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Columna publicada el 06-07-2003
Zapatero y la dirección actual del PSOE tienen ante sí una disyuntiva dramática, tanto para su futuro como para el futuro de la nación, y deben afrontarla en estos últimos días de curso político, antes de la diáspora veraniega. En principio, parecen dispuestos a mantener su estrategia de enfrentamiento radical contra el PP, apoyándose en comunistas y nacionalistas y apostando por un desplome súbito del partido de Aznar y por la deslegitimación del Gobierno de la derecha. Es la estrategia de desgaste suicida programada por Rencor González y los almuecines de Prisa, que ha tenido en el Chapapote, la guerra de Irak y el Esperpento de Madrid su Trilogía de la Ruina, certificada en el último Debate sobre el Estado de la Nación.
Las revelaciones del propio Zapatero sobre lo que el ex-presidente del Gobierno le había aconsejado para ese Debate (en la víspera, darle duro a Aznar; después, felicitaciones por darle tan duro) no dejan lugar a dudas sobre la tutela efectiva de la dirección actual por la de siempre, la que en realidad nunca ha dejado de mandar en el partido, es decir, la de Felipe González. El balance de esa política está tan a la vista como la obstinación de Mister X en mantenerla. González es como los vampiros: cuando no encuentra víctimas fuera, las busca en casa, para alimentar su insaciable sed de venganza. Así está quedándose Zapatero: como las novias de Drácula.
Lo asombroso es que mientras Zapatero se estrella una y otra vez contra el muro del sentido común, que la secta prisaica se empeña en limitar a la Derecha política, sus enterradores y posibles sustitutos están haciendo ya el discurso contrario al que ahora mantiene el PSOE. Bono no puede ser más claro ni poner más en evidencia esos errores: defensa de la nación, depuración interna en vez de querellas judiciales para solventar la crisis de Madrid y consenso con el PP en todos los grandes asuntos, e incluso en los pequeños. En rigor, se trata del mismo discurso del primer Zapatero, el sagastino, que le labró reputación de moderado y buen español pese a los apoyos políticos que le llevaron a la Secretaría General y que iban desde González y Maragall hasta... Balbás y Tamayo. Pero desde que se rindió a Prisa y a González, sacrificando a Redondo Terreros en prueba de sumisión, la deriva socialista hacia el radicalismo ha barrido hasta los últimos recuerdos de aquel centro-izquierda nacional que tantas expectativas suscitó en la ciudadanía. Las mismas que ahora empieza a suscitar Bono. Y por las mismas razones.
El respaldo al Gobierno en el escándalo del Tour permiten abrigar una ligera esperanza de cambio en el PSOE, aunque nada autorice a esperar el cambio sustancial que tantos descalabros aconsejarían. Pero pronto saldremos de dudas: Zapatero tiene una semana para cambiar el guión del esperpento de Madrid y la partitura política para el Festival Político de Otoño. Si se mantiene en la barricada de los bermejos y villarejos, adiós Zapatero y adiós PSOE, quizás por bastante tiempo. ¡Qué mérito el de Don Jesús!

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