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Madrid de Esperanza a checa

A este sindicalismo sólo le queda una opción: presentarse como una avanzadilla del "izquierdismo fascista", a saber, sustituir todos los mecanismos del dialogo, del consenso, en definitiva, de la política por la "acción directa".

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Una vez que el Borbón se ha entregado a los sindicatos, es decir, a Zapatero, ya no podrá decirse que la "izquierda fascista", uso el término en sentido habermasiano, pretenda convertir la corte en una checa. No. Su única aspiración es quitarnos a Esperanza de la capital de la corte. La izquierda fascista, que renuncia a la política y se deja llevar por la violencia, tiene un objetivo fundamental: eliminar a Esperanza Aguirre. El asunto de Juan Carlos I es un problema menor. Allá el Borbón con su conciencia. Los representantes de los sindicatos no han necesitado retorcer la voluntad del Rey. Hace tiempo, mucho tiempo, que el Borbón come en sus manos. Es un Rey, dicen los socialistas, republicano; por eso, precisamente, el Rey de España hace huelga. En tiempos revueltos e ingobernables, en tiempos de Zapatero, no hay nada mejor que crear un poquito más de confusión para que la cosa sea absolutamente caótica. Es nuestro futuro: la ingobernabilidad. Atento, Rajoy.

El Borbón quería sorprendernos anunciando que no trabajaría el día 29 de los corrientes, pero, en mi opinión, no lo ha conseguido. Aunque menos dramático, su proceso de deslegitimación es tan viejo como el de los propios sindicatos. Él no es necesario, mientras que el sindicalismo, un buen funcionamiento de los sindicatos, es imprescindible para el desarrollo de cualquier sociedad democrática. Los sindicatos y las patronales son piezas relevantes de un Estado social vertebrado de modo capitalista. Es más preocupante, pues, la deslegitimación de los sindicatos que la de la Corona. A los sindicatos CCOO y UGT la Constitución les concedió una legitimidad para actuar en el proceso político que hace tiempo perdieron para quedarse reducidos a ser algo peor que correas de transmisión del PSOE, a ser avanzadillas violentas de la "izquierda fascista".

Los sindicatos quieren paralizar Madrid a través de la violencia. Punto. Su lenguaje guerracivilista los delata. No hay reivindicaciones concretas y exactas. Ni servicios mínimos ni nada. Hasta hoy todo han sido amenazas y violencia verbal. Violencia y, por supuesto, ideología. Terrible mezcla. Esperemos lo peor; por lo tanto, callen los listillos que mantienen que las consecuencias de esta huelga podrían escribirse antes de realizarse. Muchas son las novedades que trae este conflicto, este teatrillo montado por Zapatero, Toxo y Méndez, para el futuro de los propios sindicatos como para su relación con el sistema político. Su convocatoria a todas luces desfasada respecto al desarrollo de la crisis económica, largamente preparada en el tiempo y, además, valorada con escepticismo por los propios sindicalistas son factores que conforman un panorama sindical y político oscuro y terrible.

No será lo peor los 20.000 millones de euros que, según los expertos en datos aritméticos, le costará a la economía nacional esta huelga. Hay algo aún más grave, a saber, el proceso de deslegitimación de los sindicatos llegará al punto de convertirse en un mero poder vicario del socialismo de Zapatero, o peor, una avanzadilla del "Linkfaschismus" que trata de implantar la "socialdemocracia negra" de Zapatero para que esta Nación sea absolutamente ingobernable en el futuro. Esta huelga integra de lleno a los sindicatos en el proceso de vaciamiento de las instituciones que inició Zapatero hace años. Los sindicatos CCOO y UGT, auténticos grupos de presión, legitimados por la Constitución pasarán a partir de ahora a tener como único garante al Gobierno. La huelga sólo retóricamente se hace contra el Gobierno. Basta ver la reacción agresiva y violenta de los sindicatos con los agentes políticos de la comunidad más próspera y democrática de España, Madrid, para saber que el objetivo no es otro que amedrentar al adversario político. Insisto en el argumento: la simple movilización agresiva y violenta de los sindicatos ya le da la razón al Gobierno; pero si por casualidad la huelga fuera también un éxito de seguimiento, el garante y canal de ese triunfo nunca sería un gobierno popular sino el Gobierno de Zapatero.

Quizá sea cierto que el principal motivo de esta huelga, a todas luces irracional, no sea otro que la necesidad de los funcionarios sindicales de reivindicar su función en una sociedad que pasa de ellos. Son sindicatos de empleados que luchan contra ellos mismos, pues que no deja de ser una paradoja dramática que se refieran a los trabajadores del siglo XXI como si fueran esclavos del siglo XIX. Pero, en mi opinión, es aún más triste que a través de esta huelga, que ya ha sido puesta en cuestión por la sociedad española, los sindicatos busquen un poco de legitimidad para su futuro. Llegan tarde. Por desgracia para toda la sociedad española, CCOO y UGT han agotado toda su credibilidad. La legitimidad que les concedió la Constitución de 1978 ha sido derrochada. Su ejercicio ha sido tan desastroso que millones de trabajadores españoles los desprecian.

CCOO comenzó su declive definitivo al sustituir a su antiguo secretario general, Fidalgo, un hombre riguroso, trabajador, abierto y siempre dispuesto a sacar al sindicato de esa contradicción cruel en que lo dejó sumido la Transición; o sea, Fidalgo tenía la voluntad de eliminar de CCOO esa obsesión revolucionaria de algunos sindicalistas por presentarse como un sindicato de clase, cuando de puertas adentro pactaban con el resto de agentes sociales por el buen funcionamiento del sistema capitalista. Por desgracia, Fidalgo perdió. Se marchó asqueado. Sabía lo que venía. Desapareció un dirigente sindical moderno, y en su lugar vino un equipo de monstruitos estalinistas. De Méndez, el rostro visible de UGT, lo mejor que se ha dicho es que actuó durante años como "vicepresidente tercero" del Gobierno Zapatero, que ha traído cinco millones de parados.

Así las cosas, a este sindicalismo sólo le queda una opción: presentarse como una avanzadilla de eso que mi maestro, Jürgen Habermas, llamó el "izquierdismo fascista", a saber, sustituir todos los mecanismos del dialogo, del consenso, en definitiva, de la política por la "acción directa". Por la violencia fundamentada en el resentimiento: culpar a otros de nuestros defectos. El fascismo de izquierdas, sí, es un revival de los años sesenta para la segunda década del siglo XXI. El zapaterismo es una de sus formas mediterráneas. Preparémonos para combatirlo. Lean, pues, el último libro de Peter Sloterdijk, La rabia y el tiempo (Siruela) y sabrán que el zapaterismo también es la fruta más venenosa del árbol del resentimiento.

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