República y de su nueva política.
 
El cuadro del historiador no tiene en cuenta la religiosidad de esas mismas masas obreras que, según Juliá abrazan espontáneamente el proyecto modernizador de sus élites más exquisitas. Y es curioso, porque a continuación, el profesor afea a Azaña su ingenuidad, al no prever que encontraría fuerte resistencia a su frenético reformismo radical.
 
LA IGLESIA ESTABA "ENCANTADA" PORQUE NO CORRIÓ LA SANGRE
 
La República llegó "sin el más mínimo conato de resistencia", subraya el catedrático de la UNED. La Guardia Civil salió a las calles y abrazó a la gente, el 14 de abril. "Ningún militar quiso arriesgarse. La monarquía se hundió como un castillo de naipes, dejó un terreno desierto. No se toma el palacio de invierno, al modo de las revoluciones clásicas, sino que el palacio se queda desierto", imagina.
 
Esa revolución pacífica mantuvo a todo el mundo tranquilo y a la expectativa, incluso la CNT, según Juliá, durante el primer año. Fue lo que permitió al Gobierno de la coalición republicana presidido por Azaña –PSOE, republicanos de izquierdas, radicales y los republicanos de centro-derecha de Alcalá Zamora– emprender su gran obra, un programa de reformas en el que "no quedó un solo campo de la vida política, económica y social española sin tocar".
 
La Iglesia, según este autor, estaba "encantada de que no hubiese corrido la sangre de clérigos" al llegar la República.
 
Y es que, asegura Juliá, "no hay persecución religiosa en la primera etapa de la República. Hay unas quemas de conventos en mayo, pero eso entraba dentro de la tradición. No fue tan dramático como lo que se proyectó sobre esa etapa, a la luz de lo que pasó después. En realidad, el Nuncio estaba encantado. Arzobispos y obispos no llamaron a las armas... todavía. Es cierto que hubo declaraciones aisladas de la jerarquía eclesiástica bastante extremistas, pero la Iglesia, en general, mantuvo una actitud a la expectativa, sin que esa actitud fuera clausurada por las quemas de iglesias y conventos de mayo de 1931".
 
LA INGENUIDAD DE AZAÑA
 
Juliá se sorprende de la bisoñez política de Azaña, al no contar con que, inexorablemente, sus políticas iban a soliviantar a la Iglesia y el Ejército.
 
"Cuando, en los primeros meses de su gobierno, un periodista extranjero le pregunta por la actitud del Ejército ante su programa de reformas, Azaña responde: el Ejército es obediente. ¡Y lo decía un hombre cuya memoria personal llevaba impresos golpes de Estado triunfantes!", explica Juliá.
 
Todo empieza a torcerse, dice Juliá, cuando la Iglesia reacciona a los planes del Gobierno de Azaña con los colegios católicos. Eso la lleva a promover un partido confesional, la CEDA, cuya ambición a partir de 1933 desestabilizará el régimen republicano y desembocará en la Guerra, según interpreta este autor. Para Juliá, el papel del PSOE, la UGT, la ERC y el PCE en ese proceso es secundario o, en todo caso, siempre una respuesta a los pasos de la CEDA para fagocitar al Partido Radical y acceder al Gobierno en 1934.
 
Es ahí, asegura, donde tiene su origen "la manipulación" de los historiadores "revisionistas". Juliá imputa a los católicos de Acción Española la estrategia de deslegitimación de la República que –afirma– usan los "revisionistas" en la actualidad.
 
"Lo que dicen esos revisionistas, que no revisan nada sino que reproducen las tesis de El derecho a la rebelión, de Acción Española, es que el Gobierno del Frente Popular de 1935 es un producto ilegítimo de un golpe de Estado", dice Santos Juliá, refiriéndose –se supone, aunque no los identifica– a autores como Pío Moa, César Vidal, Ricardo de La Cierva, Luis Suárez o Stanley Paynne, que han puesto de manifiesto que el objetivo del PSOE y la ERC en 1934, al declarar las huelgas revolucionarias en Asturias y Cataluña, era iniciar la Guerra Civil y precipitar una revolución en España.
 
EL ERROR DE INDALECIO PRIETO
 
Ni siquiera Juliá puede omitir los hechos. Reconoce que "la sensación de inseguridad se agudiza con la respuesta del PSOE a la entrada de la CEDA en el Gobierno".
 
"Si la CEDA entra, nosotros iremos a la Revolución, anuncia Indalecio Prieto", y Juliá admite. Las del dirigente del PSOE "son unas palabras irresponsables, desde cualquier punto de vista", concede el profesor de la UNED. Pero subraya que su reproche proviene, no tanto del hecho de que el PSOE no respetase las reglas del juego, como del hecho de que el líder socialista se fuera de la lengua antes de tiempo.
 
"Oiga, si Usted va a montar una revolución, prepárela, organícela, pero que no se enteren, porque le van a preparar una resistencia organizada", chasquea Juliá.
 
Sobre la otra dimensión de la llamada del PSOE a las armas, su espíritu totalitario, Juliá lo justifica, en parte, porque "la cultura política de una buena parte de la izquierda no era una cultura democrática en el sentido que hoy podemos entenderlo, en los 30 la idea de la democracia entra en crisis", señala.
 
IRRADIACIONES REPUBLICANAS EN LA ESPAÑA DE ZAPATERO
 
El análisis de Juliá sobre la República proyecta sutiles reflejos sobre el presente. Es una visión muy práctica. No da una puntada sin hilo, como suele decirse.
 
Aunque no es objeto de su disertación, el cuadro cálido e indulgente que pinta de Azaña y su fallido proyecto coincide, casi punto por punto, con la agenda de José Luis Rodríguez Zapatero, que está en mente de cualquiera que tenga ojos y entendimiento.
 
Lo que dice Juliá sobre el proyecto republicano gestado por la generación de 1914 y truncado por la España de la "vieja política" –católicos, Ejército, derecha terrateniente y atrasada,...– y, en menor medida, por los excesos verbales de Indalecio Prieto, es lo mismo que intenta Zapatero: "hacer desde el Estado una nueva sociedad", mediante una élite dirigente y masas adoctrinadas y obedientes.
 
Universidad Complutense, Comisiones Obreras, Fundación Sindical de Estudios y la andaluza Caja Sol bendicen una exposición sobre los maestros de la II República, apoyado por el ciclo de conferencias en el que ha intervenido Santos Juliá.
 
Lo abrió el pasado lunes 14 de abril la escritora Almudena Grandes, cuya defensa del modelo educativo de 1931 fue celebrada, de manera elocuente, con un ¡Viva la República! del rector Carlos Berzosa.

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