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Sostengo que estos socialistas no dan puntada sin hilo. Cuando Pere Navarro, desde sus gafas fashion, preguntó a los examinandos que aspiraban al título de profesor de autoescuela a qué velocidad viaja una calesa, no lo hizo a humo de pajas. Los ingenuos creyeron que la pregunta se coló por error. Los guasones pensaron que no fue más que una broma. Los más supusieron que quien redactó el examen no andaba sobrado de luces. Todos se equivocaron. La pregunta no podía ser más pertinente, puesto que en menos de un lustro ese será el medio de transporte más habitual de los españoles. Para entonces, habremos levantado por completo el pie del acelerador, tal y como quiere el ministro de Industria que hagamos, y entonces, como él mismo prevé, la renta nacional se habrá puesto por las nubes a base de alternar la calesa con el coche de San Fernando.
Otra vez iremos, amarraditos los dos, al trotecito lento, recorriendo el paseo. Vestiremos de nuevo sombrero para poder saludar tocando el ala mientras la parienta agita con donaire su pañuelo. Desaparecerán los molestos cláxones, los insoportables rugidos de los ocho cilindros de treinta y dos válvulas, los aullidos de las Honda mil, el ratear de los ciclomotores y el tufo a aceite quemado. Nuevamente oiremos en nuestras calles el elegante chacolotear de orgullosas yeguas tordas y briosos caballos alazanes y el caminar por ellas volverá a verse adornado con el punzante olor a boñiga, tristemente olvidado. Y entonces, reforzada, qué digo reforzada, blindada nuestra renta nacional frente a cualquier avatar del mercado energético, al fin seremos, bajo la égida de Zapatero I el Ecónomo, el país que merecen nuestros gobernantes.
Los viajes al chalet de la sierra consistirán en una agradable paseo de seis horas, acunados por el traqueteo del tílburi. Los que hagamos a la playa nos veremos bendecidos con tranquilas paradas para hacer noche en las sobrias posadas de La Mancha anunciadas en los caminos, ya no con neones multicolores, sino con sobrias farolas isabelinas, aunque seguirán siendo atendidas por bellas mesoneras de acento extranjero. Los pudientes cubrirán el trayecto en su landó y los del común, en diligencia. O mejor, en tren a vapor, con humos, silbatos y tizne.
Ahora se ve que Sebastián es un verdadero admirador del Diecinueve. El aborrecimiento que siente por una prenda tan estrafalariamente moderna como la corbata no es una inclinación hippie. Le ocurre que sueña con ir a la ópera o a la zarzuela, como se hacía en el diecinueve, en frac, con bastón y chistera, para arrobarse con un "nessun dorma" o un "ay Felipe de mi vida" disfrutando de cómo el almidón y la pajarita oprimen su cuello empapado en los treinta grados de la sala.
Se ha propuesto, por tanto, hacer de España un gran parque temático del siglo diecinueve en el que la máxima velocidad a la que viaje un sujeto sea la que pueda alcanzar su montura lanzada al galope tendido. No dependeremos del petróleo y nuestro rey ya no tendrá que hacerle la pelota a su colega saudí ni tendrá que reírle las gracias al dictador venezolano.
Y, cuando el hollín y las boñigas hayan acabado con nuestros sentidos del gusto y del olfato, nos acordaremos, entre nostálgicos y apenados, de la parentela de los que en los setenta y ochenta se vistieron con aquellas chapas tan simpáticas y tan de izquierdas en las que un sol muy amarillo nos decía sonriente: "¿Nucleares? No, gracias". A ver cuando alguien saca una que ponga: "¿Rojos? No, gracias".
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