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Constitución Europea

Europa como discurso

Los discursos sobre Europa empiezan a ser tediosos. No me refiero a los balbuceos de los políticos profesionales, a veces, tan estultos como rastreros. Ejemplo extremo de tedio es la pobrísima defensa de Europa de la vicepresidenta del Gobierno. Los insultos dirigidos por esta persona a los curas y los jueces por sus objeciones a un Tratado de la UE, que tiene que ser ratificado por los ciudadanos, son viejos, zafios y tristes. Son, sobre todo, reaccionarios, porque esta señora reduce su pobre argumentación a favor del citado texto a mera gesticulación. Sí, en efecto, porque quiero ser generoso, digo que las palabras vacías de la señora Fernández son gestos, en verdad, insultantes, pero al fin mero gestos que no dicen nada. No expresan nada. No asustan a nadie. No son nada. Vulgar indecencia política, para el consumo de ignorantes y resentidos socialistas, que mueve al desprecio de quienes aún se consideran herederos de una ideología decente.
 
La indecencia política, sin embargo, es un asunto menor comparado con la indecencia intelectual mostrada por un columnista que, a la hora de hablar de Europa, enfrenta resentidamente la civilización cristiana a los ideales de la Ilustración europea. Me refiero a la correcta y aseadita columna dominguera de Vargas Llosa en El País. Liberalismo de cartón piedra. Aquí la indecencia limita a un lado con la estupidez y a otro con la criminalidad.
 
Porque estúpido es, sin duda alguna, quien es incapaz de evaluar que sin la civilización cristiana hubiera sido imposible la modernidad. Sin la libertad cristiana, independientemente de las creencias actuales de los europeos de hoy, hubiera sido imposible desarrollar el laicismo moderno, porque el cristianismo es, se mire desde donde se mire, un laicismo. O sea, el cristianismo es, dicho para que el columnista de Polanco se ponga a estudiar un poco, la primera y quizá última religión que diferencia lo temporal de lo sobrenatural.
 
Y porque criminal es hablar de Ilustración hoy, en el siglo XXI, sin recordar que también ella se convirtió en su contrario bárbaro. La Ilustración, especialmente en su versión revolucionaria y totalitaria, vino a convertirse en la peor de las religiones, la de la Razón inquisitorial, que proclamó varias religiones, la de la humanidad, la del progreso, la de la ciencia, la de la belleza, etc., y varios cultos aislados, para evitar hablar directamente de religión. Hoy, como nos enseñaron bien Unamuno, Ortega y Zambrano, todos esos laicistas de salón, esos defensores de una religión secular, han conseguido hacer actual lo peor del integrismo religioso, lo peor de la ciudad antigua, al confiscar los genuinos valores de la religión cristiana, vaciarlos de contenido y, como he dicho otras veces, revestirse con ellos para dominar y doblegar a los ciudadanos.
 
Leer a Zaid o a Silvio Zavala, autores tan cristianos como liberales, haría bien a Vargas, porque le enseñarían que gracias a la difusión de la idea de libertad cristiana en la América hispana, según dice el historiador mexicano, pudo el pensamiento ilustrado prender mejor en los mejores espíritus de América. El propio Vargas podría ser un buen ejemplo de que su liberalismo tiene antes raíces en El Perú, o en el suelo hispánico, que en la imitación casual e ingenua de un modelo extraño que deslumbró al novelista.