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La salida

No entro en la solución que debiera de ofrecer Rajoy, sino únicamente en que tiene que hablar y tomar una posición: o apoya a Camps o restaura la doctrina del PP sobre políticos del PP que están siendo procesados penalmente

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El pensamiento es cada vez más heterónomo de quien nos obliga a pensar. Al haber perdido autonomía, el pensamiento rehúye concebir lo real por lo real mismo; no se atreve el pensamiento a pensar en libertad. De este modo, antes que pensar sobre hechos reales, el pensamiento ya no es otra cosa, como dijera Adorno, que estar a cada instante pendiente de si se puede pensar. ¿Qué pensar sobre el silencio de Rajoy ante el procesamiento de Camps? Muchos creen que no se puede pensar tal acontecimiento. Falso.

Se puede pensar mal o bien, pero, desde luego, no podemos decir que es impensable el silencio de Rajoy. En efecto, quienes piensan mal, es decir, erróneamente, dirán que Rajoy está actuando a la gallega; otros, que se creen más atrevidos en su juicio, mantienen que Rajoy no tiene nada qué decir, y espera que lo resuelva el propio Camps. En verdad, todo eso son excusas para no reconocer lo real, es decir, que un político tiene que afrontar los hechos. Punto.

Un pensamiento genuino, autónomo y libre, no dejará de reconocer que el silencio de Rajoy sobre el caso Camps es impropio de alguien que tiene por misión hablar y, sobre todo, enfrentarse a lo real. No entro en la solución que debiera de ofrecer Rajoy, sino únicamente en que tiene que hablar y tomar una posición: o apoya a Camps o restaura la doctrina del PP sobre políticos del PP que están siendo procesados penalmente. El resto son pamplinas. Inventarse a estas alturas del proceso judicial un propio catálogo de virtudes que salve el silencio de Rajoy, o exculpe a Camps, me parece tan cobarde como absurdo.

En resumen, reconozco que nuestra época ha sustituido mucho de los valores del mundo clásico; por ejemplo, la honradez, la fidelidad, el coraje y la sabiduría han sido sustituida por otro tipo de "virtudes", más o menos cardinales, como la voluntad de poder, la capacidad de trabajar en equipo y la flexibilidad para cambiar de criterio y argumentación en función de intereses, a veces, inconfesables. De acuerdo, en este punto nada tengo que objetar, pues que una sociedad tiene todo el derecho del mundo a cambiar y proponer un nuevo catálogo de sus virtudes; sin embargo, hay algo que los defensores de los "valores" modernos nunca descartarán de la antigüedad: la inteligencia. Ser moderno es ser también, necesariamente, inteligente. Pues bien, en mi opinión, excepto de inteligente, la actitud de Rajoy con el procesamiento de Camps puede ser tildada de cualquier manera.

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