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Crisis nacional

Descomposición total

No hay política democrática en España. Todo es ideología. Prueba mayor de la descomposición total que vivimos es el aquelarre "político" montado en torno a la muerte de Samaranch. No niego la figura de este hombre público, pero creo que es exagerado y, naturalmente, ideológico el tratamiento que el poder político ha hecho de su muerte. Por ejemplo, resulta extraño, e incluso me llena de perplejidad, que el Rey pasara del entierro de Miguel Delibes, pero se haya entregado en cuerpo y alma a cantar las loas de Samaranch en el COI, según dicta el canon socialista. No menos chocante es que la campaña antifranquista de los hijos del franquismo (sic), dura, cruel y zarrapastrosa "ideología" de los socialistas en el Gobierno, apenas roce al muerto a pesar de su pasado fascista, falangista y franquista.

Tiendo, pues, a pensar que el trato dado por el poder político y, por supuesto, por los poderosos medios de comunicación a la muerte de Samaranch, que en cualquier país normal no pasaría de un serio y merecido obituario, dice mucho de la situación por la que pasa España. Las honras fúnebres que los socialistas y nacionalistas dedican a Samaranch, el bochornoso espectáculo de apoyo de los socialistas y nacionalistas contra el procesamiento a Garzón, la campaña socialista a favor del pañuelo de la niña musulmana y otros tantos sucesos son buenas excusas para ocultar lo real: el paro y la crisis económica, la ruptura del Estado-nacional y las altas tasas de fracaso escolar, el "bi-polio" de los partidos que tienen blindado el sistema electoral, millones de españoles que no saben bien su lengua, desigualdades reales y legales entre todos los españoles, etcétera. 

Nada de esa cruel realidad parece preocuparle al Gobierno. Pasa de lo real para instalarse, como hicieran los políticos socialistas de la Segunda República, en el ámbito ideológico. El engaño es todo para mantenerse en el poder. Cuanto más se fragmenten la nación y el Estado, elucubra Zapatero, mejor le irá al PSOE y a los nacionalistas. La relectura cainita del pasado y el rencor con el que se dibuja el inmediato futuro son las dos máquinas para mantenerse en el presente. ¿Y enfrente que hay? Poco. Quizá un par de medios de comunicación lo intenten, pero, lo real, es que la discusión pública no tiene lugar en la vida nacional, entre otros motivos porque la nación está destruida.

En efecto, podemos tener mucha fe en el poder intelectual, o mejor, en los medios propios de la vida intelectual, por ejemplo, la crítica, la comunicación pública, la argumentación, la investigación, etcétera, pero nada de eso, reitero, tiene lugar en el espacio público. Y si no existe una vida pública normal en el ámbito intelectual, entonces no vale para nada tener una idea imaginativa, una solución técnica contra la crisis económica o, sencillamente, exhibir el poderío público de un buen argumento. En otras palabras, podemos seguir trabajando por un público vivo, exigente, despierto, pero reconozcamos lo obvio: no se crea opinión pública. La mayoría de los medios de comunicación, incluidas las tertulias políticas radiofónicas o televisivas, lejos de crear una comunicación política sana, están al servicio del Gobierno.     

El Sr. Maestre es filósofo y escritor. Su último libro publicado es La escritura de la política (2012). Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital y comentarista de esRadio.

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