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Existe cierta tendencia a identificar Estados Unidos con el liberalismo y el capitalismo, tanto entre quienes estamos a favor como quienes están en contra. Sin embargo, desde la época de la Gran Depresión, el gigante norteamericano ha ido sufriendo una lenta pero constante erosión de algunas de las libertades más fundamentales, como son las de producir y comerciar cuándo, cómo y dónde nos dé la gana. Sigue siendo un país próspero porque, en comparación con otras economías, ofrece mucho más campo para innovar, aunque en sectores más estables y antiguos presente tanto o más control estatal que los europeos.
Así, el sector lácteo está protegido por una ley que, en la práctica, supone un estricto control de precios sobre la leche, vaya a ser ésta utilizada para consumir directamente o para elaborar queso, yogur, mantequilla o helado. El asunto funciona a través de fondos regionales donde los granjeros (en 1937, cuando se aprobó la ley) o las grandes empresas lácteas (hoy en día) venden la leche siempre al mismo precio. Un precio superior al que tendrían en el mercado libre. Era tan provechoso el sistema para los productores que hubo que esperar hasta el verano de 2003 para que un empresario nacido en Holanda, Hein Hettinga, comenzara a vender leche a unos 20 centavos menos por galón fuera del mismo.
Se aprovechaba así de un agujero en la regulación del sector que permitía a aquellos que embotellaran leche sólo de sus propias vacas operar fuera de los fondos regionales centralizados. La reacción de las grandes empresas lácteas es previsible: se fueron a Washington a impedir que la competencia sirviera mejor a los consumidores ofreciendo leche más barata. Y con los esfuerzos de senadores y representantes de ambos bandos, tres años después han logrado su objetivo. Una nueva ley obligará a Hettinga a pagar a sus competidores por vender su leche fuera del sistema estatal.
Los propulsores del New Deal hicieron leyes pensando que la Gran Depresión había sido causada por el descontrol del mercado libre, de modo que hicieron un buen montón de leyes que pretendían congelar el estado de la economía, eliminando competencia e innovación. Mucha de esa legislación fue eliminada, pero no toda. En aquel tiempo, cerca de un cuarto de los norteamericanos vivían del campo, de modo que no se atrevieron a quitar subvenciones como ésta de la leche. Hoy sólo lo hace un 2%, pero es un 2% que peleará duro para evitar que les quiten sus privilegios, como se ha demostrado en este caso. Poco importa que los consumidores de leche, entre los que se encuentran personas de muy bajos ingresos –para los estándares norteamericanos, claro–, salgan perdiendo, teniendo que pagar por ello al menos 1.500 millones de dólares al año, según Citizens Against Government Waste.
Los socialdemócratas de buena fe piensan que el Gobierno es necesario para redistribuir de ricos a pobres, pero lo cierto es que esa redistribución se produce en el mundo real de grupos desorganizados a grupos organizados, que son los que pueden meter presión a legisladores y gobernantes. Y los beneficiarios de privilegios estatales tienden a estar muy bien organizados. Así, resulta impensable que se puedan adoptar medidas como el cheque escolar, porque sindicatos y funcionarios son muy activos defendiendo "sus derechos", es decir, defendiendo su privilegio de esquilmarnos y destrozar la educación de nuestros hijos, y la escuela concertada también lo es y teme la competencia de nuevas escuelas que pudieran fundarse gracias al cheque.
© AIPE
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