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La razón de San Gil

María San Gil ha dejado muy claro, desde el principio, que se marcharía, y así lo ha cumplido, por la pérdida de confianza entre ella y Rajoy, entre dos formas distintas de comprender la nación española.

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La caza y captura de María San Gil por parte de sus correligionarios del PP sólo es comparable en perversidad a la que sufrió, en el pasado, Nicolás Redondo Terreros por los dirigentes socialistas. Claro que el acoso a San Gil tiene su singularidad, pero en esencia los dos son expulsados porque ganan, en sus respectivos partidos, las tesis nacionalistas, o sea, quienes quieren rendirse a los secesionistas. Punto. El secesionismo, sí, está venciendo en España. El PP también se entrega al cambio de régimen. En cualquier caso, el derribo de estos dirigentes está hecho con táctica maquiavélica. Era menester destrozar a los amigos, o sea, crearse enemigos para adquirir estimación, confianza y legitimación del líder entre los posibles votantes del PP. No obstante, sospecho que Rajoy está aún muy lejos de haber adquirido legitimación con la salida de San Gil.

Sea como fuere esa búsqueda frustrada de legitimidad, como sucedió con Redondo Terreros, también en el caso de San Gil la función desempeñada por la prensa ha sido decisiva para cortarle las alas a esta dirigente. He leído con detenimiento a quienes han acusado a San Gil de abandonar la presidencia del PP vasco antes por intereses personales, poco confesables en público, que por diferencias políticas razonables respecto al "proyecto" que tiene Rajoy de regeneración del PP. El fondo de la maldad "argumentativa" de esa acusación no es original de quienes la escriben, sino del dirigente, o mejor, del grupo dirigente del PP, que ha forzado a María San Gil a tomar esa decisión.

Resulta absolutamente falso que la dirigente vasca hubiera abandonado su puesto, según sus acusadores, porque ha perdido las elecciones en su comunidad, pero no quiere reconocer su fracaso ni la necesidad de cambiar de discurso para ganar las próximas batallas electorales. Todo eso es faramalla. Es una gran mentira para desprestigiar a una dirigente honesta, inteligente y eficaz. Por el contrario, María San Gil ha dejado muy claro, desde el principio, que se marcharía, y así lo ha cumplido, por la pérdida de confianza entre ella y Rajoy, entre dos formas distintas de comprender la nación española.

Esa razón es muy seria. Es la base de la política democrática. Esa manera de concebir la crisis del PP sería llamada por un weberiano, sí, un politólogo que aplique las tesis de Weber, crisis de legitimidad de quien pretende ejercer el liderazgo, o sea de Rajoy, pero los plumillas que escriben al dictado de Génova la desprecian por ser una cuestión de sentimientos. ¡Cuanta estulticia! Si la falta de confianza de una dirigente de un partido en su líder es despreciada tan torpemente, entonces ya me dirán cuáles serán los análisis que harán estos bodoques sobre el cambio de régimen político que está produciéndose en España de espaldas a los ciudadanos. Quien es incapaz de ver con honestidad la única razón de la dimisión de María San Gil, tampoco verá como sus "columnas" serán pasto inmediato de la risión de sus lectores.

La razón de San Gil, la pérdida de confianza en Rajoy, ha sido combatida con varias técnicas maquiavélicas, pero, en esta ocasión, ha predominado una que Schmitt, el famoso teórico nazi, convirtió en la base de su pensamiento: "Es también estimado un príncipe cuando es verdaderamente amigo o enemigo, es decir, cuando sin ninguna preocupación se declara a favor del uno contra el otro. Esta resolución es siempre más útil que la de permanecer neutral (...); porque, cuando dos luchan" y tú permaneces neutral, "quien vence no quiere amigos sospechosos y que no le ayuden en la adversidad, y quien pierde no te acoge, por no haber tú querido correr su suerte con las armas en la mano."

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