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Entre la tibieza cobarde del PP y las decisiones temerarias del PSOE, entre la estulticia indolente de Rajoy y el radicalismo violento de Zapatero, el analista político está situado en una tierra baldía, quizá tan inhóspita como estéril, del que nadie puede esperar poco más que un pensamiento precario y casi desesperado. Aquí les ofrezco brevemente el mío al hilo de las "medidas" que prepara el Gobierno contra el desempleo: la crisis económica será un balón de oxígeno para los socialistas. Convertirán sus miserias en oro electoral. La intención del Gobierno de suspender la contratación en origen de trabajadores extranjeros, medida anunciada por el ministro de Trabajo, ya le ha hecho ganar miles de votos al mismo Gobierno que negaba la crisis hace un mes.
El caldo de cultivo de esos resultados, por desgracia, se halla en la sociedad española, especialmente en sus partidos y sindicatos. El PP gimoteará por las esquinas sin atreverse a plantarle cara a este personal. Y los sindicatos no pasarán de protestar con la boca chica, porque ya han llegado a un acuerdo con el ministro para recibir una importante soldada para sus chanchullos de cursillos dirigidos a la formación de los parados. Así las cosas, mientras que el PP está atenazado por el miedo que le produce anunciar medidas duras contra la crisis económica, el PSOE no sólo las utiliza retóricamente sino que las lleva a cabo con temeridad sin comparación posible en el resto de Europa. La propuesta del ministro de Trabajo en cualquier otro país hubiera producido un debate entre los partidos y los agentes sociales de tales proporciones que podría hacer tambalear a todo un Gabinete, pero en España no pasará de una discusión de unos días.
Excepto una institución religiosa, nadie le afeará en serio al Gobierno su conducta por machacar a los más desfavorecidos. El grupo social más frágil que hay en España, los emigrantes, es triturado casi de forma racista por los socialistas y no pasará nada. Las leves protestas contra el Gobierno se hará de modo vergonzante y ocultando las contradicciones de la política de emigración del PSOE. Todos callarán muy pronto, excepto esa institución sin apenas fuerza ideológica en España, que todavía sigue siendo visualizada como el principal enemigo a batir por el socialismo español. Sí, sí, la Iglesia Católica defenderá a esos emigrantes, pero el PSOE, lejos de rehuir la pelea, se lanzará a su yugular para llevar a cabo lo aprobado en su último congreso. Ahí se resume una vez más el contenido ideológico de los socialistas: muerte a la Iglesia. ¡Quién dice que el PSOE no es moderno!
Es cierto que esta durísima medida contra los más desfavorecidos se veía venir, entre otras razones porque da carnaza a los más bajos instintos "nacionalistas" de un pueblo pastoreado por los socialistas y las cúpulas intelectuales de la izquierda-basura, pero no deja de resultar terrorífico el silencio que provoca en las principales fuerzas de socialización política de este país. Fue un escándalo en toda Europa que el PSOE trajera millones de extranjeros saltándose todas la leyes europeas, pero lo hizo, según la cúpula socialista, en nombre de la solidaridad; ahora, el ministro anuncia la "expulsión" sosegada y cariñosa de otros tantos inmigrantes y, otra vez, lo hace en nombre de la solidaridad. Esta inmoralidad no puede tener otro soporte que la inmoralidad de toda una sociedad que ha pervertido, siguiendo al PSOE, el sentido de la palabra solidaridad, que en manos de los socialistas siempre se convierte en lo contrario. El llamado Estado de bienestar sólo tiene un objetivo para los socialistas españoles "fidelizar" el voto a través de una degradación sistemática y persistente del ciudadano, que acaba convirtiéndose en una "votante-panza". Sus objetivos son claros: 1. Se les llena la barriga y después nos votan. 2. Los atiborramos de drogas y salvajismo y después nos votan. 3. Fomentamos el botellón y después nos votan. 4. Les quitamos el hambre con pan duro y después nos votan. Eso es la democracia para los socialistas: la reducción del ciudadano a un consumidor estabulado.
Y todo, por supuesto, hay que llevarlo a cabo con sosiego y buenas palabras. Ayer, por ejemplo, había que regularizar a millones de emigrantes por solidaridad con los más necesitados; hoy, por el contrario, urge expulsarlos de España para ayudar a los nacionales que son los más perjudicados por la crisis. Las dos posiciones son demagógicas. Falsas. Justificar ambas dos es la principal tarea del ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, quien sin lugar a dudas está demostrando ser el más preparado de este Ejecutivo para dar la cara ante los medios y explicar lo inexplicable. Sin duda alguna, y escrito está aquí, fue el mejor nombramiento de todos los que hizo Zapatero para formar el nuevo Gabinete: se quitaba el pesado lastre de Caldera y ponía en su lugar a alguien sin ataduras previas para defender la expulsión de los emigrantes de España.
Corbacho, el ministro de Trabajo, es ya el placebo que nos administra este Gobierno para hacernos morir de hambre, asco y desidia. Es un buen ministro. Entre las políticas de los socialistas en el poder es, sin duda alguna, la de inmigración la más perversa, porque se plantea y se vende al mundo entero como solidaria.
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