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Columna publicada el 02-09-2003
Es un signo positivo de la opinión pública española que, apenas recibida con general aplauso la designación de Mariano Rajoy como sucesor de Aznar en el PP y aspirante a serlo en la Moncloa, se multipliquen los análisis, los comentarios e incluso los editoriales en torno al futuro de los dos grandes derrotados o descartados en el designio faraónico: Rodrigo Rato y Jaime Mayor Oreja. Y no tanto de sus personas como de lo que políticamente significan en estos años de Gobierno Aznar, que es mucho. También es positivo que, aunque las grandes decisiones políticas las tome en última instancia el Presidente del Gobierno, se entienda que para la opinión pública cada parcela de Gobierno tiene o debe tener un responsable, para bien o para mal. En este caso, en ambos casos, para bien.
La inquietud por el futuro de Rato o, mejor dicho, por el futuro de la política económica del PP desde que llegó al poder se ha manifestado de forma más ostensible en quien menos podía esperarse: el imperio de Polanco. Señal de que, Gallardón aparte, era su candidato preferido. Señal, también, de un desvergüenza política sólo superada por la inmoralidad intelectual, puesto que "Cinco Días" se ha caracterizado por criticar, zaherir, desprestigiar y tratar de destruir todos los grandes principios de lo que Juan Velarde ha llamado "el paradigma Aznar-Rato", liquidador del "paradigma castizo" antiliberal.
El Déficit Cero, la bajada de Impuestos, la reducción del sector público, el equilibrio presupuestario, todos los principios económicos prohijados por Aznar y defendidos por Rato y Montoro en estos siete años han sido criticados en la prensa izquierdista del plutócrata de Santillana, y con una ferocidad sólo superada por la falta de criterio. No estaría mal que en vez de erigir monumentos de hipocresía política se dedicaran a aconsejar al PSOE, es decir, a ordenarle que asuma esos criterios económicos que tan burda y empecinadamente combaten y que Polanco dice querer conservar en el futuro, si es que el futuro pasa por Rajoy.
Más importante aún, y en eso no se ha retratado Polanco, es la continuidad de la política antiterrorista y de defensa de la unidad nacional que simboliza Mayor Oreja. Parece que el político donostiarra está un tanto desolado por su preterición, o al menos así lo muestran esos "ángeles de Jaime" que le han cortado más alas de las que le daban, y no eran pocas. Pero este asunto, que es el capital, debería convertirse en la cuestión clave de la sucesión de Aznar. No sería bueno que los enemigos de España, que no son pocos, y los idiotas que les hacen el juego, que son legión, entendieran que con la elección de Rajoy se aleja el peligro de continuidad, coherencia y contundencia en la cuestión nacional que representa Jaime Mayor. Es la cuestión Mayor, en todos los sentidos. Y la única que conviene dejar clara, nítida, diamantina; es decir, de forma indubitable, indiscutible y, hasta donde sea posible, disuasoria.

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