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7-X-2011

La gasolinera de Blanco

No hay más que hacer el ejercicio mental de borrar a su protagonista, su afiliación política y hasta los hechos que no ha reconocido. Piensen en un ministro del Gobierno, del partido que sea, que reconoce haber parado su coche oficial en una gasolinera para departir con un empresario dedicado a vivir de la subvención pública, de un dinero que recibía sobornando a otros políticos. Ese ministro dice que no participó de ese entramado ilegal, sí, pero tampoco denunció al empresario que intentó obtener de él favores políticos. ¿En qué país democrático y desarrollado, no sería obligado ese ministro a dimitir al día siguiente?

Además, si ese ministro hubiera pasado la mejor parte de los últimos años exigiendo dimisiones a sus rivales políticos a la menor excusa, con razón o sin ella, ¿con qué cara puede presentarse ante la opinión pública para defender sus turbias reuniones con empresarios? Más aún cuando ha dado la casualidad, bendita casualidad, de que justo en el momento en que la denuncia se hace pública se roba de forma "muy profesional" numerosa documentación del caso. ¿Y quién puede tener interés en quitar de la circulación esos datos? Sin duda, habrá más de un sospechoso. Pero esos días la jueza que investiga el caso estaba siendo seguida por agentes de inteligencia. Sin duda, otra casualidad.

La culpabilidad o inocencia de Blanco es algo que deberán dilucidar los jueces, siempre que el Gobierno se lo permita. Pero que un ministro al frente de una cartera con el presupuesto de Fomento esté bajo algo más que la sombra de una sospecha es inadmisible. Acierta el PP al exigir que Blanco se aparte de todo proceso de privatización que esté planeando el Gobierno. No porque no se deba privatizar AENA, sino porque no nos podemos permitir que una operación de tal envergadura la realice alguien que se reúne con empresarios corruptos y corruptores en su coche oficial por las gasolineras de España.

La excusa de que falta muy poco para las elecciones y que de todos modos Blanco no estará mucho tiempo en su puesto no es presentable. Los políticos deben dimitir porque su presencia al frente de una administración pública la deshonra, y porque su puesto lo pagan los ciudadanos y a ellos se deben. Eso es igualmente válido el día anterior de las elecciones, y el siguiente. PP y BNG han dado ya un paso adelante, y sus cargos implicados en el caso –que pueden muy bien resultar inocentes– ya no cobran del erario ni representan a los gallegos en ninguna institución. Blanco debería dar el mismo paso, aunque sólo fuera para intentar resucitar la cada vez más moribunda campaña de Rubalcaba.


 

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