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Columna publicada el 15-08-2003
La anáfora es una hermosa figura retórica que consiste en repetir ciertas cláusulas o palabras para dar más fuerza al discurso. Es un efecto muy típico de la liturgia católica (kirieleison). Los grandes oradores, desde Cicerón a Castelar, recurrían a esa estudiada repetición, que hacía las delicias de esa técnica, en cuyo caso se puede provocar el hartazgo. El error está en el abuso. Los políticos en las sesiones parlamentarias suelen recurrir a la anáfora hasta la desesperación. Ocurre, además, que el idioma español tolera menos la repetición estudiada que el inglés y no digamos que el latín. Ignoro a qué se debe ese rasgo peculiar del español, pero así es. Por eso el recurso a la anáfora puede ser peligroso. El orador pierde así su valor fundamental, que es la capacidad de convencer. El que repite mucho un argumento es que no está muy convencido de su utilidad, en cuyo caso el efecto suasorio se desvirtúa. Así pues, señores de la política, mucho cuidado con la anáfora. Es igual, ninguno me va a hacer caso.

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