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Columna publicada el 28-09-2000
Las mayorías absolutas, deseadas y buscadas durante mucho tiempo, también tienen trampa. El poder cambia los caracteres. La mayoría absoluta también. La presión y la tensión electoral, preámbulos de los resultados del pasado mes de marzo, están provocando en las filas populares una época de indiferencia, nerviosismo y sopor: una mezcla explosiva.
La indiferencia, por algunas decisiones que nadie entiende en el PP. El nerviosismo, por la falta de emoción política. El actual Gobierno, más cerca del tecnicismo que de la resolución política, produce ya cierta desazón en algunos círculos populares. Son los mismos que piensan que Rodríguez Zapatero no va a ser un líder para dos días, que el PP debería reaccionar con más contundencia y que el interrogante sobre la sucesión de Aznar favorece al PSOE, que va a preparar a su candidato durante cuatro años.
Lo cierto es que se va configurando una generación de políticos del PP, la que ahora tiene entre 35 y 40 años, que se ha visto taponada por nombres ajenos al partido como Cabanillas, Birulés o incluso Piqué en su momento. Para esa misma generación, parece que ser secretario de Estado es el máximo escalón al que se puede aspirar. En definitiva: indiferencia.
Con el sopor que produce la mayoría absoluta, muchos ya piensan en el Congreso del partido que, por cierto, se celebrará en el segundo semestre de 2002, ya que la primera parte de ese año todos los esfuerzos se centrarán en la presidencia española de la Unión Europea. En ese Congreso, apuestan muchos, podrá vivirse un cierto revulsivo político. Se producirá la vuelta a su tierra de Matas, Rudi, Acebes o Piqué, buscando victorias autonómicas. En cambio, el remodelado Gobierno de Aznar, último de la legislatura, recuperaría a nombres y hombres de largo recorrido como Lucas, Zaplana o Arenas.
Y por último, algo de nerviosismo con un interrogante abierto: ¿quién sucederá a Aznar? Un hombre que, firmemente convencido de la necesidad de sorprender en política, no cambiará el estilo para nombrar al sucesor. Las quinielas, para este caso, tampoco valen.
El PP no esperaba la mayoría absoluta. Una victoria que todavía no está asimilada por todos y que tiene efectos secundarios: indiferencia, sopor y nerviosismo.

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