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Odios inciviles

Por pura casualidad ha llegado hasta mi mesa el libro de un nacionalista. Un independentista que sólo negando a otros, a los de al lado o a sus propios hermanos, es capaz de afirmar su pobre humanidad. Sus principales opiniones son el cáncer de la nación democrática española. Diría que este hombre escribió acercándose demasiado a sus lectores... No todo, ciertamente, era malo, pero su horroroso aliento nacionalista nos era tan próximo que tendíamos a cerrar involuntariamente la boca. También cerrábamos el corazón porque el sonido de su estilo exhalaba mala fe por todas partes. He leído, en algunos casos releído, casi todos los capítulos de este libro y he vuelto a encontrar mala fe. Y, sobre todo, odio. Hay tanto odio a la historia y la cultura española en este libro que la palabra “verdad”, aplicada a España como nación, le repugna. La modesta palabra verdad es sustituida, casi asesinada, por la expresión Países Catalanes.
 
El libro, una antología de textos de Joan Fuster, ha sido titulado Ensayos civiles, pero podía haberse llamado Odios inciviles contra España. La agresividad, engaño y manipulación de este hombre, cuando se refiere a España, son de tal jaez que más parecen las opiniones de un jefe de tribu, de un hombre incapaz de comprenderse sin su tierra y su lengua, que de un intelectual de Sueca. ¡Con la de paellas que me he tomado yo en este bello pueblo valenciano! En fin, mejor tomárselo con humor, pues no es cosa que la reedición de unos textos de un señor de Sueca, Valencia, que sólo quiso ser catalán, nos quite la alegría de vivir en España.
 
Este hombre eligió la lengua catalana para saber quién era. Viajó muy poco, según él, por falta de posibilidades económicas; pero por haber dado, también según él, “conferencias, mítines y sermones (profanos, se entiende) desde Perpiñán hasta Alicante”, o sea en los Países Catalanes, es considerado por un “ilustrado” por las elites de la Universidad de Valencia. ¡A cualquier cosita le llamamos elites! Según dice él mismo, todo lo hizo sin ganas. Escribió sin ganas y sin demasiada convicción. Vivió y murió sin ganas. Este curioso hombre de pueblo lo dejo todo claro en su epitafio: “Aquí yace j f murió como vivió sin ganas”. O sea que excepto molestar a lo que le daba vida, España, todo lo hizo sin ganas. Por eso, seguramente, los malvados de Cataluña lo consideran un autor provinciano. Le hubiera gustado ser catalán, pero fue de Sueca, un pueblo de la bella Valencia, de la España eterna. Por lo mismo, los perversos ilustrados lo consideran un autor menor; voluntarioso a la hora de leer ensayos centroeuropeos sin pasar por el gran ensayo español, el de Ortega, o sea, un fracaso. Y, también por lo mismo, los crueles manchegos no lo leen, porque es un autor doblemente provinciano: mimetiza desde la provincia a los provincianos catalanes.
 
Desde que murió, en 1992, los nacionalistas valencianos y los independentistas catalanes lo han convertido en un icono intelectual de su separatismo político. El odio, soporte de su escritura, ha sido elevado a tótem. El odio a la cultura española es el hilo conductor de su pancatalanismo. El odio a España, el odio a que Sueca, su pueblo, sea considerado por lo que es, o sea español, determina tanto la escritura de Joan Fuster como las propuestas independentistas. Poca cosa para destruir una inmensa civilización.