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Columna publicada el 10-01-2006
El discurso de Mena Aguado el día de la Pascua Militar ha dejado a muchos analistas políticos fuera de juego intelectual. Sus mentes quedaron atrofiadas por esquemas del pasado. Ni siquiera han sabido circunstanciar este acontecimiento, sin duda alguna, político en la situación dramática que vive España. Incluso la descripción que han hecho del asunto algunos cronistas políticos, sin rozar siquiera el contenido de moral ciudadana que alojaba el discurso, es de aurora boreal. El empecinamiento doctrinal de quienes no soportan, por supuesto, con razones de envergadura, que un militar opine de la Constitución, no debe llevarnos a la condena y estigmatización del militar cesado y, lo que es peor, arrestado. Pues que este proceder, en mi opinión, sería como cerrar los ojos a la evidencia de que la democracia española está en peligro.
No es conveniente que un militar hable de política. De acuerdo, pero lo ha hecho, y no podemos escaparnos estigmatizando al protagonista. Eso sería tanto como simular que no nos enteramos de lo que está pasando, o peor, le damos la razón al Gobierno por su política de arresto autoritario. Hay que hilar fino en este punto, especialmente si reconocemos que la nación cruje por todas partes, porque una élite política, la nacionalista y la socialista, da por hecho que el régimen democrático surgido de la Constitución del 78 está fenecido. En fin, unos, siguiendo esa lógica del disimulo, tan cobarde como educada desde el punto de vista de la corrección política, tildan las palabras de Mena Aguado como anacrónicas e improcedentes. Otros, insisto, parapetados en viejos esquemas de dictaduras periclitadas, se han negado a darle la más mínima relevancia a las palabras de un alto mando del ejército nombrado por el actual Gobierno.
Así las cosas, y después de observar las reacciones de solidaridad que ha recibido este alto funcionario del Estado, me reafirmo en lo ya mantenido hace unos días: el discurso de Mena Aguado era merecedor de sanción. Vale. El cese es comprensible, pero no el arresto. Y es que, reitero, el discurso de Mena Aguado es actual, demasiado actual. Es intempestivo. Las declaraciones de Mena Aguado son un síntoma de que la nación todavía existe. Son una bocanada de aire fresco para la democracia española. Son las palabras de un hombre recto, moral, dispuesto a recibir el castigo por rebelarse ante la injusticia.
Sin duda son palabras ajustadas a derecho, pero no se le castiga por lo dicho, sino por poner en cuestión a quienes nos llevan al desolladero. No se le juzga por sus palabras, pues que son las mismas que las de cualquier constitucionalista de boquilla, por ejemplo, Bono, sino que se le castiga por extralimitarse de su ámbito de competencia. ¡De acuerdo! Mena Aguado lo aceptará sin rechistar. Sabía que era la única manera de defender la nación democrática. La fidelidad a la Constitución se ha convertido en un acto desobediencia civil. He ahí la primera señal de un ciudadano ejemplar. El militar ha actuado en calidad de ciudadano. La pena recibida es la muerte civil por ser defensor de la Constitución. Terrible.
Las palabras del jefe de la Fuerza Terrestre son una reacción democrática y constitucional ante la anacronía e inoportunidad de la política de Zapatero y los nacionalistas. Surgen de un estado de malestar creado por el proceso de desmontaje del Estado democrático, del Estado surgido de la Constitución de 1978, que han iniciado Zapatero y los nacionalistas. Son palabras que brotan de una necesidad profundamente moral por rebelarse ante el proceso de destrucción de la nación democrática. Cualquiera con sensibilidad democrática sabe que el discurso de Mena Aguado no era anacrónico ni improcedente, sino demasiado actual, intempestivo. Revela lo que nadie quiere decir. Molesta. Se la jugaba por su nación. El militar que defienda hoy la Constitución española es un rebelde civil, porque se enfrenta al Ejecutivo que la está destrozando a través del proceso tramposo de una aprobación de Estatutos de Autonomía por vía ilegítima. El discurso intempestivo de Mena revela el discurso anacrónico de Zapatero. Revela, sobre todo, la fuerza moral que aún anida en millones de españoles ante la inmoralidad de un ejecutivo que quiere dejar fuera de España a la mitad como mínimo de la población.

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